El gran debut de la «rentrée» literaria lo firma una gallega y lo edita Libros del Asteroide. A través de un amor urgente, «Comerás flores» desentraña los mecanismos del maltrato y la violencia invisible
29 ene 2026 . Actualizado a las 19:16 h.Lucía Solla Sobral (Marín, 1989) no se creyó del todo que podía llegar a ser escritora, que ya lo era, hasta que se vio en la Cidade da Cultura atendiendo sin pestañear a las indicaciones de Javier Peña, Marilar Aleixandre y Brenda Navarro. Recaló en la residencia literaria del Gaiás en el 2023 con una idea en ebullición y el empeño de convertirla en novela. Le había empujado hasta allí Marta Jiménez Serrano, la primera persona —dice— que vio que estaba escribiendo una historia. «Mucho antes, siquiera, de que yo misma me lo plantease», asegura.
Tres años después, hay nueva voz —y es gallega— en el panorama literario. Brinca, pellizca, acaricia y perfora. Emerge, tan delicada como firme, con Comerás flores, un debut editado por Libros del Asteroide que se adentra en los pliegues de lo íntimo sin, por ello, dejar de dialogar con lo colectivo. Confirma que la fuente está lejos de agotarse, que la cantera puede —y debe— hablar y hablar, y escribir y escribir, y que no tiene intención alguna de caer en el lugar común. Que el mosaico es singular y visceral.
¿En qué momento el camino se tuerce y se retuerce? ¿Cuándo cae la venda de los ojos? ¿Cómo se llega hasta ahí? Es esto —lo que normalmente se rodea— lo que aborda Solla en su puesta de largo: el maltrato silencioso, la intención doblada tras la cara bonita, la maniobra delicada que suplanta al guantazo limpio, esa que lastima más que cualquier contusión física. Comerás flores se engulle y se goza, y, aunque por momentos su lectura obstruye las vías respiratorias —incómoda—, su pulso exhala identidad y honestidad; por momentos, también fragilidad, indispensable para despejar y, al fin, ver.
—Desde muy pequeña quiso escribir.
—Sí, pero también desde pequeña fui consciente de que era muy difícil y de que estaba al alcance de muy pocos. Escribía cuentos, mi familia los encuadernaba, los enseñaba… me tomaban muy en serio. Fui yo la que deseché la idea.
—¿Por qué?
—Porque sabía que, como a futbolistas, a escritores llegan tres. Y, además, no tenía ninguna idea sobre la que escribir; me encantaba leer y escribir, pero no tenía la historia, hasta que un verano apareció. Estaba leyendo En la casa de los sueños, de Carmen María Machado, que habla de violencia en una pareja de mujeres, y de repente empecé a desbloquear todas las historias que me habían contado mis amigas, los recuerdos de sus ex y alguno sobre algún ex mío. Y me di cuenta de que a mí también me había pasado, de que a ellas también les había pasado, y de que no se hablaba de ello. Justo después leí el libro Los nombres propios, de Marta Jiménez, y pensé: «Yo quiero escribir así». Y me apunté a su taller, para aprender de ella. Le envié una escena que tenía escrita, la única, que era como un resumen de la historia, y ella me dijo: «Aquí tienes una novela».
—Dice que empezó a desbloquear historias que le habían contado, incluso alguna que había vivido. ¿De qué manera la escritura le sirvió para explorar cosas que usted misma no sabía que tenía dentro?
—Una vez que me puse a ello, comencé a escarbar en mi interior y a desenterrar momentos que había olvidado por supervivencia o para que no me hiciesen daño. Y, a la vez, también comprendí muchas cosas de mis amigas y del comportamiento de un determinado tipo de hombre. Aprendí a identificarlo, a prevenir y a entenderlas a ellas. Creemos que a nosotras no nos va a pasar. Y nos puede pasar perfectamente.
—Empezó a escribir por el final, sabiendo cómo iba a acabar. ¿Cómo se escribe desde ahí?
—Para mí era lo más fácil a nivel emocional. Tenía muy clara la historia de Marina y Jaime, y necesitaba tenerla resuelta, porque era muy dura. Luego me costó muchísimo dibujar a ambos personajes para que los lectores entendiesen por qué Marina acababa donde acababa y, a la vez, que supiesen cómo era Jaime. El lector tenía que saber más que Marina y no aburrirse, querer seguir leyendo la historia. Yo misma tuve que entender a Marina y perdonarla, porque al final ella eran mis amigas, ella fui yo en algún momento.
—¿Cómo fue su relación con este personaje?
—Tuve muchas fases. Primero la empoderé, luego no la entendí, la juzgué y, después, ya sí, empecé a comprenderla. Hablé incluso con un psicólogo para que me ayudase, y fue entonces cuando entendí que estaba poniendo el foco de la relación en la mujer cuando, en este caso, en realidad, estaba en hombre. Él era el que estaba haciendo daño y ella era la vulnerable. Ahí me reconcilié y salió el principio, el enamoramiento y, a continuación, el nudo de la historia.
