El hito de los cincuenta años de casados

Antonio y Dorinda, en Carballo, y Jesús y Elena, en Vimianzo, celebraron este fin de semana sus bodas de oro


Medio siglo compartiendo la vida con otra persona. Hay quien ni llega a tener consigo a sus padres y hermanos durante tanto tiempo, y sin embargo este fin de semana, en dos puntos diferentes de la comarca, dos parejas festejaban felices sus bodas de oro. Por sorpresa y sin sospechar nada de lo que sus hijos se traían entre manos, eso sí. Cincuenta años: un hito para muchos escépticos, que no creen que «as parellas de agora» puedan estirar tanto un matrimonio.

Javier y Socorro fueron los encargados de prepararlo todo para que sus padres, Antonio Vázquez (Artes, 1942) y Dorinda Campos (Sofán, 1944), renovaran votos en la misma iglesia que en su día vio sellado su amor. «Non sabían nada, nin sospeitaban nada, creo. O meu pai ía todo teso [ríe], pero a miña nai xa se emocionou ao ver alí ás súas irmás. No restaurante xa nada, foron todo bágoas», relata Javier, que consiguió reunir bajo la misma iglesia a todos sus tíos. «Foi moi bonito porque, aínda que esperemos que non sexa así, podería ser a última foto que teñen todos xuntos», añade.

Sin embargo, la fiesta sorpresa, milimétricamente diseñada por los dos hermanos, casi se va al traste cuando el cura de la parroquia, con toda su buena intención, anunció el enlace en dos misas. Con algo de suerte y astucia, lograron colarles a sus padres otra mentira piadosa para que llegasen completamente inocentes al altar.

Los hijos de Javier, Brais y Nerea, de 22 y 23 años, fueron los padrinos; y los otros dos nietos de la pareja, de unos 5 años, fueron los encargados de portar los anillos.

Antonio y Dorinda, acompañados de una veintena de personas, pusieron el remate a la fiesta en el restaurante Río Sil.

Al cumpleaños de un tío

Ahí es donde pensaban que iban Jesús Santos (Salto, 1938) y Elena Rodríguez (Urroa, 1945): al cumpleaños número 95 de un tío de ella. Al aparecer en el restaurante A Lagoa, sin embargo, no pudieron llevarse una mayor sorpresa: más de 30 personas, entre familiares cercanos y amigos, les esperaban para conmemorar sus cincuenta años de matrimonio. Antes de casarse, cuenta su hijo Óscar, tenían amigos en común. Ella se casó jovencita, con algo más de veinte años, aunque él le llevaba algunos más.

«Dixémoslles que iamos ao aniversario dun tío noso, que fai 95 anos en marzo. Ata lles contamos que iamos facer uns retratos familiares, para que se amañaran e foran ben vestidos. Cando chegou, a miña nai tardou un anaco en reaccionar, estaba en shock», narra Óscar, que arguyó junto con su hermana, Sonia, el plan maestro para la fiesta.

Para que nadie hablase más de la cuenta, hasta optaron por no decirle nada a las mellizas de Sonia, de solo seis añitos, para que no se fueran de la lengua. A ellas les dieron un ramo de flores para que entregasen a los novios.

Entre la tarta, de nada menos que tres pisos, la comida «boísima» y el baile final, «acabamos marchando do restaurante ás catro da mañá», relata el hijo de la pareja.

Dos historias de amor separadas en tiempo y lugar, pero con un denominador común: el hecho de haber compartido toda una trayectoria vital con el otro. ¡Felicidades para los cuatro!

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