Rosa Montero: «La buena suerte depende mucho de cómo te cuentas la vida»

La Premio Nacional de las Letras vuelve con una novela que golpea como los horrores domésticos, pero deja pasar la luz. «Esta es mi novela más luminosa», asegura Rosa Montero, que revela cómo nació lo que llama «el huevecillo»

Rosa Montero en una presentación en la librería Moito Conto, de A Coruña, en marzo del año pasado
Rosa Montero en una presentación en la librería Moito Conto, de A Coruña, en marzo del año pasado

La alegría es un hábito que defiende del desgarrador mordisco de la realidad Rosa Montero en su nueva novela. La buena suerte (tercera edición en tres meses) invita a bajarse de un tren absurdo de vida para darse un parón, y un nuevo comienzo. «Yo creo en la mala suerte. Pero la buena suerte depende mucho de nosotros. Y consiste, sobre todo, en ser capaz de narrarse la vida de otra manera», asegura la creadora de Bruna Husky. «Como decía Epicteto, lo que le afecta al ser humano no es lo que le sucede, sino cómo se cuenta lo que le sucede». La primera célula de esta historia nació en un AVE que toma a menudo, pero desde el que vio solo una vez el paisaje que la inspiró. «Es como si el dios de los escritores me hiciese una señal poniendo el decorado», se ríe. Hay un libro de Rosa Montero para cada mal: A la enfermedad y el olvido le va bien La loca de la casa. Al duelo, La ridícula idea de no volver a verte. Al estrés y la soledad que inflige una gran urbe, Instrucciones para salvar el mundo. Al desamor, El amor de mi vida. Y a esos horrores domésticos que destrozan el corazón del mundo, La buena suerte.

 -En esta novela nos enfrenta a una crónica de horrores caseros. Al caso de los Turpin, el de los West o la historia de la pequeña Sara, de Valladolid, a la que un neonazi violó y mató de una paliza brutal a los 4 años. Parte el corazón. Esa niña no tuvo la oportunidad de narrarse la vida de otra forma.

-Sí. La mala suerte existe. Y uno de los temas de la novela es el mal sin sentido, el de psicópatas ajenos a toda empatía. Dice la novela que las religiones se han inventado para darle sentido al mal y que no nos destruya. Yo escogí para representar ese Mal con mayúscula estas historias reales que dices, porque no existe mayor ejemplo del mal: padres que en vez de ser nido y refugio son el infierno para sus hijos. Padres y madres que torturan y maltratan.

­-Dice: «Los monstruos se ocultan en el lóbrego vientre del silencio doméstico».

-Exacto, en el silencio del hogar. Y a lo mejor no tienes ni idea y son tus vecinos. O a lo mejor sí tienes idea, pero prefieres no inmiscuirte.

­-Hay mucho silencio cómplice del mal.

-Sí. Los expertos dicen que hay un 1 % de psicópatas. Y entre un 4 y un 8 % de narcisos y psicopatoides. El 90 % restante somos personas a este lado del río, gente más hecha para el bien. El problema es que mucha de esa gente es cobarde, perezosa éticamente.

­-Sus libros invitan a entrar en acción. Es una literatura activista, parece tener sus causas claras.

-Si lo es, sale solo. Yo no creo en las novelas utilitarias. El sentido de la novela es buscar el sentido de la existencia. No puedes empezar ese viaje llevando las respuestas. Me parecen una aberración las novelas feministas, ecologistas, etc., aunque yo como ciudadana sea eso, y se trasluzca al escribir.

«Soy una superviviente nata, creo que siempre hay una esperanza»

­-Como apunta Eduardo Mendoza, la literatura de autoayuda no está entonces en los «libros de autoayuda».

-Evidentemente. Tú no escribes para enseñar nada, escribes para aprender. Mis libros me ayudan. Soy una superviviente nata, creo en el ser humano, que siempre hay una esperanza. Eso se transparenta en mis novelas, menos en Te trataré como una reina. Y La buena suerte es la más luminosa, gracias a Raluca. Ese personaje me salva. Nos recuerda que tenemos la capacidad, y la obligación, de ser felices.

­-«Ser otro es un alivio. Escapar de la propia vida», escribe. ¿Tiene que ver con lo que se siente al escribir?

