Cumbre del clima: el chocolate del loro


El cambio debe estar en cada uno de nosotros. En esa luz que apagas. En esa ducha que acortas. En ese friegaplatos que no pones si no está lleno. En esos alimentos ultraprocesados que no compras

Dicen que te haces ecologista de verdad cuando tienes hijos. No sé si es cierto para todo el mundo o no, pero la verdad es que -incluso teniendo una cierta conciencia previa- no puedo negar que a mí la llegada de mis hijos me cambió la perspectiva. Por eso, y aunque me repatea ver el grado de superficialidad que se mueve en las redes sociales en general, agradezco que este mundo de influencers haya alumbrado a una apóstol de la lucha contra el cambio climático como Greta Thunberg, aunque me temo que su mensaje va a quedar, como muchos otros tanto o más relevantes que el que la chica quiere transmitir, sepultado por esa superficialidad. Y por toneladas de CO2 de paso. No puedo dejar de pensar en el sinsentido que tiene todo el postureo que ha rodeado su participación en la cumbre del Clima. Tanto por su parte como por la de los políticos que quieren una foto hoy en coche eléctrico para volar mañana -sea en Falcon o sea en vuelos comerciales- a lugares en los que su presencia solo sirve para hacerse la foto de rigor, hacer las declaraciones de rigor, y lograr los minutitos de rigor de publicidad en medios de comunicación. Y es que, al esfuerzo que ha hecho Greta para atravesar el Atlántico en un catamarán no contaminante y desplazarse después desde Lisboa a Madrid en tren, hay que restarle todo el despliegue mediático, de medidas de seguridad y de desplazamientos de prensa, policía, personalidades y conexiones de medios, tuits y demás mandangas que su anunciada presencia ha supuesto. Creo firmemente que el cambio debe estar en cada uno de nosotros, en todas las pequeñas cosas. En esa luz que apagas al salir de una habitación. En esa ducha que acortas. En ese friegaplatos que no pones si no está lleno. En esos alimentos ultraprocesados que no compras y, a cambio, en el consumo de alimentos de proximidad y de temporada. En fin, en detalles que, multiplicados por todos los millones de personas que poblamos este planeta, representan mucho. Pero ver cómo su entrada en la estación de Chamartín llevó a carreras, codazos y a un espectáculo que uno de los asistentes resumió de manera perfecta en la frase -«¿No os da vergüenza? ¡Vaya circo!»- explica la pobreza de la comprensión que la audiencia hace del mensaje. Que la idolatrada chica tuviera que abandonar la manifestación que recorría Madrid «por motivos de seguridad» suena a excusa orquestada para engrandecer su figura. Que a nadie le preocupe que el uso masivo de los móviles se vaya convirtiendo cada año en una fuente mayor de contaminación que aumenta la mochila ecológica que cargamos, ese efecto que nuestros hábitos y nuestro consumo tienen sobre el medio ambiente, da una idea de lo poco que estamos dispuestos a dejar a cambio de un bien mayor para el planeta. Que nos empeñemos en comer naranjas en agosto y fresas en febrero, con la enorme huella verde que eso supone, o que nuestros agricultores y ganaderos tengan que ajustar al céntimo para lograr mantener sus explotaciones mientras derrochamos casi la cuarta parte de los alimentos que se producen en el mundo, no tiene ningún sentido. El Ministerio de Medio Ambiente ha calculado que el transporte supone el 23,4 % de la huella ecológica de España, y que eso, sumado a los costes ecológicos de la fabricación de bienes, es una de las razones que hacen que (desde un punto de vista biológico) estemos consumiendo entre tres y cinco veces el equivalente a la superficie de España cada año. Frente a la magnitud del problema, nuestra sociedad se empeña en ajustar, pero ahorrando solo en el chocolate del loro.

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