El archivo municipal constata la tramitación de expedientes de pobreza
08 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.A la tragedia personal que suponía la muerte de cada soldado movilizado para la guerra de Cuba y Filipinas, se sumaba el drama familiar que provocaba: miseria y falta de instrucción inducían a los progenitores a acudir al alcalde de Ribeira para realizar trámites ante autoridades militares, bien para instruir «un expediente de pobreza para obtener pensión por su hijo fallecido», como sucedió a los padres del soldado Marcial Domínguez; bien porque «no sabe a quién dirigirse para reclamar el certificado de defunción», como sucedió a los de José Muñiz Romay; como paso previo para una indemnización; o bien para la entrega del siempre escaso dinero en metálico y demás «enseres» del fallecido.
La situación era aún más estremecedora en el caso de viudas que habían perdido a su único hijo, abocadas ahora a una vejez en pobreza y soledad. No extraña que los alcaldes aludan casi siempre en sus oficios a la situación de miseria en que quedaban sumidas aquellas pobres gentes. Tampoco es cuestión menor que indemnizaciones y pensiones rara vez llegaban con la premura que exigía su desdichada situación. Un ejemplo sería el de Roque A. Santiago García «muerto por los americanos en el combate de Santiago de Cuba» en julio de 1898, a cuyos padres el Ministerio de Marina concedió la pensión de 132,50 pesetas que, como decía el alcalde, «le es muy necesaria por su estado de pobreza». Los retrasos se contaban por meses, años, o incluso ya fallecidos los beneficiarios.
Escenarios de guerra
En cuanto a los lugares de fallecimiento de los soldados, en ocasiones las menciones son muy genéricas, del tipo «fallecido en la guerra de Cuba» o «en el ejército de Cuba», como sucedió al olveirense Emilio Primitivo Rey Martínez. Pero en otras, las referencias son más explícitas y reflejan la diversidad de escenarios donde operaba el ejército colonial: nombres de ciudades o pueblos como La Habana, Santiago de Cuba, Santa Clara, Ciego de Ávila, Guantánamo, Manzanillo, etc., pueblan las páginas de la documentación municipal.
Así, el soldado Juan Muñiz «falleció en el Hospital de Santa Clara», o Roque Santiago García, «muerto por los americanos en el combate de Santiago de Cuba», o José Núñez Ribeiro « marinero del acorazado Oquendo, fallecido por bala enemiga en Santiago de Cuba», o José García Villar «fallecido en el Hospital militar de Ciego de Ávila-Cuba» en 1896; o José Lijó Caamaño fallecido en el Hospital Militar de Guantánamo en octubre de 1898, etc.
Supervivientes
Afortunadamente, no todos fallecían allí, y así el soldado Antonio Pallares Gude que había servido en 1899 «en el Regimiento Garellano, en Cuba», y había sobrevivido; o como el soldado Francisco Alvoreda Junco, «alistado en el Batallón Provincial de La Habana nº 1», que también sobrevivió, desembarcó en Cádiz y volvió a Ribeira, donde reclamó la licencia en 1906.
Caso excepcional sería el del soldado Juan Sampedro Martínez que, embarcado el 10 de julio de 1897 en La Habana en el vapor Buenos Aires de la Compañía Trasatlántica de Barcelona rumbo a A Coruña, «no ha vuelto a saberse de él, a pesar de las muchas gestiones que se practicaron». Sus atribulados padres no cejaron en buscar su paradero, y 11 años después aún insistían en recabar información sobre su hijo a la Compañía Trasatlántica y a las autoridades militares.
Otro entorno bélico
Otro entorno bélico en el que participaron hijos de Ribeira a finales del siglo XIX serían las islas Filipinas, aunque su presencia fue menos habitual.
En este caso se vuelven a repetir las muestras de pobreza, retrasos en el cobro de las pensiones, etc. Uno de los que sufrió este calvario fue Benito Pena, padre de Ramón Pena Vidal, soldado muerto en la guerra de Filipinas, que en diciembre de 1900 solicitaba el «oportuno expediente de pobreza para solicitar la pensión». También la «pobre y desamparada viuda Juliana Regueira», que suplicaba pensión en 1898 «como madre del Cabo José Parada Regueira, fallecido prisionero en Filipinas», y aún seguía reclamando en 1902. Y los hermanos del artillero Juan Manuel López, del Regimiento de Artillería de Plaza en Filipinas, «fallecido o desaparecido cuando la última guerra», que continuaban reclamando los «alcances» del difunto en 1905.
También los soldados supervivientes sufrieron estas demoras, y así en 1899 Francisco Rego López reclamaba 130 pesetas «que le corresponden por haber servido de soldado en el Batallón de Cazadores de Filipinas», o José González Santiago «marinero que fue del crucero Castilla hundido en Cavite, bahía de Manila, en Filipinas», que reclamaba en 1902 «se le satisfaga los alcances que le corresponden».