Enganchados al «sipi»-«nopi»


Hay en el quiosco un imán tan atractivo que es imposible que los niños pasen por delante y no se paren a enredarse entre chucherías, postalillas y sobres sorpresa. Supongo que tiene que ver con la fascinación de hacerse con algún detalle por mínimo que sea para satisfacer el lado goloso de la compra. Yo aún recuerdo el escalón que tenía que subir para darle a la señora del quiosco esa media peseta para hacerme con un chicle Cheiw. Creo que ella me intuía, porque pocas veces llegaba a verme la cara de lo pequeña que era yo, aunque la emoción de pedir siempre podía con la vergüenza. En ese quiosco de la ronda de Outeiro había de todo, o a mí me lo parecía, pero mi preferido era el antiguo de la Marina, al lado del indio de los Porches, donde podías conseguir todo tipo de tebeos. Allí nos hacíamos con el Don Miki (sí, se escribía así) o los Mortadelo y Filemón, los Zipi y Zape, con los que sobrellevábamos el paseo de fin de semana. De hecho, la meta del domingo era en sí mismo el quiosco. Pero ninguno de nosotros, los de la generación de EGB, nos perdíamos jamás el cambio de las postalillas. Hay solo un álbum que conseguí acabar en mi vida (el de La guerra de las Galaxias), pero creo que podría recitar de memoria aquellas postalillas de la Liga del 82 en que tenías que saberte todos los datos de los jugadores de fútbol. Maceda: 1,92 centímetros de altura; Arconada: el más internacional; Quini: máximo goleador... Entonces el «sipi»-«nopi» nos entretenía del mismo modo que hoy en día. Porque poco hemos cambiado en eso. Cualquiera que tenga niños sabe que el juego pasa a diario por el quiosco, enganchados como están a los cromos de Adrenaline, en los que esperan con ansia a Cristiano o a Messi Balón de Oro.

El intercambio del sipi-nopi no ha dejado de funcionar en los recreos, y a las puertas de los colegios las modas siguen causando el mismo furor de siempre. Solo hace falta pararse en el quiosco de Alfredo Vicenti o en el de La Marina o el del Paseo Marítimo para ver a todos los chavales arremolinados en busca de las últimas novedades. Algunos están coleccionando a las chicas Gorjuss, o los Pets, también las tarjetas de las muñecas Anekke, pero siguen ahí las pelotas saltarinas y las clásicas canicas. Hubo un tiempo en que estuvieron enganchados a las pulseras de goma, a las peonzas de colores, o a los Gogos. Cualquiera le dice a los chavales que el quiosco no está vivo, que no tiene interés para ellos o que las revistas que buscan no las van a vender. Para ellos son todo un escaparate y un reclamo en el que se paran sí o sí. No van a buscar la Superpop, pero sí la revista Como tú o algunas semejantes; es verdad que ya no hay aquellas fotonovelas de los setenta que se intercambiaban en mano y se devoraban con interés, pero el mundo del quiosco es demasiado irresistible todavía para que pueda desaparecer.

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