La sequía castiga más a Galicia que al sur

Mónica Pérez Vilar
MÓNICA P. VILAR REDACCION / LA VOZ

GALICIA

Embalse de Baíña, en Baiona
Embalse de Baíña, en Baiona CELE RODRIGUEZ

Los avisos por escasez de agua tienen en cuenta precipitaciones, embalses y caudal de los ríos

05 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En apenas medio año, la situación de Galicia de cara a una posible sequía ha cambiado radicalmente. Tras salir del invierno y sus trenes de borrascas, la comunidad entró en un período de escasas precipitaciones que está pasando factura. El agua embalsada sigue bajando semana a semana, y el caudal de los ríos también. Según el último boletín hidrológico del Ministerio para la Transición Ecológica, publicado ayer, las presas de la demarcación hidrográfica Miño-Sil han perdido 57 hectómetros de agua embalsada en los últimos siete días, y están al 70,4 % de su capacidad total, mientras que las de Galicia Costa descendieron 12, hasta una ocupación del 62,1 %. Centrándose solo en las reservas de agua para consumo, los porcentajes suben al 80 y 86 %, respectivamente, con 308 hectómetros de reserva entre ambas cuencas.

Otro ojo está puesto en los ríos. Solo en la mitad oriental de la comunidad se ha reducido un 45 % su caudal circulante respecto al habitual en julio. Es uno de los datos que respaldan la declaración ayer de la prealerta por escasez de agua en toda la demarcación oriental (Miño Alto, Cabe, Sil Inferior, Baixo Miño y Limia), que afecta a más de 150 concellos gallegos. Este aviso se suma al declarado el 8 de julio en parte de la cuenca Galicia Costa, donde preocupa la situación del río Lérez y parte del Anllóns, por lo que hay otra treintena de ayuntamientos en prealerta.

Captación directa de ríos y suministro desde embalses son solo dos de las maneras en las que se surten de agua las localidades gallegas. Las aguas subterráneas son otro recurso. Por el momento, la mayoría de esas reservas se encuentran en buen estado, aunque dos en concreto, las de Xinzo de Limia y el Aluvial del Louro (O Porriño), tienen una situación más complicada, por su habitual sobreexplotación.

Las traídas vecinales que captan de manantiales o fuentes son otro recurso habitual en los núcleos de población gallegos. Muchas ya están sufriendo las consecuencias de la falta de lluvia. Y es que en el territorio Miño Sil, por ejemplo, las precipitaciones recogidas en los últimos cinco meses fueron un 49 % inferiores a la media del período marzo-julio.

Los datos de la Aemet también muestran que buena parte de Galicia ha ido empeorando su índice de precipitación estandarizado (SPI), una medida que revela cuánto se desvían las precipitaciones respecto a la media. Una cifra negativa indica que ha llovido menos de lo normal. Y, en el último mes, hay más parte del territorio gallego con un índice por debajo del 1,5 negativo que en valores habituales. En el sur de España, sin embargo, donde las medias históricas son más bajas, la falta de precipitaciones no es tan anormal, por lo que la bajada del SPI no es tan acusada.

Sistema de indicadores

¿Justificaría todo esto declarar un aviso por sequía o por escasez de agua en Galicia ? La sequía hace referencia a la falta de precipitaciones, mientras que, al hablar de escasez, se tiene en cuenta la dificultad para atender las necesidades de consumo. Ni en el primer ni en el segundo caso basta un dato para evaluar la situación. Las oficinas técnicas que deben decidir sobre los avisos analizan múltiples variables. Emplean, de hecho, un sistema de dobles indicadores. Por un lado, los que marcan si se está produciendo una sequía prolongada (el volumen de precipitaciones acumulado en un mes en una zona y la aportación mensual a las estaciones de aforo). Y, por otro, los que deben identificar una situación de escasez coyuntural, es decir, una situación temporal de falta de recursos hídricos que impide atender las demandas de consumo de agua de ciudadanía, industria y agricultura. Es aquí donde entran cuestiones como el agua embalsada, el caudal de los ríos en la red de control de aforos o las previsiones meteorológicas.

Pero, además, a la hora de medir si cada uno de esos factores responde a una situación normal o anormal, se hace zona por zona. Cada cuenca está dividida en distintas unidades territoriales, y en cada una de ellas se revisan cada año los datos históricos para establecer cuáles son los límites que, según el lugar, deben dar lugar a algún tipo de aviso.

Esas advertencias tienen un nivel creciente. El primero es la prealerta, el que se vive ya en el 60 % de los municipios gallegos. Implica que los indicadores han descendido por debajo de los valores medios históricos y es necesario aumentar la vigilancia y el control sobre la situación de los recursos hídricos. El siguiente nivel es la alerta, cuando la bajada de recursos es notable y hay que iniciar medidas de conservación. Finalmente, puede decretarse una situación de emergencia en el momento en que peligre el suministro y la atención de las necesidades básicas. Conlleva restricciones más drásticas, como cortes de agua por horas o bajada de la presión de agua.