Un mercado de lo más voluble que mira al cielo

¿Por qué la solución está en la lluvia y el viento?


redacción / la voz

Solo los forofos del intrincado mundo del sector eléctrico sabían que existía un mercado mayorista que se celebraba cada día y en el que los precios del megavatio hora eran diferentes cada hora. Ahora les sonará, o debería, a los pobres mortales que cada mes se pelean con su factura de la luz para entenderla. Desde finales del 2014, las cotizaciones del mercado eléctrico determinan una parte de ese recibo, alrededor de un tercio. El resto son impuestos o costes fijos del sistema que el consumidor paga a plazos en su factura.

El precio de mercado sube o baja cada día en función de si hay mucha o poca demanda de electricidad -cuanta más, peor para los bolsillos-, pero fundamentalmente también de si llueve o hace viento. La producción de los parques eólicos y de las centrales hidráulicas tiene prioridad a la hora de entrar en el mercado para ser comprada y vendida. Lo mismo que la nuclear. Cuando la energía ofertada por estas tecnologías está adquirida, pero no es suficiente para satisfacer la demanda del día siguiente -las transacciones se hacen de un día para otro-, el operador del sistema echa mano de las otras centrales: primero de las de carbón y luego de los ciclos combinados (gas natural). Ambas tiran hacia arriba de los precios de mercado y, de hecho, la última tecnología en colocar megavatios hora marca el coste medio final de la electricidad que cobrarán todas las demás.

Es el sistema de casación de precios que trae de cabeza a los expertos más críticos con la política energética estatal, pero defendido por el Gobierno porque así lo ordena Bruselas.

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