Abolladuras democráticas


Poco o nada tiene que ver democracia con cultura democrática. Me lo explicaron hace un par de años. El que lo hizo no tuvo que buscar demasiado para encontrar un ejemplo que ilustrase su tesis, estaba delante de mis ojos. Nuestro país es el arquetipo perfecto del fenómeno. Formalmente, España es una democracia parlamentaria sustentada en el estado de derecho. Entre otras cosas, lo demuestran las consecutivas elecciones que vivimos el pasado año. Una vez acepté esa máxima, el maestro me preguntó ¿Entonces crees que España es democrática? Pensé en la corrupción, en la crisis, en la desigualdad... Al instante le solté un rotundo no. Asintió con la mirada, pero me replicó: «Esto no es un problema exclusivo de la clase política. A todos nos falta mucho para dejar de ser simples ciudadanos de una democracia para convertirnos en demócratas». Me quedé a cuadros, obnubilado, no me lo esperaba. Seguí pensando en sus palabras durante días.

Hace un par de semanas las entendí a la perfección. Bajé a trabajar en coche y a primera hora de la mañana lo dejé en la nueva explanada de las Abesadas. Sin mayores sobresaltos, lo recogí a última hora de la noche. Me fui para casa, dormí tranquilo y me desperté plácidamente. Me duché a contrarreloj, hice un par de tostadas con jamón serrano y apuré un zumo de naranja recién exprimido. Fue cuando quise coger el coche cuando vi la luz. No me había percatado la noche anterior, pero me lo habían abollado. Un par de golpes, uno en el lateral derecho y otro en la parte trasera. Dos zarpazos que me dolieron como si hubiera recibido un gancho de derechas de Joe Louis, el mítico bombardero de Detroit.

Grité al cielo, farfullé durante minutos y me pregunté quién había sido el cretino que se había escabullido sin dejarme una nota con su teléfono. Cuando solté toda la bilis que tenía acumulada recordé la teoría de la falta de cultura democrática. Pensé en el vecino que te roba el periódico en el buzón, en el adolescente que se agencia de media pensión de la abuela, en el típico señor que mueve los marcos de sus fincas y en el personaje que intenta robarle la herencia a sus hermanos. Se me vino a la cabeza el que grita en el tren y quien siempre se cola en la barra atestada de un bar.

Inmerso en una vorágine, mi imaginación me transportó a la conversación que pudo vivirse en el coche que chocó contra el mío. «¿No le acabas de dar a ese que está ahí aparcado?», preguntaba el copiloto con voz temerosa. «¡Qué más da, no hay nadie mirando! Ja, ja ja!», respondía el conductor mientras guiñaba un ojo y sonreía con pillería. La bilis volvió a inundarme. Para consolarme pensé que la mía solo era una abolladura democrática más.

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