Alejandro Palomas: «Me he mudado 29 veces en mi vida. Nunca pensé que tendría una casa propia»

FUGAS

Alejandro Palomas vuelve este otoño a las librerías con la novela «Casa».
Alejandro Palomas vuelve este otoño a las librerías con la novela «Casa».

El autor que nos conmovió con «Una madre» y rompió el silencio en torno a los abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia en España está de vuelta en librerías con la novela bosque «Casa»

04 oct 2026 . Actualizado a las 16:35 h.

Un lunar en la espalda del mundo. Eso es una casa para Alejandro Palomas (Barcelona, 1967), autor del longseller Una madre, premio Nadal por Un amor, el autor que dio con Esto no se dice el paso adelante de sacar a la luz los abusos que sufrió por parte de un religioso del colegio La Salle de Barcelona en los 70. Ese paso abrió una investigación sobre una herida infligida por sacerdotes a niños que aún supura.

Leer a Palomas es volver a la casa perdida. La casa es un lunar en la espalda del mundo y el ombligo de una vida. «Una casa es un estado de ánimo, y nos envuelve cuando tenemos la certeza de que existe un lugar en el mundo en el que cabemos. Pero nos pasamos la vida intentando reconocer ese lugar en sitios y personas», tantea Palomas abriendo el lector de Fugas la puerta de la novela. Al entrar hay descubrimiento y añoranza, porque Tadeo y Mika, abuelo y nieta que hacen del campo abandonado un bosque en esta historia, logran que sean iguales la edad de la inocencia y la de la memoria.

La Casa de Abajo: el viaje a lo que no se ve

«En Casa hay un viaje de recuperación y de sanación, y lo hay también en quien lo escribe. Yo he hecho un viaje maravilloso, que no imaginaba que iba a hacer», revela Palomas, que se está encontrando en esta novela de otra manera como lector. No es banal que la casa deshabitada a la que vuelven la niña y el abuelo protagonista de esta historia se llame La Casa de Abajo. «Lo que hay abajo es lo que no vemos. Es la tierra, son las raíces», desenvuelve él la metáfora.

Palomas fue también ese niño que se subía a un peldaño y decía «¡casa!». Pasados los años, tiene aún un alto, un planeta propio en el que sentirse a salvo.

Uno de los primeros «mandatos del bosque» que niña y abuelo van haciendo y explorando juntos en Casa, cuidando la memoria familiar, es saber mirar. «Tadeo y Mika son dos almas que se suman constantemente. Siempre ha sido así entre abuelos y nietos; la generación del medio, la de los padres, está perdida, y es lógico que lo esté, por la hiperexigencia que hay y ese estar disociado entre loo que eres y tu responsabilidad como padre.. En la relación de amor entre abuelos y nietos, si es sana, no hay prejuicios ni expectativas. Hay un disfrute. No es un ''tienes que ser'', es un ''vamos a hacer''», distingue Palomas.

Esa demolición del estereotipo de varón clásico a que nos tiene acostumbrados el autor de Una vida es otra de las claves de la relación que sostiene la casa-bosque de este relato. «Con la nieta hay una relajación en la masculinidad del abuelo, que al fin puede ser débil, se puede reír, puede ser niño y lo que nunca se permitió en otros momentos», despliega.

Las costuras sociales del padre severo y hermético de otras épocas ceden gracias a los nietos y a las nietas, lo que no sucedió en su momento con hijas e hijos. Era diferente el signo de los tiempos. «Hoy el 60 % de los mayores que son abuelos pasan más tiempo con los niños que los padres. Y eso es una bendición, porque, quizá a fuerza de precariedad, hemos llegado a un modelo que conecta con lo ancestral», valora Palomas.

«Algunos me dicen: ''Estoy viendo a mi padre tener una relación con mi hijo que nunca tuvo conmigo''. Palabras textuales de tres lectores: ''Ver a mi padre querer a mi hijo, solo eso, ya hace que merezca la pena ser padre''»

Escuchar a un abuelo es, piensa, comprender pequeñas diferencias significativas. «Confundimos a menudo sabiduría y conocimiento —repara—. Creemos que debemos tener mucho conocimiento porque el conocimiento nos defiende de la ignorancia, de la estafa... En cambio, la sabiduría no te defiende de nada».

Él está hecho a mirar a los veteranos de la vida. «Me encanta el paso al sin filtro de muchos mayores», confiesa, y añade que de los lectores de esta novela se queda con dos cosas: que la están leyendo «muchos hombres, que suelen ser los del thriller criminal y los de la no ficción». «Y hay otra cosa que me tiene loco: un feedback de la novela, tanto de hombres como de mujeres, que está siendo muy llamativo. Algunos me dicen: ''Estoy viendo a mi padre tener una relación con mi hija, o mi hijo, que nunca tuvo conmigo''. Palabras textuales de tres lectores: ''Ver a mi padre querer a mi hijo, solo eso, ya hace que merezca la pena ser padre''.

En Casa aprendemos a ver, de la mano de la pequeña Mika, que los niños nos ven mejor a los adultos que nosotros a ellos. Aunque tendamos a pensar a la inversa. «Los niños nos miran todo el rato. ¡Incluso cuando no están mirando! Ven e interpretan, y si escucháramos la interpretación que los niños hacen del mundo adulto aprenderíamos mucho», considera.

Una librera gallega recordó El jardinero y la muerte, de Gospodínov, al leer Casa. ¿Se parece hacer una novela a convertir un campo en bosque? «Yo parto de una premisa autobiográfica. Desde hace cinco años estoy creando un bosque», revela. Palomas tenía un trigal en torno a su casa que está convirtiendo en bosque, poniendo nombre a cada árbol. Sabe de qué habla cuando escribe, subraya. «Sé que puedo esperar y qué no puedo. Tengo todos los árboles con su tarjetita. Es totalmente literal», explica quien se siente, a la vez, la niña Mika, y el abuelo Tadeo.

Su energía al escribir Casa ha sido la de Una madre, solo la de esa novela que nos sentó a la mesa con Amalia una Nochevieja que no olvidamos con los años.

A medida que va viendo crecer el bosque de su novela, el escritor va siendo consciente de lo que, sin saber, ha contado. «Nunca creí que iba a tener una casa propia por primera vez en mi vida. Y la tengo. No es la que yo imaginé, es una casa sorpresa, que restauré en una borda en Navarra. Me he mudado 29 veces y he conseguido al fin tener una casa propia. Está hecha a mi imagen y semejanza».

Escribir es descubrir para Alejandro Palomas. «O, más bien, recordar», que es descubrir de otra manera.