Treinta años del episodio negro de la matanza de Chantada

Paulino Fernández mató en 1989 a 7 vecinos antes de suicidarse

La tumba en la que están los restos de Paulino no tiene nombre
La tumba en la que están los restos de Paulino no tiene nombre

monforte / la voz

Paulino Fernández Vázquez descansa en una sepultura sin nombre en un pequeño cementerio de Chantada. Se mató él mismo el 8 de marzo de 1989, después de provocar el peor crimen múltiple de los últimos tiempos en Galicia. Acabó con la vida de siete personas y dejó a otras trece heridas. No hubo un móvil claro, ninguna trifulca previa, nada que pueda explicar por qué aquel agricultor de 64 años cogió un cuchillo y provocó tal matanza entre sus vecinos.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando empezó todo. Paulino Fernández Vázquez dejó en casa a su mujer, que llevaba años inválida y prácticamente ciega, y salió a la calle en la aldea de Surribas con un cuchillo en la mano. En la puerta de al lado vio a su vecino José Gamallo y lo apuñaló. No es que fuera a por él, es simplemente que era el primero con el que se topaba. A esa hora, un grupo de personas esperaban un autobús en un cruce a poca distancia de aquellas casas. Los gritos de la víctima los sobresaltaron, pero quizás porque eran demasiados el agresor no fue hacia ellos, sino que escapó en otra dirección. Gamallo sobrevivió para contarlo y sigue en Surribas, pero como a la mayoría de quienes vivieron aquello de cerca, no le gusta recordarlo.

Los vecinos de Surribas sufrieron un suplicio los primeros aniversarios de la masacre, en los que los medios de comunicación relataban una y otra vez como Paulino se echó a andar después de agredir a su primera víctima y fue propinando puñaladas y golpes de hacha a todo el que se cruzaba con él. Empezó en Surribas, siguió en la aldea de Quinzán de Arriba, todavía en la parroquia chantadina de Adá, y terminó en Quinzán do Carballo, ya en el vecino municipio de Taboada. Mató a Aurora Sanmartín Ledo, Celsa Sanmartín Ledo, José Lago García, Maximino Saa Vázquez, Emilio Ramos Blanco y Avelina Moure Soengas, todos de entre 59 y 72 años; y a Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, que fue trasladada aún con vida al hospital de Monforte, pero moriría unos días después. Los trece heridos que sobrevivieron presentaban cuchilladas, hachazos o golpes.

Apenas una hora después de empezar su enloquecido paseo, Paulino Fernández volvía a su casa, le prendía fuego y se tumbaba en su cama a esperar a la muerte. Su hermano Marcelino vivía en Chantada y enseguida le contaron que estaba pasando algo muy grave en Surribas, así que fue a su aldea a toda prisa. Allí vio los cuerpos de algunos de los asesinados y corrió a buscar a su hermano. Al llegar, la casa ya ardía por los cuatro costados. Marcelino llegó justo a tiempo para rescatar a su cuñada, postrada en una silla de ruedas. El fuego ya se haba extendido y no pudo hacer más. El cadáver calcinado de Paulino Fernández fue recuperado unas horas más tarde de entre los escombros de la casa.

Han pasado treinta años y nadie tiene claro todavía qué fue lo que desencadenó tal furia homicida. Ni sus amigos ni la familia de Paulino Fernández temían que pudiese pasar algo así. Para ellos no era ningún criminal en potencia. Solo un vecino normal que en los últimos tiempos se había vuelto un poco huraño.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
12 votos
Comentarios

Treinta años del episodio negro de la matanza de Chantada