Historias de la generación comprometida

Tienen el poder en sus manos. Más allá de la práctica del botellón o el constante uso de las redes sociales, los jóvenes de hoy son una generación comprometida con una realidad que no es tan fácil como han tratado de pintársela sus padres. Bernardo, Cintia y Belén son un ejemplo. Los tres son voluntarios dando clase de apoyo a niños con riesgo de exclusión social.

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U na de las cosas que más le gusta a Cintia Domínguez de su trabajo como profesora de apoyo voluntaria para niños con riesgo de exclusión social en la asociación Asdegal, en Vigo, es comprobar como los alumnos de cursos superiores ayudan con las tareas a los más pequeños. Tiene 24 años, estudió Traducción e Interpretación y trabaja como profesora de inglés, pero los jueves por la tarde dedica parte de su tiempo a ayudar con las dudas sobre ese idioma y, a veces con el gallego, el castellano y el francés, a quince alumnos que acuden a su clase en el centro sociocomunitario de O Calvario. «El nivel de los alumnos abarca desde Primaria a Bachillerato», explica. Aunque anda de aquí para allá tiene tiempo para dedicar a esa labor social. ¿Cómo entró en esa aventura voluntaria? Buscó en hacesfalta.org. Allí encontró Adesgal y empezó a dar clase hace unos meses. La solidaridad intergeneracional resulta constante en el centro. Todos colaboran. Es bueno.

No es la única que dona tiempo en el centro de O Calvario. Allí se encuentra también con Belén, que hizo Magisterio y ahora tiene 23 años. «Vemos cómo van en clase, supervisamos los deberes, vemos qué cosas no entienden y tratamos de explicarlo, pero también mediamos cuando tienen algún problema con un profesor. Hacemos un poco de todo», dice esta joven. Le gustaría ir más días pero no tiene tiempo: «Aún me estoy formando», dice.

La juventud es generosa y no es justo meter a todos en el mismo saco. Muchos conocen bien qué ocurre en la sociedad actual. Quieren echar una mano: «No deja de sorprendernos lo generosos y responsables que llegan a ser nuestros voluntarios», dicen fuentes de Asdegal.

Jóvenes voluntarios como ellas los hay en otros muchos centros. Solo dando clase en Vigo los hay en el centro social Rivera Atienza y en varias casas de acogida como el Hogar de San José, Centro de Menores Trinitarias, el de O Seixo, el centro social La Inmaculada y el de la parroquia de San Antonio de La Florida. Y toda esa labor comprometida hay que multiplicarla por mucho más.

En ese último dio matemáticas hasta el pasado miércoles, que acabaron las clases, Bernardo Cendán. Es de Ares, ahora estudia Ingeniería de la Energía y tiene 21 años. Cuando llegó a Vigo vio el abanico de alternativas que tenía para invertir el tiempo libre y desconectar. Dice que en la carrera no todo el monte fue orégano y cuando estaba en la ESO le costaban las matemáticas. «No todo el mundo tiene las mismas alternativas. La razón de hacerme voluntario fue esa», cuenta.

No lo dudó nunca: «Es una manera de desconectar de los estudios», explica. Al tópico de «otros desconectan tomando unas cañas», responde que hay tiempo para todo. Palabra de voluntario.

No todo el mundo tiene las mismas alternativas.

La razón de hacerme voluntario fue esa

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