Desde la previa hasta una despedida de época, se vio a una afición entregada a la causa celeste
17 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El celtismo lo dio todo y creyó; si alguien no tenía fe cuando fue a recibir al equipo a Balaídos pasadas las 17.00 horas, seguramente se contagiaría del resto, porque era imposible no imbuirse del espíritu de la remontada. Y el equipo respondió poniendo todo de su parte, pero no fue suficiente ante un rival superior de principio a fin durante 180 minutos largos. El reloj marcaba las 19.23, esa hora tan señalada para el club por corresponderse con su año de fundación, cuando el Friburgo ponía el 0-2 en el marcador, elevaba a cinco goles su ventaja en el global del cruce y hacía que ni el más devoto pudiera mantener esa fe que durante toda la semana había parecido indestructible.
Claudio Giráldez había hablado de disfrutar y se consiguió en todo lo que no dependía directamente del conjunto alemán. Una previa con ilusión a raudales, una llegada del equipo con los ánimos por las nubes y una hinchada absolutamente entregada, una Oliveira dos cen anos cantada con pasión, la actuación de Abraham Cupeiro para intentar apelar a la épica... Y también unas gradas llenas — la segunda mejor entrada de la temporada y la segunda en global tras la del Madrid— y concienciadas de no permitir el silencio y de contrarrestar a una hinchada visitante que agotó las 1.100 entradas de las que disponía y que fue un espectáculo en la esquina de Río Alto con Gol. También lo fue el celtismo, que solo se impuso en esa faceta, pero que, inevitablemente, fue a menos con el paso de los minutos.
Las premisas se cumplieron para la afición céltica: gran respuesta al recibimiento, color celeste predominante para formar una auténtica marea dentro y fuera y animar sin parar desde el calentamiento, cuando sonó desde megafonía el tema Ateo, en el que el autor del himno del centenario, C. Tangana, entona aquello de «yo era ateo, pero ahora creo», elección nada casual para la ocasión. Ya a capela, en las gargantas del celtismo, sonaron dentro y fuera Fillos dunha paixón, «o Celta é a nosa vida» y, ya solo en el exterior, «sí se puede». Porque enseguida hubo que aceptar que no, que no se podía.
El partido comenzó con la afición celebrando incluso algún saque de banda a favor. Y con los goles rivales, el primero, con el suspense de que tuviera que ser confirmado por el VAR, el silencio solo fue momentáneo. La grada de animación, golpeada como todas, se repuso enseguida y siguió animando y dejándose las gargantas. Pero no era lo mismo.
Tras el descanso, ya con todos los presentes tratando de asumir la realidad, la grada de animación pareció reengancharse al partido tras el silencio sepulcral del descanso. Pero el Celta no hizo lo propio, encajó el tercero y ya solo se trataba de que el partido acabara cuanto antes y, a poder ser, sin más goles visitantes. Hubo decepción, sí, inmensa, pero también orgullo, demostrado a los célticos tras el pitido final. «Vencer ou morrer loitando», decía la pancarta de animación. Tocó lo segundo, y poner fin a una mágica temporada europea que nunca caerá en el olvido.
El final, además, fue apoteósico. Si algún despistado llegase a esa hora a Balaídos pensaría que los celestes estarían celebrando la remontada, pero lo que festejaban era el camino recorrido, con gente de la casa y con un equipo cargado de afouteza. Una comunión que va más allá de un resultado puntual. Hoy volverá a salir el sol.