El rincón del 11, 12 y 13 del campo donde este jueves comienza el Másters, se cobró uno de los históricos hundimientos hace ahora justo 10 años con Spieth
08 abr 2026 . Actualizado a las 10:31 h.El más joven de los cuatro grand slams del golf es el que encierra una liturgia más singular. Desde su nacimiento en 1934, el Másters de Augusta ha creado un ceremonial único y, gracias a que corona a su campeón en el segundo domingo de abril siempre en el mismo escenario, una colección de lugares emblemáticos y muy reconocibles para el gran público. Algunos se fueron bautizando con el paso de los años, como el Amen Corner, el rincón que comienza en el segundo impacto del hoyo 11, continúa en el 12 al completo y finaliza con los dos primeros golpes del 13. Y la expresión ideada por un periodista en 1958, inspirada en una canción de jazz, delimitó ese lugar sagrado. Que nada tiene que ver con la religión. Aunque en los domingos decisivos, el paso por ese tríptico ha llevado a los grandes mitos del golf a la gloria o al infierno, al menos por unas horas. Desde mañana (Golf en Movistar +, 15.15) ese rincón alejado del mundanal ruido volverá a deslumbrar.
«La mayor dificultad del 11 la entrañan la salida, muy estrecha, y que debe ir a un lugar muy concreto, y el segundo golpe, sobre todo cuando la bandera está situada a la izquierda y los jugadores se protegen buscando la derecha del green», razona Manuel Piñero, doble ganador de la Ryder Cup con Europa y que jugó el Masters en 1978. Con los datos en la mano, ese par 4 es el segundo hoyo más difícil del campo. El 11, como el resto del campo, como tantos otros campos, se ha ido estirando con el paso de los años. En este caso de los 370 metros originales a los 475 de hoy, para que se juegue de la misma manera que dictó Bobby Jones y aplicó Alistar MacKenzie en los planos originales, ya que la evolución de los materiales y la preparación física de los deportistas permiten hoy que alcancen distancias mucho más largas que antes.
En el 11, ahora tan largo, al retrasarse los tees y retirarse arbolado, se pretendió con el último retoque, en el año 2022, que el acierto en el golpe de salida marque una gran diferencia, para disponer de un segundo tiro a green asequible o enfrentarse a un buen lío. Como antaño. «Es un lugar donde es muy difícil ganar golpes», razona Álvaro Quirós, con experiencia en el Másters, que lideró en el año 2011 tras la primera jornada.
En la calle del 11 el jugador empieza a sentir un inusual silencio en un campo donde el estruendo del público es norma. Porque en esa zona apenas se acomodan gradas de espectadores. Sí hay un gran bloque de asientos tras el tee del hoyo 12. Una estructura que protege de forma engañosa la salida. Porque al volar la bola hacia la bandera del hoyo más corto del campo, de solo 142 metros, sopla el aire a veces de forma inesperada. «Son las dos cuestiones características del 12. El silencio que se percibe en la zona del green, sin público alrededor, y la falta de referencias sobre las rachas que soplan en ese momento. El jugador suele guiarse por la brújula con la que llegaba en las calles anteriores, pero la dirección puede cambiar sin que se aprecie desde el tee. Los jugadores se giran para ver el movimiento de las ramas de la calle del 11», confiesa Quirós. «Y muchos cadis se adelantan unos metros, para tratar de percibir el viento que realmente sopla en ese instante», añade Piñero. El palo que se juega en un hoyo tan corto, con un green tan pequeño y protegido, varía según sople el aire. «Con el viento a favor, se coge un wedge, y si sopla en contra, puede llegar a necesitarse un hierro 7», explica Quirós, exponente de la generación de bombarderos a los que las calles se les quedaban cortas.
«Es uno de los lugares del campo donde hemos asistido a más desastres», subraya Piñero sobre un 12 que ha propiciado hundimientos dramáticos. Como el de Jordan Spieth cuando tenía encarrilado el título del 2016 y enterró sus opciones al necesitar 7 golpes y perder un liderato que lucía con dos impactos de ventaja. Por poner solo un ejemplo reciente de un lugar clave para clarificar la pelea por la chaqueta verde. Peor aún fue para Tiger en el 2020, cuando defendía su quinto título y necesitó 10 golpes en ese endemoniado par 3 después de lanzar la bola tres veces seguidas al agua.
Los dos primeros golpes del 13, un par 5 que creció hasta los 498 metros en el retoque más reciente del 2023, suponen la última parada de un Amen Corner que por extensión, delimita los tres hoyos al completo. «Es un lugar muy estratégico. Al jugador que necesita recuperar golpes le permite arriesgar, para entrar con dos tiros en el green y pelear el eagle; pero a quien tiene la situación controlada le anima a jugar algo más conservador, bien en un segundo tiro más seguro, bien dejando para el tercero la búsqueda de la bandera», matiza Quirós.
«Para quien quiera arriesgar, acertando con el driver o una madera 3 en la salida, tendrá una opción clara para llegar a green a continuación», sostiene Piñero.
Aunque la estadística indica que tiene la calle más sencilla del campo, el 13 se ha cobrado sus víctimas en un momento en que la última ronda ya apenas deja margen para reaccionar. Pero, sobre todo, ha sido el escenario de golpes gloriosos que asfaltaron remontadas y títulos. El de Chema Olazábal en 1999, cuando Greg Norman se hundió en el 13 con un incomprensible doble bogey. El de Byron Nelson con su eagle del domingo para ganar en 1937 y el de Arnold Palmer para arañar dos impactos al campo en su triunfo de 1958.
La canción de jazz que inspiró a un periodista para bautizar el lugar
Una cierta neblina de confusión envolvió durante años la inspiración exacta del periodista Herbert Warren Wind para bautizar el rincón más singular de Augusta como el Amen Corner. Lo hizo en un texto para la revista Sports Illustrated de 1958, pero no fue hasta el año 1984, cuando la expresión había cobrado ya popularidad, cuando le preguntaron por la idea. Aseguró que quería utilizar una expresión pegadiza para reflejar la emoción de situaciones como la polémica del 12: con una bola clavada sobre la que se debatió si debía jugarse tal cual reposaba o podía recolocarla. Con la primera hizo doble bogey, y con la segunda, la provisional jugada tras aliviarse, par. El desenlace se resolvió más tarde, avanzada la última ronda, con la interpretación definitiva favorable a Arnold Palmer. Esa decisión arbitral supuso dos golpes menos para El Rey del golf y le permitió ganar el primero de sus siete grand slams. La expresión del Amen Corner dijo haberla tomado de un disco que había escuchado a mitad de los años 30, Shouting in that Amen Corner, liderado por Mezz Mezzrow. Evocaba un recuerdo de 50 años atrás y que había rescatado más de 20 más tarde.
Pero hubo quien siguió la pista de todo aquello. El historiador del golf Richard Moore, trabajando en una exposición sobre el mítico rincón de Augusta National, descubrió que no había existido tal disco que sirviese de inspiración, sino un tema, Shoutin' in that Amen Corner, escrito por Andy Razaf, cantado por Mildred Bailey e interpretado por la Dorsey Brothers Orchestra. Así lo recogió la revista Golf World en el 2007, resolviendo uno de los enigmas del periodismo deportivo contemporáneo.