«Ás anduriñas non lles dispares»

Cariñoso, amante de la naturaleza y muy religioso. Así describe su familia 25 años después al causante de la masacre de Chantada


chantada / la voz

Paulino Fernández Vázquez le acaba de regalar una escopeta de balines a uno de sus sobrinos y los dos salen a probarla cerca de la aldea. De camino, él le deja claro al chaval a qué le puede tirar y a qué no. «Non se che ocorra dispararlles ás anduriñas, que lle quitaron a coroa de espiñas ao Noso Señor; e ás pombas tampouco, que son como da casa». La anécdota la cuenta uno de los vecinos que unos años después de presenciar esta escena sobreviviría a la masacre perpetrada por Paulino Fernández. El hombre que retrata coincide con el recuerdo que sus familiares guardan del autor del crimen múltiple que en 1989 sacudió la comarca de Chantada.

Paulino Fernández no dejó hijos y su mujer falleció hace tiempo. De familia numerosa, dos de sus hermanos murieron en combate durante la Guerra Civil y otros dos en accidentes en los años sucesivos. Pero conserva otros hermanos y sobrinos en Chantada, Venezuela y Brasil. Lo que sucedió el 8 de marzo de aquel año los dejó atónitos. Su pariente acababa de convertirse en algo parecido a un monstruo. Y para ellos nunca había sido tal cosa.

Desde luego, nunca sospecharon que fuera hacer algo así. «Cando pasou aquilo, el xa era unha persoa maior e, aínda que fisicamente estaba ben, non era tan falador e activo como fora antes, pero para nós seguía sendo unha persoa completamente normal», cuenta uno de sus familiares directos, que no quiere divulgar su nombre. Este pariente recuerda haberle oído mencionar algunas discusiones con vecinos, pero insiste en que no se trataba de «nada que non pase todos os días en calquera aldea». Los suyos lo veían integrado. «Colaboraba cos seus veciños da parroquia de Adá cando tocaba facelo, igual que eles con el», afirma.

Este hombre describe a Paulino Fernández como una persona cariñosa con su familia, muy religiosa -nunca faltaba a la misa de los domingos y siempre se arreglaba para ir- y que vivía para su trabajo en el campo y para atender a su mujer inválida y casi ciega. «Sabía moitísimo de agricultura, tiña un nivel incrible e unha gran empatía coa natureza», recuerda. Solía pasear con sus sobrinos por los alrededores de Surribas y les descubría los lugares conde podían ver lagartos, culebras y otros animales.

Pero el futuro de su granja le obsesionaba. No solo porque al no tener hijos no viese claro el relevo, sino porque las cosas en el campo estaban cambiando y él no tenía formación para entenderlo. Tiempo atrás había comprado unas fincas y estaba preocupado porque no figuraban registradas a su nombre. Su abogado, el entonces alcalde Sergio Vázquez Yebra, lo tranquilizó en más de una ocasión. La última, solo unas horas antes de la tragedia. Paulino Fernández había bajado a Chantada para hacer la compra semanal y se lo encontró por la calle. «Le dije que estaba todo en regla, que era como si tuviese en la mano un cheque al portador, pero él contestó que teníamos que volver a quedar para hablarlo», cuenta ahora.

«Consultaba con uns e con outros sen acabar de fiarse, como quen pide unha segunda opinión a un médico», recuerda su familiar. Quería tener acotadas todas sus tierras, conservarlas íntegras, estar seguro de que eso a lo que había dedicado toda su vida iba a tener un futuro.

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