
El cine de Brian de Palma y de David Lynch, desmenuzado en dos ambiciosos documentales
09 oct 2016 . Actualizado a las 19:45 h.Realmente curiosas las fijaciones de algunos realizadores. El danés Ole Bornedal filmó hace a más de veinte años y en su país natal un film de terror ambientado íntegramente en un tanatorio. El vigilante nocturno se convirtió en un pequeño clásico, hasta el punto de que Hollywood compró los derechos y contrató al director para su remake, que protagonizaron en 1997 Ewan McGregor y Nick Nolte. Poco más supimos en todo este tiempo de Bornedal. Y su nombre reaparece ahora, casi como de entre los muertos... y con otra película igualmente desarrollada en una morgue. Habrá que darle al danés el copyright del tanato-terror porque La autopsia de Jane Doe es una lección de cómo con una mesa de extracciones, un cadáver femenino y dos forenses se construye una pieza de cámara de eficacia avasalladora en cuanto a ejercicio de virtuosismo en su manejo de los mecanismos del miedo.
Emile Hirsch, nombre emergente del Hollywood tierno, y el veterano Brian Cox sufren en su carne la obsesión necrofílica de su director, quien transforma una lección de anatomía en una noche en donde las brujas de Salem resucitan desde sus hogueras del siglo XVII y Nueva Inglaterra. Como realce del buen nivel de la cosecha norteamericana, The Transfiguration, de Michael O’Shea, plantea algo así como un acercamiento neorrealista al cine de vampiros, con un joven negro y lumpen defendiendo las esencias frente a la tontería wasp de Crepúsculo. Y no carece de interés Tower, recreación entre la animación y el material de archivo de la matanza de la universidad de Austin, en 1967, considerada la primera carnicería de la fiebre elevada a infierno en Columbine.
Defrauda y exaspera Museum, de Keishi Ohtomo, que llegaba con ínfulas pero se reduce a otra función de psycho-killer barroco y truculento, empeñado en ser un expresionista del asesinato morboso, pero empequeñecido a jíbaro pelma en esta inflada producción japonesa avalada por la Warner. Este festival rindió culto a dos mayúsculos cineurgos del fantastique: Brian de Palma y David Lynch son protagonistas absolutos de sendos documentales que ojalá lleguen a estrenarse en salas. El primero, más canónico, analiza una a una la larga serie de filigranas y prestidigitaciones del director de Carrie. El otro se interna en la infancia y juventud lynchianas, rebusca en sus recuerdos más íntimos los espectros que ha deparado uno de los universos más perturbadores del cine reciente. Y cuenta con la complicidad de Lynch para el formidable estriptís.