No hacer nada

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

Imagen de archivo de la iglesia de Liáns
Imagen de archivo de la iglesia de Liáns FUCO REI

Esos días larguísimos y tan cortos al mismo tiempo, en los que no importa nada más que los amigos y el sol, el tiempo libre por delante, los planes que no son planes sino casualidad pura

15 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Fue uno de esos rarísimos momentos que tiene el tiempo previo a las vacaciones, cuando aún no te has librado de la agenda y sus desvelos pero la mitad de tu cerebro ha conseguido ya disfrutar del fantástico arte de no hacer nada. Así estábamos, haciendo nada maravillosamente, tendidos en unas toallas bajo un árbol. Algunos intentaban dormir, sin demasiado éxito, otros simplemente seguíamos el ritmo lentísimo de las hojas al viento. De lejos, las voces de los niños. Teníamos el parque de la iglesia de Liáns para nosotros solos, y para una ardilla que se aventuró al suelo durante un instante antes de trepar de nuevo y desaparecer.

No había nada mejor que hacer que no hacer nada juntos, tumbados en la hierba, descalzos, sin importar demasiado todo lo que estaba más allá del parque, del domingo sin horarios, de la lejana amenaza de un lunes de color gris asfalto. Estaba demasiado lejos la ciudad, la prisa, el despertador, los deberes, las citas anotadas en la agenda. Solo había que mover un brazo para sentir el roce del otro, o abrir los ojos un segundo para descubrir los reflejos del sol en las hojas de los árboles. No había un libro, ni un teléfono, no había cartas a las que jugar ni un hilo de conversación del que tirar. Solo amigos y amores y niños y un perro y una ardilla y esa pereza deliciosa que hace que los domingos por la tarde, en verano, no parezcan domingos por la tarde sino un día cualquiera de vacaciones infantiles. Esos días larguísimos y tan cortos al mismo tiempo, en los que no importaba nada más que los amigos y el sol, el tiempo libre por delante, los planes que no eran planes sino casualidad pura. Cuando no había que programar nada, ni siquiera el tiempo de descanso.