ORTIGUEIRA / LA VOZ

«¡Es una pasada estar aquí, con vosotros, en Ortigueira!». El público reaccionó al guiño y la banda irlandesa de Michael McGoldrick se ganó las palmas y las ovaciones, con y sin gaita, durante los casi 90 minutos de concierto, la noche del sábado: «¿Os apetece bailar un poco?». ¿Quién iba a resistirse a la Marcha de James Brown? El último tema se lo dedicaron a uno de los músicos, John Joe Kelly (bodhran), que se casa en septiembre; pero los festivaleros, entusiasmados, querían más, y el bis llegó, después del Cumpleaños feliz en honor al guitarrista, Ed Boyd.

  «Se ha acabado lo bueno», lamentaba ayer una joven toledana, «por el encanto del pueblo, por la gente y por la música». «Ha sido perfecto -resumía una folkie novata de Alcalá de Henares-, el ambiente, los conciertos, sin malos rollos... Seguro que volvemos». Músicos y festivaleros sucumben por igual al poder del Festival Internacional do Mundo Celta, que anoche cerró la trigésimo tercera edición, «con mucha gente [la organización habla de 95.000 personas], que trae más dinero que estos años atrás», opinaban unos vecinos de Ortigueira, en el patio de su casa, ubicada «justo en el centro de todo».

A Luis y a Paula, ourensanos, les gustó el espectáculo de Óscar Ibáñez, que este año rinde homenaje al también gaiteiro pontevedrés Ricardo Portela, en el 25 aniversario de su muerte, con invitados de lujo, como Pepe Romero, otro grande de la gaita. Y Fredi, Moreno, Aline y Adela, de Gamelas e Anduriñas (Espasante), que bailaron sobre el escenario al que anoche se subió la agrupación entera, en su debut en el Mundo Celta, igual que Os Carecos e Convidados. María, entre el público, lo vivió con emoción.

Gabriel G. Diges, ganador del Runas de este año, cumplió con la tradición de las foliadas en el Caracas

Ángela, madrileña, veranea en Espasante desde que nació, hace 26 años, y ayer se le iba el cuerpo con el Desfile de Bandas das Nacións Celtas. «Vamos de reenganche, estuvimos hasta las cuatro en los conciertos, los japoneses [Harmonica Creams] lo petaron», relataba. Su amigo Brais, de Loiba, defiende la dimensión actual del Mundo Celta, sin multitudes imposibles ni raves en Morouzos, pero cree que «na praia había que facer foliadas». Para Lara, veterana, «el festival es chulísimo, la gente, la batucada [esta vez con Malandros, de A Coruña]». Su compañera Sofía, de Corea del Sur, estudiante de Ingeniería Aeroespacial en Madrid y primeriza del Mundo Celta, se queda con los conciertos y la acampada. Desde el miércoles se gastaron unos 100 euros cada una. Hay quien, como Luisa, castellana, se dejó el doble, «porque cuando ya trabajas, cambias el bocata por la ración de pulpo». La mayoría de los folkies desfilaron ayer del arenal a la villa, sin billete de retorno, al menos hasta 2018, con largas colas junto a la rotonda del autobús. Al italiano de la pandilla de toledanos y madrileños le sedujo «el contexto, especial», y le supo a poco la música, «que podía seguir hasta el amanecer». Ignoraba que la fiesta se alarga en el bar Caracas, punto de encuentro de muchos de los músicos que actúan en el festival, con foliadas simultáneas. El madrileño Gabriel G. Diges, ganador del Runas 2017 con su banda irlandesa, cumplió el jueves con la tradición.

A Roda cerró la noche en la que debutaron Gamelas e Anduriñas, y Os Carecos

En el pub Paralaia, el festival también cobra vida propia, de madrugada y por las tardes, con la plaza llena en el concierto de Azores Ensemble y, ayer, con Böj y Harmonica Creams, primero, y Os Rebentafoles, después. El Mundo Celta se despidió con Treixadura y A Roda. Gaitas, violines y trompa gallega resuenan aún en la Alameda, como la confesión de McGoldrick (Manchester, 1971): «Estoy tan feliz de estar aquí».

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«¡Es una pasada estar en Ortigueira!»