Domingo de Ramos. Amores primeros

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No tengo conciencia de asistir, palma en mano, a la procesión del Domingo de Ramos. Pero sí recuerdo a mi madre colgándolas del balcón una vez bendecidas. Son juegos oscuros de la memoria que como la marea trae y lleva los despojos de los naufragios de playa en playa. La niñez frecuentemente alza el vuelo con una claridad tan diáfana que asusta porque su llamada es tan insistente, tan tentadora, que uno dejaría atrás todo su equipaje, todos los buenos momentos y todas las horas amadas por volver a ver las calles desde un metro de estatura y girar y girar subido a un trompo de madera de boj bajo los magnolios de la Alameda.

No, no recuerdo el Domingo de Ramos de mi niñez salvo por las palmas que pendían de los balcones hasta ennegrecerse por la podredumbre en otoño. Sin embargo, hay algo atávico que flota en la templada luz de mis soportales interiores cuando llega esta fecha. Causa en mi sangre una marejada inconstante y ventila mis pulmones con el fuelle de mi corazón recosido. No creo que fuera algo propio y especial que me sucediera a mí.

Ese viento de colores que olía a agua de rosas, se precipitaba sobre nuestra pandilla de pipiolos de bachillerato y cada uno y cada una, según capeara su tormenta, varábamos en las costas azules del primer amor. Esa sensación del amor descubierto, ese deseo de compartirlo todo y para siempre con aquella niña de 13 años que te encendía los ojos y ponía en funcionamiento un motor que hasta aquel día yacía aletargado en algún islote inexplorado del alma, no la olvidaré jamás.

Ciertamente, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de los fracasos y los triunfos, a pesar de los días de gloria y de las noches de lágrimas, cuando llega este Domingo de Ramos algo se agita detrás de mis ojos, una llama nerviosa como una vara de mimbre, que tiene la virtud de estremecerme y, de norte a sur, recorrer mi espinazo como un rayo frío e inesperado.

La memoria es nuestro gran patrimonio y es una fiesta encender su vetusta maquinaria y observar en el cine del cerebro la película de los años alegres. Cuando llega el Domingo de Ramos me compro una entrada de palco preferente y me acomodo en sus brazos. Enciendo el artilugio que llevo conmigo desde los años cuarenta y me dejo fascinar por los capítulos XV al XVII, sin duda los más hermosos, aquellos en los que derroché la inocencia sobre los campos vírgenes de la que después, poco a poco, se iría convirtiendo en una tierra áspera y desagradecida con el grano del amor y el esfuerzo por sembrarlo.

El Domingo de Ramos todo era nuevo. Un beso, un vermú, un cigarrillo, una mano enlazada en la mía. Deambulaban los milagros de corazón en corazón y la risa acampaba en los verdes valles de nuestra personal primavera. No se pedía nada a cambio y todo era entrega sin retorno. Al fondo se oían las campanas llamando a entregarse a la Pasión del Redentor, pero la pasión ya habitaba entre nosotros.

Cuando llega ahora, tantos años después, este Domingo de Ramos no sé por qué se me vienen a la cabeza unas palabras del sheriff Wyatt Earp en la película Tombstone: «Cuando miras al cielo y ves que Dios creó todo eso, y que aún así se acordó de crear algo tan insignificante como yo, te sientes un elegido». Así lo siento hoy.

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