La música a solo un palmo de distancia en el Playa Club

LOS ESKIZOS TOCANDO EN EL PLAYA CLUB EN SEPTIEMBRE DE 1992
LOS ESKIZOS TOCANDO EN EL PLAYA CLUB EN SEPTIEMBRE DE 1992

La vida de muchos melómanos coruñeses cambió la primera vez que vieron un concierto en el Playa Club. De pronto, esa música que antes sonaba en espacios grandes como el Coliseo, la plaza de María Pita o el Pabellón de los Deportes redoblaba su poder entre aquellas cuatro paredes. Cuando tenías a los músicos ahí, a un palmo de distancia, todo resultaba mejor. Puede que no sonase mejor, vale. Pero llegaba mucho más.

Mi primera vez en ese legendario local fue en septiembre de 1992. Tocaban Los Eskizos, la banda coruñesa de la que todos hablaban entonces y que daba su concierto de despedida. Fue tremendo. Conservo intacto en mi baúl emocional el vértigo, la euforia y la sensación de poderío de estar ahí vibrando de esa manera. Era el kilómetro cero de todo lo que vendría después. Cada fin de semana miraba en La Voz la agenda a ver quién tocaba. Y, lo conociese o no, iba al concierto sin dudarlo.

Fueron días gloriosos. Pocos después de aquel de Los Eskizos, llegó otro de Los Flechazos, que en una muestra de amor a la sala dieron un concierto gratuito allí pese a que semanas después tocaban en el Coliseo en una fiesta de inauguración de la AP-9. Uno de los mejores conciertos de mi vida. También cayeron en fechas sucesivas Los Enemigos, Doctor Explosión, Los Deltonos, Surfin' Bichos o Sex Museum , pequeños grandes clásicos de ese underground local de garage, rock, rayos y centellas. Yo iba solo. Tenía poco dinero, solo pagaba mi entrada y no consumía. Me colaba en los camerinos para hablar con los artistas y Nonito Pereira, el empresario que llevaba el complejo entonces, en lugar de echarme, me daba carrete. Un día me llevó a la puerta. Estaba allí Ramiro, el portero. Le dijo con su vozarrón: «El chaval está invitado». A partir de ahí tuve entrada gratuita. Gracias.

Recuerdo muchas cosas de aquello, pero sobre todo una: el brillo. Me fascinaba ver siempre como brillaban los instrumentos, con sus embellecedores metálicos, con el lomo de esas guitarras preciosas y con los logotipos de los amplificadores. Todo eso regado de un montón de vatios mientras la gente se mueve es uno de los ecosistemas más maravillosos que existen. Lo era en 1992 y lo sigue siendo en el 2019.

Sí, porque tras aquello llegaron muchos otros bolos míticos. Los Planetas presentando el legendario Super 8 ante poco más que un centenar de personas. Elástica desafiando la capacidad misma de la sala en pleno bum del brit-pop. Love marcando un hito en la historia musical de la ciudad con su música de lija y terciopelo. The Delgados rozando el cielo con un recital fantástico. Napalm Death chorreando grindcore desde esas tablas. Y muchos más. Porque la música ha sonado durante todo este tiempo al lado del mar. Y seguirá sonando. Ahí, a un palmo de distancia.

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