Un siglo de emprendimiento en familia

La mayoría de los negocios centenarios de la Costa da Morte siguen en manos de parientes del fundador

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Un siglo con el mismo proceso, pero con distintos materiales Así trabajan en esta centenaria panadería

Carballo / la voz

A las hijas de Encarna Mesejo, a punto de hacerse cargo de la panadería, y a su tatarabuela Antonia Villar las separan casi un siglo y medio, pero las une un oficio común a la mayor parte de las mujeres de la familia y un enclave, el de A Brea. La suya es una de las empresas centenarias que quedan en la Costa da Morte. La inmensa mayoría nacieron como pequeños negocios que fueron engrandeciendo los descendientes. A veces se producen saltos enormes entre una generación y otra, como en el caso de los Calvo de Carballo, y en otros se trata de una simple adaptación a los mundos que corren, como ha ocurrido en O Estanco de Paiosaco. Sigue siendo parada obligada, sobre todo los domingos de feria, pero los clientes ya no llegan en diligencia ni hay una cuadra trasera para hacer el cambio de caballos.

Los que hoy se ocupan de estos grandes o pequeños negocios centenarios sienten sobre sus hombros el peso de la tradición, aliviado por el orgullo de formar parte de una estirpe de emprendedores.

Los establecimientos con más de un siglo son, hoy, difícilmente reconocibles, pero muchos de ellos ocupan el mismo edificio o el solar en el que se fundó la casa matriz. En el mismo lugar está Viuda de Emilio Montero en Baio. Parte del negocio heredera directa del establecimiento abierto en 1904 y sigue en la familia. Lo mismo ocurre con Casa Lestón de Sardiñeiro, la Panadería Élida Mesejo de Carballo, el restaurante Miramar de Corme, O Estanco de Paiosaco o incluso el Grupo Cerdeimar de Camariñas. En otros caso se trata únicamente de vínculos de parentesco. En otros aspectos nada tienen que ver Bautista Fandiño S.L., que vende material de construcción, con la Casa Comercio Valdepeñas, pero lo cierto es que una salió de la otra y la saga arranca con Francisca Checa Guillén, de Molina de Aragón, que se fue a casar con Manuel Sar Rodríguez, de A Pereiriña. Estando de viaje por tierras castellanas la mujer se puso de parto en Valdepeñas y allí nació Manuel Sar Checa, que llevaría los vinos de Ciudad Real hasta el lugar de Morancelle. Pero fue su esposa, Antonia Pérez Rey, la que amplió la oferta con un ultramarinos. De esos coloniales salieron los materiales de ahora.

En cada empresa centenaria hay ingredientes para un serial, pero también hay lecciones empresariales y de superación personal. Algunas están ahora en la cuerda floja, dependientes de una nueva generación a la que parece costarle asumir determinadas responsabilidades, pero lo cierto es que los tiempos han cambiado mucho y la Costa da Morte ya no es la que era a principios del siglo XX o antes. El futuro está aún por escribir.

La industria comarcal hunde sus raíces en la historia

La Costa da Morte no se caracteriza precisamente por ser una zona especialmente industrializada, pero las principales fábricas de la zona hunden sus raíces en la historia. El grupo Cerdeimar de Camariñas nació en Cee como Salazones Cerdeiras en 1884, en tanto que Calvo, que está extendida por todo el mundo, surgió de un establecimiento de coloniales abierto en Carballo en 1911. La que está al frente ahora es el tercera generación de la familia. En los dos casos, el despegue de un modesto negocio con el que empezaron los fundadores fue desarrollado por sus descendientes. Por lo que respecta a los conserveros camariñáns, están establecidos en la villa de los encajes desde 1911. El primero de la saga en esa localización fue Jesús Cerdeiras.

Incluso cuando no se trata de empresas familiares, la transformación experimentada a lo largo de los años por enclaves industriales llama la atención. Es el caso de Ferroatlántica. La fábrica de Brens tiene su origen en 1897, cuando se constituyó La Sociedad Hidroeléctrica del Pindo, que levantó la factoría en 1906.

En este sector, Hidroeléctrica de Laracha es la empresa más antigua que continúa en funcionamiento y mantiene su nombre e identidad. Nació con la instalación de una pequeña central en el río Acheiro. Hubo muchas compañías de este tipo, pero casi todas se fusionaron con otras mayores, como el caso de Fenosa. Hidroeléctrica de Laracha sigue trabajando de forma independiente.

«Parece que estás obrigado a non tirar a toalla, é o que aprendiches»

Manuel Angeriz Pazos, más conocido como Lolo, se hizo cargo de O Estanco de Paiosaco cuando murió su madre, Purita Pazos. Pusieron en marcha el establecimiento sus bisabuelos, Eladio González y Pura Tuset, en 1905.

