Trabajadores son los que trabajan, lo hagan en una u otra actividad. Esta palabra tiene que superar la barrera que excluye de tal condición a quienes no pertenecen a la llamada clase obrera abanderada de la lucha de clases. Ferrol tiene, en este campo, una historia, de luces y sombras, que parecía haber dejado atrás la violencia y el escrache (piquetes) iniciando un camino de legítima confrontación, desde la libertad sin más líneas rojas que la ley.
Pero, ¡qué pesadilla!, el pasado vuelve, aunque el escenario no es la calle sino la glamurosa alfombra roja de, por ejemplo, el Congreso. Allí sonó, atronadora, la voz de la ferrolana vicepresidenta del Gobierno que gritaba la lucha de clases y movía sus brazos al ritmo de una soflama, rancia y descaradamente a la busca del voto. Era una llamada a esa anacrónica lucha y a recuperar el muro que protegía a los que tenían impunidad para decidir que un autónomo, por modesto que fuese, no podía abrir su negocio y debía sumarse, obligado, a la defensa del mandato sindical.
Cuando me asomo a las calles compruebo, con dolor, cuánta distancia hay entre la vida y los populistas discursos de los políticos, que son la única casta, la única clase que nos explota, tratando como rico a quien, con su trabajo, puede vivir sin vender su voto... que es libre, sin la cadena del bono que ahoga la libertad de la decisión. Añoro, por extraño que parezca, el espíritu de aquel Ferrol vivo y que, si renaciese, hoy abrazaría a las verdaderas víctimas del falso Estado de Bienestar, que paga quien trabaja y disfrutan muchos que no quieren trabajar, que, según algunos miembros del Gobierno, debe ser la aspiración de todos.