-Seguramente. Y tiene que ver con leer, con ir al cine, con ver series... No creo que haya una persona mayor de 14 años que no haya sentido el deseo de escapar de su vida, y no porque no le guste, sino porque una vida es muy estrecha para todas las posibilidades que tenemos. El tiempo va podando ese millón de posibilidades, como un jardinero frenético y nos va dejando encerrados en una vida. ¡Qué vértigo!, el de las otras vidas que podrías haber vivido... Desde el 2010 han desaparecido en España 200.000 personas, y quedan 6.000 casos aún abiertos. Hay gente que decide borrarse, bajarse de su vida.

-¿Escribir es una forma de consuelo?

-Es algo más que terapéutico, más que la aspirina que tomas para el dolor de cabeza. Yo empecé a escribir con 5 años, desde que me recuerdo como persona escribo. Escribir es respirar, forma parte de mi estructura para mantenerme en pie. ¡No sé cómo se las arregla la gente para vivir sin escribir!

-O sin leer...

-La lectura es un talismán. ¿Qué haríamos sin la literatura y la belleza? Decía Georges Braque: «El arte es una herida hecha luz». Como señala Harari, lo que nos hizo Sapiens fue la capacidad de narrar. Decía Pessoa: «La literatura es la prueba inequívoca de que la vida no basta».

-Nos bajamos del tren para vivir, en la novela, en Pozonegro. ¿Dónde está ese lugar, qué es en realidad?

-Pozonegro un personaje más de la novela. Se me ocurrió esta novela, lo que yo llamo el huevecillo, el 29 de abril de 2017, en que yo iba en el AVE Madrid- Málaga a una charla en un club de lectura en Alhaurín el Grande. Iba escribiendo en el ordenador y el tren se paró de pronto en un sitio que no era una estación, y vi ese paisaje horrible que describe la novela. En estos tres últimos años he cogido bastantes veces ese mismo AVE, pero no he vuelto a encontrar ese paisaje, es como si el dios de los escritores me hubiese puesto ese decorado para la novela. Aquel día vi ese cartelito de «se vende» en el balconcito miserable encima de las vías, y fue un pellizco al corazón; pensé: «¡Pobrecito, no lo va a vender jamás!». Dicen los expertos que los novelistas somos gente que no hemos acabado de madurar, que somos como niños... Y ahí se me ocurrió la idea de: ¿Y si hubiera un personaje que fuese en el tren, viese el cartel y decidiese bajarse ahí? Me pareció tan emocionante la idea ¡que me turbó! El lugar tenía esa pinta de poblado industrial, porque Pozonegro no tiene nada que ver con la España vacía del campo, sino con lo contrario, un asentamiento industrial agonizante.

-Pero Pozonegro también es un estado de ánimo del protagonista, ¿no?

-Exacto. Es esa falta de lugar en el mundo que siente él.

-¿Se parece la literatura a la psicología? Usted también es psicóloga...

-Bueno... dejé Psicología en cuarto y no aprendí nada en cuatro años. La literatura se parece en todo caso a lo que llamamos psicología de andar por casa, que es una capacidad empática, que te interese y te guste la gente, que la observes y te observes impávida. Lo que más me gusta en el mundo es la gente, ver cómo la gente está en el mundo. Ver qué les pasa, qué parecidos y qué distintos somos todos, las dos cosas son verdad. Y es fascinante.

-Me gusta mucho esa frase de la novela: «El vibrante atractivo de lo inesperado».

-Hay personas que necesitan rutinas, y es muy lícito, pero a mí me pasa al contrario. Para mí, las rutinas son jaulas. Lo inesperado me parece un regalo del cielo.

-¿Qué es lo mejor que le ha dicho un lector?

-Tu libro me ha convertido en lector.

—Su madre es su musa artista. Le dedica esta novela y también lo cuenta en «La loca de la casa», le salvó la vida al enseñarle a leer.

—Sí, mi madre me enseñó a leer a los 3 años y era una narradora maravillosa, una artista. Cuando enfermé [de tuberculosis] a los 5 años ya sabía leer, ella me había enseñado antes.

-¿Ha cambiado el amor de su vida? Ese libro suyo, «El amor de mi vida», donde hace suyos «Las mil y una noches», «Lolita» o «La montaña mágica», cambia mucho la perspectiva de la lectura y del amor...

-¡No! Mi amor es el mismo. Sigue siendo la lectura. Ese es un amor que no te falla.

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