«É un legado familiar e sentes que tes que seguir. É como unha lousa, parece que estás obrigado a non tirar a toalla. É o que aprendiches de toda a vida e poden máis as costumes. Sempre pensas que ese ano vai ser o último», explica el hostelero, que reconoce que se trata de un trabajo duro, muy sacrificado.

Lolo Angeriz lleva desde que era niño vinculado al negocio. Tiene 10 sobrinos y no tiene nada claro que alguno de ellos vaya a seguir la tradición familiar, por lo que es probable que este negocio centenario tenga los días contados. Quizá esta falta de relevo generacional es lo que hace que Manuel Angeriz siga al pie del cañón.

Reconoce que está contento con su vida al frente del establecimiento, pero acusa algo la presión que supone regentar un establecimiento con tanta historia detrás, parada obligada para la diligencia que unía A Coruña con Fisterra por la que hoy es la AC-552. «Síntese unha responsabilidade moi grande para seguir», señala.

«O proceso para facer o pan é o mesmo, pero cambiaron os produtos»

Encarna Alonso Mesejo tiene ya 65 años y la intención de jubilarse pronto. Confía en que alguna de sus hijas tome las riendas del negocio familiar, una saga que arrancó con su bisabuela Antonia Villar, pero que se radicó en A Brea cuando Encarnación Cerviño Villar, su abuela, se casó. Ella pasó a ser la Meseja, por el apellido de su marido. Antes que Encarna, la panadera fue Élida Mesejo Cerviño, su madre, con unos 86 años muy bien llevados.

Encarna dice que no hay mejor pan que el de A Brea, que ha dado fama a Carballo. Siente un orgullo inmenso al ser la cuarta generación y mantener las tradiciones. «O proceso para facer o pan é o mesmo, pero cambiaron os produtos», explica. Es lo que contesta cuando le comentan que con los molletes no son como antes. «Antes o trigo era de aquí, lavábano e o secaban todo o mes de agosto e aínda o gardaban», explica. Además, lo molían en el río... Hacer el pan lleva más de cinco horas porque se respetan los tiempos. Eso sí, no amasa a mano. Además, hay más variedad de productos. Élida Mesejo solo hacía pan de huevo y bizcochona, nada de empanadas.

«Hai clientes que me lembran de neno, con 5 anos, correndo entre as mesas»

Casa Lestón data de 1917. La fundaron Manuel Marcote y María Suárez, los bisabuelos de Alberto Castro Marcote, que ahora es el responsable del establecimiento. Presume de que el restaurante ha estado siempre en manos de la misma familia.

Nada o poco tiene que ver el negocio que se abrió hace 101 años con el actual, pero siempre ha tenido un carácter completamente familiar, tanto que muchos clientes casi han entrado a formar parte del clan. «Sempre estivemos moi unidos e por iso tiramos para adiante. Somos cinco irmáns e todos nos criamos aquí. Hai clientes que me lembran de neno, con 5 anos, correndo entre as mesas», explica. Son gente que lleva yendo a comer a Casa Lestón «hai 40 ou 50 anos». Muchos de ellos están repartidos por toda España. «Eu sempre digo que non teño clientes repartidos por medio mundo, o que teño son amigos», dice Alberto Castro.

Reconoce que no siempre fue su intención terminar llevando el restaurante familiar. «Con 14 ou 15 anos eu quería marchar, ver mundo», explica, aunque reconoce que no se arrepiente en absoluto de no haberlo hecho. De esos 100 años de historia no solo sigue presente la familia, sino también algunos platos como los calamares en su tinta o la tortilla.

«O sector da hostalería é demasiado sacrificado para a xente nova»

En 1851 el Restaurante Miramar de Corme era una posada. Mucho tiempo después, en 1931 se convirtió en una casa de comidas, que regentaban María Justa Amor Lema y Manuel Fernández, descendiente de la fundadora del establecimiento. Manuel Julián Saleta es el heredero de todo eso que se ha mantenido «loitando moito porque son moitas xeracións». Él se jubilará en tres años y su intención es que al menos una de sus hijas continúe con el negocio, aunque reconoce que no es fácil. «O sector da hostelería é demasiado sacrificado para a xente nova», dice. Es especialmente difícil salir adelante «nun pobiño pequeno, que perde poboación. Corme chegou a ser o núcleo más grande do Concello, pero xa nos pasou Tella por diante», explica.

Pero tiene la esperanza de que todo eso se recupere. «Parece que vén xente a vivir aquí, para xubilarse», dice, aunque no parece que vaya a ser la solución. Además señala que la carta ha cambiado mucho a lo largo de los años, desde aquella posada del siglo XIX. «Hai que adaptarse aos tempos», dice.

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