Una selección con el hambre intacta

José Ramón

DEPORTES

Raúl Caro | EFE

El fútbol internacional no concede treguas y el duelo ante la República Checa se presenta, sobre el papel, como una prueba donde la balanza se inclina con claridad. España se enfrenta al rival con menor entidad del grupo, un conjunto que llegará con la necesidad imperiosa de defenderse, replegarse y correr incansablemente detrás del balón. Frente a este escenario, la selección española vuelve a jugar en casa amparada por un nivel de juego que invita a la confianza.

Sin embargo, en este deporte no hay lugar para la condescendencia. Aunque Chequia sufra la falta de posesión y no disponga de los argumentos ni de la intensidad defensiva necesarios para contrarrestar la propuesta española, la obligación de España pasa por no relajarse ni un solo instante. La selección se juega mucho más que tres puntos o un liderato de grupo. Está en juego el prestigio, la consolidación de un estilo y la necesidad de mantener vivo un ritmo colectivo que evoca a las épocas más gloriosas del fútbol español, como la que en su día cimentó Luis Aragonés. En este vestuario nadie quiere perder comba; cada minuto en el terreno de juego es un tesoro cotizado y la ambición es máxima.

Afrontar un partido de esta índole es también una oportunidad para dar cabida a las rotaciones. No obstante, la verdadera fortaleza de este equipo reside en que la línea entre titulares y suplentes se ha vuelto prácticamente invisible.

España afronta el encuentro con la serenidad que otorga el trabajo bien hecho, pero con la exigencia intacta de quien sabe que está marcando una época.