Casa parroquial con vistas


LATITUD 42°-34, 8 N

Cuando alguien vio toallas colgadas de las ventanas de la parte alta de la casa parroquial de Palmeira, creyó que había llegado un nuevo cura. Así tal cual me lo contó Pepa, una devota mujer de mi pueblo quien, al igual que muchos y muchas otras parroquianas, lamentan que su iglesia no esté suficientemente atendida por no tener un cura con dedicación exclusiva. Porque, si en algo se caracteriza el pueblo de Palmeira, además de la frecuencia con que suenan sus campanas y la cantidad de bombas que estremecen cuerpos y castigan tímpanos, es por la cantidad de fiestas y festejos religiosos, misas cantadas, funerales y entierros llenos de gente. Pepa, la devota mujer amiga mía, se sintió triste cuando supo que las toallas no pertenecían a la higiene personal de un cura, sino a la de unos veraneantes inquilinos de la enorme casa parroquial. Al parecer, la llamada a ser casa de caridad y morada del párroco local, se ha convertido en una lujosa residencia con vistas, para solaz de turistas comunes o veraneantes afines a ciertas tendencias religiosas. Cuando en el concello existen carencias para la ubicación de personas muy necesitadas por razones económicas, a mi amiga Pepa, ajena a los tejemanejes de cierto clero, le sorprende ver la amplia casa parroquial -construida con dinero público- convertida en turístico negocio. Ella sabe que los servicios municipales se ven obligados a alquilar habitaciones hoteleras para acoger a mujeres en situación de riesgo a causa de malos tratos, y por eso, a la devota mujer le dolió ver la «casa do cura» convertida en lúdico centro turístico. No se trata de razones económicas, que también, sino de cierta ética moral. El hecho de que una casa parroquial, insisto, costeada con dinero de todos, no tenga cura, es triste para las personas católicas devotas. Pero cuando una residencia como esta, que conlleva una connotación más espiritual que lúdica, se dedica a fines crematísticos, a las personas como Pepa les cuesta entenderlo y se les llena el alma de congoja. Porque ella, al igual que la mayoría, preferiría que allí se albergase a personas necesitadas de comida que no de sol, aunque para ello hubiera que pagarle una renta a la iglesia. Cosas veredes amigo Sancho y amiga Pepa; cualquier día los faiados y desvanes de las iglesias, de los ayuntamientos y de las casas del mar, también se convertirán en alojamientos turísticos. Y tal vez entonces se haga necesaria una tercera desamortización como aquella de Mendizábal, para expropiar los llamados bienes de manos muertas que, por no tener uso, no son de nadie.

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