Y Melita se comió a Escarlata

Olivia de Havilland ha sido la última estrella de Hollywood. De apariencia frágil, pero con muchísimo carácter, luchó siempre por representar a mujeres fuertes


Olivia de Havilland fue una mujer menuda, de baja estatura, de cara redonda y ojos grandes y tal vez por esa condición física los directores vieron en ella la encarnación de la dulzura. La mujer abnegada, la madre, la esposa y la adorada representación de la bondad. Ese papel la encumbró en Lo que el viento se llevó, donde dio vida a Melania Hamilton, frente a la ambiciosa Escarlata que llevó a la gran pantalla la inigualable Vivian Leigh. Las dos actrices parecían a priori ser polos opuestos por esos dos papeles que las hicieron brillar, pero ni en la ficción ni en la realidad las dos se expusieron como ese barniz de esmalte frágil. Qué dos fortalezas de carácter. Escarlata se crece en las adversidades, aprende a golpes, se cae, se levanta, y sigue el instinto de supervivencia de la ambición durante todo el filme, pero Melita, lejos de ser esa bonachona inocente y ciega de amor, demuestra durante las cuatro horas de película el valor del dominio, encarnando en todo momento la contención y la inteligencia de quien sin grandes aspavientos consigue finalmente el objetivo que persigue: tener a su marido con ella, aun sabiendo que Escarlata bebe los vientos por él. Una es un huracán. La otra, una brisa suave. Y sin embargo, el carácter siempre se lo hemos presupuesto a Escarlata. Nada que ver. Melania, con ese sobrenombre reducido al mínimo en el diminutivo de Melita, es el arquetipo de la mujer que se conoce bien a sí misma, tolerante, entregada, humana e íntimamente cerebral; y aunque el espectador crea en principio que le puede el corazón, no es a ella, sino a Escarlata a quien se le desborda, guiada por la impulsividad de quien ve en unas cortinas el mejor de los trajes de fiesta.

¿Entre Melita y Escarlata quién ganaría en el ring? ¿Quién es, en realidad, la que sostiene las idas y venidas de Escarlata? No hay duda de que Melania Hamilton, esa mujercita encantadora, es una dama de hierro, la única capaz de cobijar a la inconstante, caprichosa y maravillosa Escarlata.

SU PASIÓN, JOHN HOUSTON

En la vida real, Olivia de Havilland tampoco se reflejó en el candor de un físico que atrajo a los más grandes de Hollywood. Tenía un genio solo a la altura de otros genios, como James Stewart o el director John Houston, el hombre del que estuvo más enamorada, a pesar de que eran dos gallos de pelea. Su relación, llena de altibajos, duró más de diez años, se amaron apasionadamente y con vehemencia, porque ninguno de los dos era lo que se dice una persona apaciguada. Culta, fuerte y valiente, Olivia puso contra las cuerdas a todo el sistema de los estudios cinematográficos de Hollywood cuando la Warner la castigó varios años sin poder trabajar. Aún hoy se conoce como la ley Havilland aquella que les dio la libertad de elegir a los actores qué papel hacer y cuál rechazar. Porque hasta entonces los estudios mandaban sobre los intérpretes. Ella quería escoger ser otras mujeres, no las sumisas y empalagosas que le imponían. «Estaba acostumbrada a los típicos roles de chico conoce chica, ¿se enamorarán? Siempre era lo mismo», confesó De Havilland, que jamás renegó de Melania porque, además de pasar una guerra, «se moría», algo difícil en aquellos papeles de mujeres acarameladas.

Ganadora de dos premios Óscar por La vida íntima de Julia Norris y la grandiosa La heredera, sobrevivió a todo el reparto de Lo que el viento se llevó. Su protagonista, Vivian Leigh, que sufría trastorno bipolar, murió a los 53 años de tuberculosis, después de una carrera brillante y un matrimonio fallido con Laurence Olivier, su gran amor.

Olivia vivió el doble, se casó dos veces, pero no fue feliz en sus matrimonios, que le dieron sus dos hijos, uno fallecido muy joven. Un dolor insoportable para una mujer que en vida alimentó el odio brutal con su hermana pequeña, la actriz Joan Fontaine, a la que apodaba Dragon Lady y con quien no se hablaba «desde nunca». Ni siquiera su muerte, en el 2017, conmovió a la Havilland, que deseaba cumplir los 110. Casi lo consigue. Se ha ido a los 104, como la más grande estrella del Hollywood dorado, mientras dormía en su casa de París. Olivia, la encantadora Melita, ha sido la última en apagar la luz.

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