Trascender sin dolor y sin agonía. Ese era el deseo de Chavela Vargas, una artista que sin embargo sufrió el dolor en vida, primero el físico, con múltiples problemas de salud que empezaron con una poliomielitis que la afectó siendo una niña, luego el del desarraigo, que la llevó a salir de casa con solo 14 años, y después, el de una sociedad que la juzgó y señaló con dureza por su homosexualidad, que no reconoció abiertamente hasta el año 2000.
«Borracha, lesbiana, artista, buena gente». Con esas pocas palabras describe a Chavela uno de sus amigos. Un resumen perfecto de esta «Paloma negra de los excesos», como la llama Joaquín Sabina en la canción que escribió para ella, El bulevar de los sueños rotos. Excesiva, provocadora, intensa, rebelde y con un gran sentido del humor, fue una mujer que con su forma de vivir provocó tanto el amor desbordado como la repulsión. Aunque de origen costarricense -nació en el país centroamericano en abril de 1919-, nunca sintió que ese fuera su sitio. Así lo declaró en múltiples ocasiones, lo que provocó, a su vez, que una parte del pueblo costarricense renegara de ella. Pero nadie es profeta en su tierra y ella lo supo desde joven, quizá con sus autoproclamados dotes de chamana, los mismos que la llevaron hasta sus dos verdaderos hogares: México, «al que entregué mi vida»; y a España, «donde dejé empeñada mi alma».
La artista hizo trascender la música de cantina mexicana, y logró que los temas de ídolos como José Alfredo Jiménez se conocieran en todo el mundo. Desafió al machismo con una botella de tequila en la mano y una única y desenfadada forma de dedicar las canciones a las mujeres que amaba, como la pintora Frida Khalo.
Pero su arte iba más allá de la música. Opinaba sobre temas tan variados como cultura y política sin pelos en la lengua, y se convirtió en un símbolo de las luchas por los derechos de las mujeres en general y de las lesbianas en particular.
El punto final de su legado fue el disco de poemas que presentó este mismo año como homenaje a su gran amigo Federico García Lorca, uno más de los españoles que, como Almodóvar, cayeron bajo su embrujo.
«No le debo nada a la vida, ni la vida me debe nada». Así lo declaró Chavela con la voz rota que la caracterizaba, y que sonará para siempre, porque Chavela, en realidad, no ha muerto. «Yo no me voy a morir porque soy una chamana y nosotros no nos morimos, nosotros trascendemos», escribió en su Twitter.