Barón Rojo, cuerpo a tierra tras 40 años

La legendaria banda madrileña, símbolo del heavy ibérico, anuncia su gira de despedida


«Se oye comentar, a las gentes del lugar, los rockeros no son buenos». Si tienes edad suficiente para recordar a Naranjito y no eres capaz de reconocer esta estrofa, lo que corre por tus venas debe de ser Licor 43 de garrafón. De acuerdo. Sus letras, incluso las mejor hiladas de la época dorada de los 80, pecan de cierto candor. Pero conviene echarle un vistazo al contexto en el que surge la banda heavy más trascendente que ha dado este país. Aquel tema, que los mismísimos Metallica escogieron para versionar en febrero del 2018, en su segundo concierto en el WiZink Center de Madrid, se titula Los Rockeros Van Al Infierno. Se grabó en 1981, el mismo año en el que un sujeto de bigote y tricornio se liaba a tiros con el techo del Congreso, inspirado por la memoria de ese dictador al que algunos ahora parecen añorar tanto. Apenas hacía seis años desde que la muerte de Franco había comenzado a descomponer su infame leviatán negro. Casi todo estaba por hacer. Entre otras cuestiones, la traducción de décadas de rocanrol en lecciones comprimidas para una chavalada que no veía el momento de sacarse de encima tanta beatería hipócrita y tanto formol. Había que hablar de libertad, de actitud, de la ruina asociada al poder, pero también de música, de desmadre y diversión, de darle la vuelta al calcetín. Y allí estaban tres tipos de Madrid y un uruguayo para intentarlo. Cuarenta años más tarde, Barón Rojo pide pista para aterrizar.

las bestias que no se miraban

Los barones que acaban de anunciar su fecha de caducidad no son los mismos que elevaron el invento hasta hacerlo volar sobre media Europa con su Volumen Brutal. Las malas relaciones entre los hermanos Armando y Carlos de Castro, de un lado, y José Luis Campuzano, Sherpa, y Hermes Calabria, del otro, dinamitan el grupo en 1990. La mitad de la banda se esfuma y con ellos se larga Carolina Cortés, compañera de Sherpa y en buena medida condensadora del mensaje libertario y ecológico que defendía el grupo. Desde entonces nada volvió a ser lo mismo, por mucho que Armando y Carlos hayan conseguido traer la nave hasta aquí con un único amago de reunificación: la gira del 2010 que llevó a la formación original al Coliseum de A Coruña y solo sirvió para constatar que, aunque ni se mirasen sobre el escenario, estos tipos eran unas bestias de hacer música.

«Cuatro décadas totalmente ininterrumpidas no es una cantidad de tiempo pequeña, y tras millones de kilómetros y un número casi incalculable de conciertos ha llegado el momento de terminar». Este es el mensaje que señala el final desde la web de la banda. Así que nos espera una última gira, el año que viene, coincidiendo con su cuadragésimo aniversario, y Barón Rojo pasará a la historia. Habrá quien piense que a esta aventura le han sobrado unos cuantos años. Probablemente lo que estuvo de más fueron los trapicheos discográficos que en su día frenaron un despegue de verdad para una gente que atesoraba tanta calidad entre sus dedos. Quedan por ahí dos o tres cosas. La digna reacción de Sherpa: «Prefiero quedarme solo con lo bueno; los discos que grabamos, las sonrisas compartidas y esas canciones que tantas satisfacciones nos han dado». La confirmación pendiente de alguna fecha en Galicia. Y esa fría luz de un pabellón sobre un mar de cristales rotos que nos hizo soñar en Siempre Estás Allí.

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