«Me emociona y me supera que pidan la canonización de mi hija, una monja fallecida con 33 años»

Patricia Hermida Torrente
Patricia Hermida FERROL / LA VOZ

FERROL CIUDAD

Estanislao Pery con su hija Belén de la Cruz, en una de sus últimas fotos juntos.
Estanislao Pery con su hija Belén de la Cruz, en una de sus últimas fotos juntos. Cedida

Estanislao Pery, almirante retirado de padre ferrolano, vivió como «un aldabonazo la clausura de Belén, pero acertó en su elección y cada día recibimos mensajes de gente que se encomienda a ella»

11 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Con 21 años, Belén Pery Osborne sintió la llamada. Y se convirtió en la monja de clausura carmelita Belén de la Cruz. Para su padre Estanislao Pery, almirante retirado de la Armada que tuvo destinos en Ferrol y con familia ferrolana, la reclusión fue «un aldabonazo». Pero entendió y amó la decisión de su hija. La joven falleció en 2018 con 33 años, de cáncer de ovario. Y en torno a su figura se ha iniciado un proceso de canonización, que cuenta con el respaldo de los Obispos del Sur de España. Junto a su mujer María Osborne, Estanislao ha escrito Belén, carmelita descalza. Nuestra hija que presenta mañana en Ferrol (Casino, 19.30 horas)... y que muestra a unos padres entregados y generosos.

—En Ferrol, ¿conserva familia?

—Mis abuelos vivieron 50 años aquí y mi padre era ferrolano. Ejercí el mando de dos buques como la fragata Baleares y el BAC Patiño, y siendo Almirante de la Jefatura de Apoyo Logístico visité Ferrol muchas veces. Y aquí tengo familia como un sobrino.

—En torno a su hija Belén de la Cruz se está generando todo un fenómeno de canonización.

—En mayo ya los Obispos del Sur de España dieron su plácet por unanimidad al obispo de Córdoba para iniciar el proceso, que será largo. Me emociona y me supera que pidan la canonización de mi hija, monja carmelita fallecida con 33 años. Cuando anunció la clausura fue un aldabonazo. Pero lo de la canonización nos llena de emoción.

—¿Por qué era tan especial Belén?

—Era una chica normal y corriente, deportista, conducía y hacía cosas de su edad. Pero sintió la llamada de la vocación. La sencillez y humildad que tuvo toda su vida la redescubrimos al leer sus cartas tras su muerte, la grandeza de su paz interior. Cuando nos insistieron en que escribiéramos un libro sobre ella era porque todo el mundo quería conocerla. Al morir, las carmelitas escriben un resumen de su vida llamado Carta de Edificación, que se reparte entre conventos y familias. La de Belén tuvo mucha repercusión y se repartieron mil ejemplares. Descubrimos que se escribía con mucha gente y que se conservaban sus cartas: hablaba de oración, amistad, consejos de matrimonio a los novios. Si un misionero tiene como arma el sacramento, la monja de clausura tiene la oración. Ella rezaba por todos para que no se dejasen vencer por el desánimo.

—¿Cómo acogió la familia su entrada en un convento carmelita?

—Tenía 21 años y era campeona de golf, nos sorprendimos. Pero no intentamos empujarla ni retenerla, sino acompañarla. Su reclusión fue un momento duro, se tuvo que acostumbrar a un cambio de vida radical. Pero veíamos que estaba feliz.

—¿Ustedes podían verla?

—La visitábamos todos los meses en el locutorio de su convento de San Calixto, en la sierra cordobesa, a través de una reja. Y cuando salía al médico la acompañábamos. La vida de las carmelitas es muy activa, con sus rezos y sus trabajos para ganarse la vida. Ellas se dedican a la artesanía, a hacer desde cerámica hasta trajes para niños o lámparas.

—¿Era duro hablar por una reja?

—Hay mucha gente que pregunta cómo podías pasar dos años sin abrazar a tu hija, pero yo respondía que seguramente esa gente no se abrazaba con sus hijos de mayores. Además de Belén, tengo otras dos hijas que se casaron en su convento: una días antes de que le detectaran el cáncer y otra tres meses después.

—¿Cómo se inició la petición de canonización?

—A partir de su fallecimiento y de la Carta de Edificación, la gente se admiró con su vida y nos pedía estampas. Fue sorpresivo. Al primer funeral, en una pequeña capilla en la Sierra Morena asistieron más de 300 personas. Al segundo en Madrid, casi mil.

—¿Se crio en una familia religiosa?

—Somos católicos practicantes de a pie, no estamos en ningún movimiento de la Iglesia. Ella era una niña buena que los domingos ayudaba a los pobres. Al elegir la vida contemplativa nos sorprendió, pero acertó.

—¿Todo el amor que reciben por Belén alivia en parte la pérdida?

—No la suple, porque se te ha muerto una hija joven. Y cuando la recuerdas de niña, el dolor sigue ahí. Pero ves que su vida sirvió para ayudar a otros. Alivian sus enseñanzas de afrontar los problemas con serenidad. Las monjas de clausura no son bichos raros, saben reflexionar en un mundo sin ruido. Casi cada día recibimos mensajes de gente que se encomienda a ella, a veces rezando por un hijo enfermo. Eso ya es una forma de santidad.

—¿Cómo afrontó Belén su enfermedad?

—Fue tratada en Córdoba y en Madrid. La madre priora le pidió que escribiese un relato sobre su enfermedad. Solo fui capaz de leerlo una vez. Ella escribió que cuando Dios te manda una cruz... también te manda fuerzas para llevarla.