Magnetismo en las distancias cortas

El ciclo Escenarios Vibra Mahou propicia un encuentro previo al concierto entre el artista y un reducido grupo de personas. Asistimos en Vigo al que tuvo como protagonista a Depedro


«Pues sí, es tan majo como parece». «Y más alto de lo imaginaba». El intercambio de opiniones e impresiones tenía lugar en el centro de la aún vacía pista de la viguesa sala Sinatra, una hora antes del concierto de Depedro. Cinco mujeres y tres hombres acababan de compartir una cerveza y una afable charla con el artista durante 20 minutos. El meet and greet, sofisticado e innecesario anglicismo con el que se identifica a este fugaz encuentro, es el premio que el ciclo Escenarios Vibra Mahou reserva para un pequeño grupo de seguidores seleccionados por sorteo a través de la plataforma de venta de entradas y de las redes sociales del músico.

Pese a su remodelación, la Sinatra es una sala que conserva las hechuras y en cierta manera también el alma canalla de la boîte ochentera que fue. Con sus techos bajos y filigranas de escai, con su bola de espejos y una vetusta cabina a modo de púlpito. Sobre uno de sus fondos se habilita un pequeño escenario iluminado en rojo. Jairo Zavala apura los últimos acordes de la prueba de sonido. Esta vez resulta sencilla. Se presenta en solitario. Un micro, monitores y una guitarra. Eso era todo.

En el centro de la pista, en atenuada penumbra, en torno a una mesa alta con cubitera y cervezas, se arremolinan los ocho invitados. Elucubran agradecidos sobre el posible desarrollo de la experiencia. Se declaran fans y, excepto uno, quien reconoce que hace poco su pareja le descubrió a Depedro, casi todos lo han visto ya en algún otro concierto o en algún festival. Eso sí, ninguno había tenido la oportunidad de departir con él de cerca.

Y cercanía, mucha, es la que transmite Jairo Zavala. Una franca sonrisa y esos ojos encendidos en azul bastaron para que en dos segundos se desbarataran las tensiones. Que no los rubores.

De sobra sabía Jairo Zavala que era a él a quien correspondía romper el hielo. Así que fue el artista quien en un primer momento inquirió a su público acerca de su procedencia, sus porqués y sus afinidades. Propiciado el acercamiento, la charla discurrió placenteramente por los senderos previsibles.

No faltó la cita al homenaje gastronómico que, como corresponde, cualquier artista que visite estas tierras ha de llevarse consigo. Hubo interés por sus proyectos inminentes, por la posibilidad de un nuevo disco y que, al menos en parte, pudiera ser creado en Galicia, por Calexico -la banda con la que en ocasiones gira y de la que lucía camiseta- y por sus colaboraciones anheladas o favoritas, al tiempo que se escucharon confesiones en torno a las sensaciones vividas como público en sus conciertos. También se le inquirió acerca de curiosidades diversas que acostumbran a ser propias de las estrellas, pero que Jairo Zavala desmitificó desde su rotunda normalidad. «No tengo ningún ritual ni ninguna manía antes de salir al escenario. En el camerino tampoco pido nada especial. Sencillamente caliento la guitarra y la voz, me cambio de camisa y salgo».

Justo una hora antes del inicio, Depedro se despidió de sus ocasionales invitados. Hubo, por supuesto, inmediata sesión de fotos. En solitario, por parejas y de grupo. Y la promesa, después cumplida, de que al finalizar el concierto firmaría los discos.

«No imaginaba que se iba a quedar tanto tiempo con nosotros». «La verdad es que es supermajo». «Está genial que hagan estas cosas». Las conversaciones cruzadas entre los ocho afortunados se reiteraban al tiempo que apuraban sus cervezas ya en la barra de la sala. Depedro intercambió unos últimos comentarios con su técnico de sonido y se retiró. Una hora después apareció en el escenario. Efectivamente, con la voz en caliente, la guitarra afinada e impecable camisa.

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