—Con respecto a la cita de Dorothy Allison que abre la novela, ¿se puede odiar y a la vez amar algo que, además, no se sabe si se entiende?
—De hecho, creo que en el caso de Marina lo más difícil es eso. Ella parte de una red cultural e intelectual, que le da su hermana, de referencias feministas. Y, desde ahí, viéndose dentro de su relación sufre muchísimo, porque está enamorada de Jaime y a la vez sabe que algo no está bien; la culpa le pesa mucho. Es muy consciente de lo que debería hacer y de lo que está haciendo. Y, bueno, pasa mucho eso de que, cuando no entendemos algo, ahí vamos de cabeza, entramos en espiral.
—«Su violencia era transparente», dice la protagonista. ¿Es capaz la sociedad de identificar este maltrato? ¿Cuánto nos queda por avanzar?
—Creo que cada vez es más capaz, pero que todavía da mucho pánico señalar. Es posible que todos conozcamos a alguna mujer que ha sufrido violencia de género, pero ¿conocemos a algún hombre que la haya ejercido? Y no porque no los haya, sino porque hay miedo a señalar, a ser consecuente, a sacar de un grupo de amigos o de una familia a alguien así. Se sigue apartando la mirada. En este caso, este hombre tiene un capital social brutal en una ciudad muy pequeña, es un hombre muy reconocido y ella es casi una niña.
—Y hay quien todavía defiende que la manipulación, el control o la conocida como luz de gas [hacer creer a la víctima que se está volviendo loca] no son comparables a la violencia física.
—Porque si hay señales de violencia explícita es más fácil que alguien alrededor pueda reaccionar, pero si no las hay, si solo hay una persona que se va apagando… A esto se suma que es muy difícil denunciarlo. ¿Qué pruebas hay? Es muy complicado. Las víctimas necesitan a alguien que las crea, por supuesto, y que las arrope, pero lo importante es, sobre todo, que la sociedad comience a señalarlos a ellos, a los agresores. Por ejemplo, esos 35.000 hombres que compartían fotos íntimas y de abusos a sus mujeres en el grupo de Facebook en Italia, ¿no tenían a nadie alrededor que sospechase?
—¿Por qué «Comerás flores»?
—Surgió escribiendo la escena en la que Marina le presenta a Jaime a su madre, no tenía el título pensado previamente. Marina es vegana y, además, come regular, porque no le gustan todas las verduras, lo que unido a la típica frase de madre sobre el mal comer resultó en «comerás flores». Le puse ese título a esa escena para tenerla guardada y cuando tuve que presentar la obra en la Cidade da Cultura volvió a llamarme la atención. Y, la verdad, creo que funciona.
—Todos los lugares que se mencionan en la novela son localizaciones reales, como Pontevedra o Santiago, excepto el pueblo de origen de la protagonista, al que se refiere como Beiramar.
—Llevo casi tanto tiempo en Galicia como fuera, pero siempre pienso dentro de ella: cuando sueño siempre estoy ahí, cuando creo un personaje siempre está en Galicia, y no soy capaz de sacarlo de ahí, no lo muevo a Asturias, donde vivo actualmente, ni a Madrid, ni a ningún sitio en el que haya estado. Pontevedra me encanta, mi padre siempre quiso vivir ahí y amo esa ciudad, entonces tenía claro que los protagonistas iban a estar en Pontevedra, y en Santiago estudié, por lo que me resultaba fácil ambientar ahí la novela. Pero no quería ponerle un nombre real a ese lugar del que Marina venía, porque ella está desarraigada y habla un poco mal de él. Y ahora, además, hay una tendencia a leer todo en clave de autoficción. Preferí inventármelo.
—La novela se construye también en torno a una amistad, la de Marina con Diana, y a un duelo, por el padre. ¿Funcionan como contrapeso emocional?
—Esta novela es ficción, pero a Marina le di muchas cosas mías, y una de ellas fue mi padre y el duelo que viví con su muerte. Cuando empecé la novela, pensaba que estaba superadísimo y escribiéndola me di cuenta de que en realidad lo estaba cerrando, por fin, de que estaba sanando todos los recuerdos suyos. Y entendí que no todos tenemos el mismo duelo: que mi madre lo había tenido como mujer, mis hermanos los suyos propios y yo el mío. Me sirvió para ampliar la mirada. Y con respecto a la amistad, quise poner el foco en la reacción de Diana, en cómo se queda esperándola. Una no va a salir de un lugar en el que quiere estar hasta que no se dé cuenta por sí misma de que eso no es para ella. Da igual que todas sus amigas la avisen. Todas hemos sido esa amiga del «amiga, date cuenta». Así que lo importante es estar ahí, quedarse esperando.
—¿Qué emoción le gustaría que guardasen los lectores tras leer esta novela?
—Que se quedasen con la esperanza de que podemos salir de cualquier historia en la que nos metamos. Y con la idea de que hay muchos tipos de amores: el de una madre, el amor de un padre fallecido o el de una amiga que está deseando reencontrarse contigo y abrazarte, porque no pasa nada.