Sin alternativa


María escucha con envidia como su primo le cuenta que, pese a tener su puesto de trabajo en Santiago, ha decidido fijar su residencia en A Coruña, en un bonito piso con vistas en el Orzán. Todas las mañanas a las ocho coge el tren que le lleva a la capital gallega en apenas media hora, y una vez allí esta a solo unos minutos andando de su centro de trabajo. «Un chollo», dice. Ella vive en Ferrol, y trabaja en A Coruña desde hace dos años y medio, y ni se plantea el tren ni tampoco el bus. Si cogiese un vagón de Renfe tardaría una hora y media en llegar a su trabajo, por no hablar de la escasez de horarios y lo precario del viaje.

El bus tampoco es una opción para ella, pues la variedad de horarios es escasa y la estación herculina se encuentra muy lejos de su puesto laboral. Así que no le queda más remedio que coger el coche a diario para cumplir con sus obligaciones laborales.

A la ida siempre circula por carretera, porque va con más tiempo y es de día, pero en el regreso, ya de noche, opta siempre por la autopista, ya que circular por la vía convencional, sinuosa, con mucho tráfico y llena de baches, lo considera un auténtico peligro, sobre todo, cuando después de una jornada laboral larga, se pone al volante cansada y con ganas de llegar a casa cuanto antes.

El pago de los peajes de vuelta, más alguno de ida cuando decide coger la AP-9, le supone un gasto mensual cercano a los 200 euros, más otro tanto en gasolina. Es consciente de que su sueldo se ve mermado considerablemente por esta circunstancia, así que lleva meses dándole vueltas a la cabeza buscando una solución: o cambiar de trabajo o de lugar de residencia.

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