Mujer sola con asesino al fondo


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La mujer, mientras cose sentada sobre unos rayos de sol que se abaten sobre la habitación hasta morir en el espejo del aparador, canta al desmayo: «María pensó que el amor/ era un mandamiento de dos/ y esperando el primer beso/ se hace vieja ante el espejo/ y limpia su llanto,/ maquilla sus heridas/ y se le va la vida».

La mujer corre el hilo entre los agujerillos del botón empujando con el dedal la aguja. Levanta la camisa y la mira al trasluz. Por un momento desea olerla y hallar en ella la sombra de un aroma que hace tiempo perdió entre unas sábanas de hotel, su noche de bodas. Y la canción se abre en su boca como una manzana podrida. Y canturrea: «Recuerda la primera vez/ que él le juró que fue sin querer/ y en los hijos que vivieron/ prisioneros de su miedo./ María soñaba con ser la princesa/ de los cabellos de oro/ y la boca de fresa».

Él se asoma a la habitación y, mientras se ajusta la corbata, le dice que no le gusta esa canción y que no se siente a coser al lado de la ventana. Que la gente no tiene porque saber lo que se está haciendo dentro de casa ajena. Ella no levanta los ojos y él dice que le mire, que llegará tarde y que será un día difícil, pero que alguien tiene que ganar el sueldo para sostener aquel edificio sin viga maestra que cualquier día aciago se desparramará sobre la acera como un helado al sol. Ella se levanta, lo besa en la mejilla y le abre la puerta.

Desde la escalera entra en la casa un rumor de risas infantiles y mientras el ascensor baja llevándose al hombre, ella recuerda a sus dos niños muertos en aquel accidente fatal volviendo de Benidorm, un 30 de agosto, 15 años hace ya. Cierra la puerta despacio y pasa la cadenita de bronce que le regaló él para protegerla del enemigo exterior.

Enciende la plancha y prueba con su dedo húmedo si tiene el calor adecuado para alisar las sábanas de seda negra que él quiere usar los fines de semana. Y como un hilo de sangre y oro, la canción se le escapa sobre la tersura que el planchado va dejando a su paso. «Ella nunca dice que no,/ es la esclava de su señor./ Ella siempre lo perdona/ a sus pies sobre la lona./ Su patria es su casa,/ su mundo la cocina/ y se le viene encima». Y las horas pasan y pasan como delfines en la lejanía, incontables, intocables, lejanos muy lejanos.

Ella hace tiempo que dejó de llorar. La sonrisa se le ahogó en el océano de sus labios y la playa a la que un día creyó que arribaría, se había derretido al sol de medianoche. Ella sabía que todo estaba consumado y solamente esperaba ser sacrificada sobre el altar pagano de una vida muerta. Absorta, había olvidado hacer la cena. Y la cama. Y barrer. Y fregar la loza. El costurero desordenado sobre la mesa oía su canción derramándose sobre la frialdad de las baldosas. «Un día dejó el corazón/ abandonado en su colchón./ Solo piensa en ver su cuerpo/ ¡Ay del quinto mandamiento!/ María no tiene color en la sangre/ María se apaga y no lo sabe nadie».

La ambulancia espera a la puerta el dolor del crimen envuelto en una sábana. El vecindario se bebe las lágrimas y la policía reprime a los que golpean el coche en el que se llevan al hombre que no la dejaba coser cerca de la ventana porque nadie tenía que saber lo que pasa en casa ajena.

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