Celso Alcaina, empleado de Pablo VI: «El papa leía mi mente y mi corazón»

Desde su experiencia al lado del pontífice, el teólogo y jurista de Muxía reniega de las canonizaciones en la curia porque las considera «descaradamente endogámicas»


cee / la voz

«Mis padres, azorados, hincaron sus rodillas e intentaron besarle la mano. Montini no se lo permitió. Hizo que se levantaran. Estrechó nuestras manos y dio un beso a la niña. Apenas sonrió. Sotana blanca. Solideo, sobre su mesa. Se esforzó por hablar español, pero le salía el italiano. Mi madre habló en gallego, sin rubor. Hice de traductor. Una conversación de diez minutos sobre la villa de Muxía, Galicia, Compostela, Comillas. Nos miraba de uno en uno con una intensidad poco común. Una mirada penetrante, inquisitiva, casi robótica. No fue solo en esa ocasión. Siempre tuve la impresión de que leía mi mente y mi corazón. Esa mirada desdibujaba sus amables palabras. Más que confianza y serenidad, infundía miedo, precaución, lejanía».

Ese recuerdo del otoño de 1968, acompañado de sus padres y su sobrina Pilar, hoy profesora en Santiago, es, quizás, el más personal de los que guarda el teólogo y jurista Celso Alcaina Canosa (Moraime-Muxía, 1934) de los años que trabajó en el Vaticano al servicio del papa Pablo VI como oficial [auitante di studio, en la terminología eclesiástica] de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Un contacto con Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini que le permitió al profesor muxián realizar en su libro Roma Veduta. Monseñor se desnuda (2016) un poliédrico retrato del papa que llevó a término el Concilio Vaticano II y que será canonizado el próximo 14 de octubre, algo con lo que Alcaina no comulga, precisamente.

«Me declaré contrario a toda canonización. También a la de Montini. Estoy convencido de que los milagros atribuibles a los candidatos a santos son inexistentes. Como mucho, se trataría de hechos todavía inexplicables. Una vez más, estamos ante una canonización descaradamente endogámica. Cada papa canoniza a su antecesor, prácticamente gratis. Montini, ya beato, no es especial modelo de conducta. Ninguna heroicidad. Ninguna simpatía. Probablemente sufría alguna alteración de tipo psicológico que lo encerraba en sí, sin posibilidad de extroversión», afirma el teólogo muxián, aunque no lo hace desde una óptica negativa, porque: «¿Quién es perfecto?». Para él, al menos «Montini está lejos de las negativas conductas detectadas en históricos y modernos canonizados, también papas. Era honrado, trabajador, piadoso, humilde, nada egocéntrico ni dominante, que no es poco. Lo demás será imaginación, folclore, mito, negocio...», sentencia.

Después de aquel encuentro del 68, cuando Alcaina ya llevaba dos años en el Vaticano, aún tendría ocasión de estrechar la mano del pontífice en otras ocho ocasiones. «Para mi sorpresa, la segunda vez que me vio me llamó por mi apellido. Y se acordaba también de las pocas palabras que habíamos intercambiado la vez anterior», relata.

Sin embargo, la relación del oficial gallego con el papa, quien le regaló a su madre un rosario que esta conservó hasta su muerte, era, evidentemente, profesional. Se centraba en los dosieres y acuerdos, «a veces de temas muy delicados», que le presentaban semanalmente. Una labor próxima a Pablo VI que le permite describirlo como «un hombre honesto que sufría de la inseguridad y ambigüedad propias de un sabio. Amplia cultura, profundo sentido filosófico, experiencia diplomática. Sentía urticaria al decidir y mandar», resalta, como resumen de ese «carácter y proceder dubitativo» que «ahogó razonables esperanzas en la Iglesia». Por ejemplo, cita como en la Sacerdotalis Caelibatus se contradice con su posterior aperturismo a la hora de suavizar la disciplina del celibato.

En definitiva, a ojos de Alcaina, Pablo VI era una persona que, al margen de lo que ahora puedan atribuirle de santo, sí adolecía, y mucho, de las contradicciones propias del ser humano.

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