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Es fundamental aprender a distinguir el ruido mental cotidiano de una señal de alarma. No todo pensamiento recurrente es un trastorno, pero hay que vigilar
05 may 2026 . Actualizado a las 05:05 h.¿Alguna vez has sentido que no puedes dejar de pensar en algo, que no eres capaz de quitártelo de la cabeza? ¿Te has quedado enganchado a una actividad, a una canción, a un comentario que te hizo alguien en el pasillo? ¿Has revisado diez veces si enviaste bien ese trabajo? Todos tenemos pensamientos recurrentes, momentos de pequeñas obsesiones que nos invaden sin control. A veces, la mente parece un disco rayado.
En la adolescencia, la intensidad emocional es tan alta que a veces es difícil distinguir entre una inseguridad, una pasión incontrolada o algo que empieza a atraparte la mente y puede convertirse en una obsesión. En esta etapa, el cerebro se está reconfigurando, por lo que uno es más vulnerable y propenso a ciertos bucles de pensamiento y repetición. Las inseguridades son también muy representativas en esta etapa. Y además se forma el pensamiento abstracto y con él la discrepancia entre mi yo real y mi yo ideal, que puede llegar a obsesionar.
La valoración que hago de mi imagen corporal puede llegar a convertirse en una obsesión. Para mejorarla voy al gimnasio cada vez más días a la semana, controlando mis calorías y mi dieta, evaluando mi cuerpo de manera cada vez más distorsionada (el espejo diabólico).
La relación de un adolescente con el móvil también tiene componentes que encajan perfectamente con una obsesión. La necesidad de revisar si alguien ha visto un mensaje o si hay una foto nueva es una dependencia que genera una vigilancia digital constante.
Normalmente, la adicción busca el placer: el chute de dopamina al ver un like. Sin embargo, cuando hablamos de dependencia del móvil, muchas veces el motor no es el placer, sino el alivio de una angustia. Entonces entra la obsesión, el pensamiento intrusivo: ¿me habrán contestado?, ¿se habrán reído de mi foto?, ¿qué están haciendo todos ahora que yo no estoy? Y el comportamiento obsesivo, la compulsión, aparece cuando reviso el teléfono cada minuto no para divertirme, sino para calmar mi malestar de no saber. Es un ritual de comprobación, igual que el que tiene TOC y comprueba la cerradura.
Es sentir que si no sacas un 10 no vales nada. Esto genera una rumiar constante sobre los errores. ¿Dónde está el límite entre lo saludable y lo patológico? ¿Con qué cosas te obsesionas?
Hay personas con una tendencia más obsesiva que otras y, en general, comparten algunos de lo siguientes rasgos:
- Perfeccionismo extremo. Suelen ser alumnos brillantes, y son tan autoexigentes que no se quedan satisfechos con nada. Un notable es un gran fracaso.
- Rigidez mental. Necesitan tenerlo todo bajo control. Les cuesta adaptarse a los imprevistos.
- Rumiación. Tienen tendencia a darles vueltas, una y otra vez, a pensamientos recurrentes.
- Necesidad de control. el control les proporciona seguridad.
- Miedo e inseguridad. El miedo y la ansiedad están muy presentes en su día a día. Se teme no gustar o decepcionar, que pase algo malo, hacer el ridículo o perderse algo (el fenómeno FOMO).
¿Dónde está el límite entre los pensamientos obsesivos propios de la edad y una posible enfermedad? Es fundamental saber distinguir algunos términos que van de menor a mayor intensidad:
- Preocupación. Se enfoca en un problema real y busca soluciones. Suelen ser sobre temas cotidianos y se viven como propias y necesarias para solucionar un problema. Por ejemplo: tengo un examen y no entiendo este tema. Estoy preocupada y le pido los apuntes a un compañero, y a mi madre, que me ayude a entenderlo. La preocupación desaparece cuando el problema se resuelve.
- Rumiación. Es que la preocupación se queda atrapada durante un tiempo, como un disco rayado. Suele centrarse en cosas que ya pasaron y surgen sentimientos de tristeza. Ejemplo: «¿Por qué dije eso? Seguro que piensan que soy idiota. ¿Por qué me pasa esto a mí? No tenía que haber subido esa foto a Instagram».
- Pensamiento obsesivo. Es más activo e intenso y genera una urgencia de hacer algo para calmar la angustia. Se busca cortar lo antes posible el pensamiento con la acción. Por ejemplos, pensamientos recurrentes sobre el físico, cuando al mirarse al espejo solo se veo lo que disgusta y se intenta hacer algo para calmarlo. O: «¿Por qué tal persona no le ha dado like a mi foto y a las de los demás sí? ¿Hay un complot?».
- Comportamiento obsesivo. Es la traducción en acción del pensamiento. El adolescente necesita actuar para calmar su ansiedad. Es circular, no busca soluciones, sino calmar el miedo a que suceda algo. La sensación es de pesadez, agobio, esclavitud... Se termina el día mentalmente agotado. Por ejemplo, que si no piso solo las baldosas blancas algo malo me va a pasar. Sentir la duda constante de si has cerrado con llave la taquilla y, aunque sabes que sí, la idea te persigue hasta que lo compruebas. No poder estudiar si los bolígrafos no están alineados. Si alguien mueve algo un milímetro, el adolescente sufre.
- TOC. Todas estas ideas y comportamientos ocupan mucho tiempo: dejo de quedar con mis amigos, no puedo concentrarme en clase, me aíslo. Se estima que el trastorno obsesivo compulsivo afecta a una de cada 50 personas, y suele dar sus primeros pasos a partir de los 12 años. Detectarlo a tiempo cambia el pronóstico.
¿Cuándo pasar a la acción? Hay una serie de señales útiles: si estos pensamientos impiden seguir el ritmo de las clases o mantener las aficiones. Si intentar detenerlos nos genera una ansiedad insoportable. O si empezamos a necesitar hacer rituales para calmarlos. Entonces hay que recurrir a un especialista, antes de que se intensifiquen hasta convertirse en obsesiones patológicas, como el TOC, el trastorno de la conducta alimentaria (TCA) o la ansiedad por la salud (hipocondría).
Es fundamental distinguir el ruido mental cotidiano de una señal de alarma. No todo pensamiento recurrente es un trastorno, pero entenderlo y saber gestionarlo sirve para que el problema no continúe. Pedir ayuda no es perder el control, es recuperarlo. Psicólogos y orientadores tienen herramientas para ayudarte a parar esos bucles y que vuelvas a ser tú quien dirija tu cabeza.