«Pecho os ollos e lembro perfectamente como era aquilo»

FOTOS CON HISTORIA | Estíbaliz Barbeito era una niña cuando cayeron la últimas casas de Gontón, en As Encrobas. Entre ellas, la de su familia


Carballo / La Voz

La foto. En 1993. Fue tomada el 9 de agosto de 1993. Era Gontón, o lo que quedaba de él. Uno de los lugares de la parroquia de As Encrobas, en Cerceda, el último en ser derribado para favorecer la explotación de la mina de lignito, que ya llevaba más de diez años funcionado, pero crecían constantemente. Y los barrenos ya habían agrietado la mayor parte de la casas. Al fondo a la izquierda se ve la escuela (un poco más atrás está el actual lago). Cerca estaba el pazo, que se trasladó, y es la sede de las oficinas de Limeisa (su evolución). La que cae bajo la pala es la casa de Liñares. Los niños observan el derribo desde el hórreo de O Taberneiro.

Las protagonistas de la imagen actual. Estíbaliz Barbeito y Natalia Pardo. Natalia es la más alta, la de pelo negro. Tenía entonces 11 años. Estíbaliz, 8, a punto de 9, está a su derecha, semioculta por su amiga. Pese a que no se le ven las caras, se reconocen entre ellos perfectamente. Tampoco es que hubiese muchos niños entonces en Gontón, y además ese lugar, que era un lateral y base del hórreo, pertenecía a la familia de Natalia, a la que también acompaña su hermana Lidia en la imagen. Hasta allí, para jugar y pasar el rato, llegaba Estíbaliz en bicicleta o a pie: tenía la casa muy cerca de la escuela que se ve al fondo, en la que estudiaban. Estíbaliz no recuerda ese día exacto, pero sí, y muy bien, todo el proceso.

La historia. Estíbaliz y Natalia nacieron y se criaron en Gontón, en la parroquia de As Encrobas, en Cerceda. La que hubo que derribar en buena parte para la mina de lignito que surtió a la central de Meirama durante casi 40 años, y de la que se acaba de anunciar el cierre para dentro de año y medio. Fin de ciclo total, ya más o menos anunciado hace tiempo, y desde luego sepultado por millones de litros de agua dulce en lo que ahora es el lago de As Encrobas, que ocupa el vacío que dejó la inmensa mina. Un lago, todo hay que reconocerlo, de hermosa factura.

En ese enorme hueco de más de dos kilómetros de largo en la superficie había varios lugares, pero no Gontón. La que se puede llamar capital parroquial (tenía la iglesia, el cruceiro, el campo de la fiesta, el pazo, la escuela...) quedó fuera de la explotación de lignito, pero no de su perímetro de influencia. Los constantes barrenos agrietaban las casas un día tras otro, porque se encontraban en su área de influencia. Por eso hubo que derribar. Fueron las últimas casas, cuando la explotación llevaba ya años funcionando. Y no fue sencillo. Hubo que trasladar la iglesia o el cementerio a Pontoxo, que ejerce desde entonces de aglutinador de la memoria a familias como la de Estíbaliz. En su caso, se fueron para la capital municipal, Cerceda, un día de San Xoán de 1995, pero otros vecinos optaron por destinos diferentes. Eso incluía la escuela y, claro, se rompió aquel grupo de amigos que correteaba por el lugar cada día. «Eu pecho os ollos e lembro perfectamente como era aquilo, e os recordos son marabillosos», explica Estíbaliz. Los caminos, las casas, la gente. También muchos detalles, como cuando se pusieron delante de una pala que iba a derribar la escuela, sin permiso. Y no lo hizo. Aprendió a vivir con los estruendos de las explosiones. «Para nós ver aquelas fendas era a natural, mesmo xogabamos polo medio das casas xa tiradas. Nunca tivemos medo», recuerda. No lo vivieron como los mayores, que dejaban atrás toda su vida.

Estíbaliz se emociona al ver la foto en la que ella y sus compañeros observan la maquinaria echando abajo una de las casas. No es posible repetir la foto en el lugar exacto, porque está vallado y ahora es un pinar, que forma parte del área boscosa que rodea el lago, cuyo borde está a unos 200 metros de ese punto. Tal vez queden incluso restos de los cimientos de las casas, porque ahí no se trabajó el mineral, pero ya no se puede saber.

A Estíbaliz le tocó vivir todo el cambio de una manera muy directa, porque en aquella época su padre era concejal y además trabajaba en Limeisa. Por tanto, era normal la preocupación, con peticiones de vecinos en un sentido y en el contrario. Así que ahora también tiene sensaciones encontradas cuando ve que se anuncia su cierre. Cree que debería haber otra solución, porque se pierde una inversión importante y muchos puestos de trabajo. Y eso no le gusta.

En lo personal, nunca ha perdido su relación con As Encrobas, ni con su gente. Tampoco es que viva tan lejos, pero se ha preocupado de mantenerla. Las misas, las fiestas... Claro que cuando echa la vista atrás, se acuerda de aquel campo de la fiesta que tenían. Eran buenas celebraciones, ¡llegó a tocar A Roda!

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