Horizontes azules


Al final ha salido el sol. He pasado la mañana en el bar del pueblo, del café a la cerveza. L. fue al precario parque. Se encontró dos euros bajo el tobogán, una chica con suerte. Luego jugó en la playa con una niña. Se llamaba Zoe o Zoé, no me ha quedado claro. A las once parecía un día cualquiera, los barcos trayendo la faena, las gaviotas ávidas, la calle semidesierta, pero a la una ya era claramente un día de fiesta. Aquí es imposible distinguir a los locales de turistas. En realidad, todos son lo mismo. Vienen esporádicamente los hijos y nietos de aquellos. Guardan su fisonomía y tienen un acento más seco, llevan los cortes de pelo de barrio obrero de ciudad industrial y llaman a sus hijos Asier o Nekane.

Me levanté de la mesa con vistas para dejar espacio a otros. Rápidamente la ocuparon. Nos fuimos a un bar a las afueras, a uno con vistas al pinar y más allá un mar que no es más que una línea azul en el horizonte. Tiene hinchable y un terreno con árbol adonde subirse. Pedí un lenguado salvaje. Probablemente era tan salvaje como yo pero al menos hacía poco estaba vivo. Tormentito hace una nueva amiga y yo sigo leyendo. Hoy vivo en el Palacio azul de los ingenieros belgas, en la mirada de Nalo o en el silencio de anís del abuelo Cosme, en la locura de Gerthee, en los secretos de amor de la casa de los sauces o en la oscuridad injusta de la mina. Y en Lucía diciendo,«la vida es un latido en el corazón, un desgarro en la piel, pero no un cúmulo de sucesos pueriles y de sonrisas ingenuas y de tristezas tibias».

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