Sin televisión por las mañanas, Georgie Dann sonando en la radio y el cine a 44 pesetas: así era nuestra cultura en 1975
El año en que nuestro país se despidió de Franco, se estrenaron 1500 películas, en la parrilla reinaban «Los payasos de la tele» y Camilo Sesto protagonizaba «Jesucristo Superstar». La cultura de los setenta no solo reflejaba cómo era España: estaba anticipando, casi clandestinamente, cómo sería
El año en el que murió Franco empezó con un brindis de Lola Flores en Televisión Española. Copa en mano, la folclórica lanzó un deseo a los telespectadores que sonó a premonición: «Quiero que pasen un año que no se pueda aguantar». A los 22 millones de españoles que nacieron después del 20 de noviembre en el que hace medio siglo falleció el dictador quizás les cueste imaginar que, por aquel entonces, La Faraona era una de las grandes estrellas televisivas del franquismo. Pero lo era.
En 1975, al régimen ya le resultaba difícil contener las grietas por las que se filtraba otra España. A Lola Flores la había aupado el propio franquismo para convertir el flamenco en un símbolo de una identidad nacional uniforme; con el tiempo, su figura terminó en el lado opuesto, convertida en icono perdurable de desparpajo, libertad y poderío femenino. El suyo es solo un ejemplo. La música pop y rock internacional que se colaba por las radios, la literatura de bolsillo que circulaba entre estudiantes, el cine de autor que esquivaba la censura y los primeros indicios de una moda más liberal anunciaban que el país se movía, aunque las leyes todavía no lo reconocieran. Cuando Franco murió, no hubo que inventar una nueva cultura española: ya estaba ahí, esperando.


Un cortocircuito en el piso 81 de un rascacielos de San Francisco desata un incendio que se propaga a gran velocidad. Esa era la sinopsis de El coloso en llamas, la película más vista en España en 1975, protagonizada por Steve McQueen y Paul Newman. Hollywood llegaba a nuestro país con relativa normalidad desde los sesenta. Los grandes estudios interesaban al régimen porque llenaban salas y daban una imagen de modernidad controlada. Pero había tijera: se suprimían besos largos, desnudos, alusiones políticas o cualquier guiño a la liberación sexual.
Un ejemplo de las grietas que ya se abrían en la censura franquista fue Jesucristo Superstar. Este musical rock, que narraba la última semana de la vida de Jesús desde un enfoque humano y contemporáneo, se convirtió en la segunda película más vista del año, con algo más de 2,8 millones de espectadores.
En el ránking de filmes más vistos aquel año está también El jovencito Frankenstein, la irreverente comedia de Mel Brooks que parodiaba los clásicos de terror. Medio siglo después, la historia ha regresado a los cines gracias a una nueva versión de Guillermo del Toro.

Aunque las películas estadounidenses coparan los primeros puestos de taquilla, lo cierto es que en 1975 los españoles seguían viendo sobre todo cine español. Mucho más que hoy: el 30,8 % de los espectadores elegía filmes producidos en nuestro país, frente al 17,5 % actual, prácticamente la mitad.
Tras las producciones españolas y estadounidenses, las películas italianas ocupaban el tercer lugar en preferencia: un 14,2 % de los espectadores las elegía. Hoy, en cambio, apenas un 0,3 % acude a los cines para ver cine italiano.

Una entrada de cine costaba en Galicia unas 44 pesetas —unos 26 céntimos a día de hoy— y los gallegos tenían disponibles 224 salas repartidas por todo el territorio para ver alguna de las 1523 películas que se estrenaron entonces. Hoy la oferta es mucho más reducida: en el 2024 se estrenaron 875 filmes y solo permanecen 38 salas. La comparación, eso sí, tiene truco: no existían los multicines ni las plataformas de streaming. Ir al cine no era solo asistir a una película, sino un ritual social, un plan casi obligatorio de fin de semana. Ahora, ver un estreno puede ser tan individual como darle al play en un dispositivo, y la abundancia de contenidos digitales ha transformado por completo la relación con la pantalla grande.


La España que enterró a Franco ya había incorporado la televisión a su rutina diaria, aunque casi siempre en blanco y negro. Pese a que el sistema PAL se adoptó oficialmente en 1969, muy pocos podían permitirse un aparato capaz de captar esas emisiones: los televisores en color estaban reservados, de facto, a los hogares con mayor poder adquisitivo. Para acercar la pantalla a quienes no podían tener un televisor propio, existían los Teleclubs, centros recreativos y culturales locales donde los socios podían ver la televisión en grupo. En 1975, España contaba con 4.482 de estos clubes y 811.000 abonados, convirtiéndolos en un fenómeno social y cultural notable.
Tanto ha cambiado España que en 1975, de lunes a viernes, no se podía ver televisión por la mañana. Los hogares que encendían el televisor temprano se encontraban con la pantalla en negro o con algún rótulo informativo. La programación comenzaba más tarde, concentrándose en la franja vespertina y nocturna. Solo había dos canales, ambos gestionados por Televisión Española, que aún ejercía un control absoluto sobre contenidos, horarios y formatos.
Las parrillas arrancaban con el telediario durante la semana y con la obligatoria sesión de misa cada domingo. Además, los espectadores podían seguir partidos de fútbol o de tenis en directo. También se programaban recitales musicales, series y películas.

Triunfaban por aquel entonces Los Payasos de la Tele, capitaneados por Gaby, Fofó y Miliki. Era una época marcada por la proliferación de formatos infantiles: de lunes a viernes, justo al salir del colegio, los niños españoles se sentaban frente al televisor para ver Un globo, dos globos, tres globos, un contenedor televisivo que combinaba pequeños reportajes, actuaciones musicales, cuentos dramatizados y concursos. Al mismo tiempo, grandes audiencias seguían El hombre y la Tierra, de un ya célebre Félix Rodríguez de la Fuente, que acercaba la naturaleza a millones de hogares.
Aunque faltaban todavía décadas para que España viera a Rosa López ganar Operación Triunfo, en 1975 ya existía Gente Joven, un escaparate para artistas noveles en un momento en el que la música popular empezaba a diversificarse y a llegar a las casas a través de la televisión más que de la radio. Al mismo tiempo, TVE exploraba nuevos formatos con Directísimo, el show de variedades presentado por José María Íñigo, que se emitía en directo —algo impensable en aquella época— y que rompía con los moldes tradicionales, ofreciendo entrevistas, actuaciones y reportajes con un aire fresco e internacional que empezaba a anticipar la España que vendría.


La semana en la que nuestro país cambió, Secretaria, de Mocedades, se convirtió en número uno de la lista de Los40 Principales. Amaia Uranga, vocalista del grupo que había representado a España en Eurovisión un par de años antes, cantaba sobre una secretaria que, además de trabajar, estaba disponible para todo lo que su jefe necesitara: confidente, celestina, casi esposa y enfermera, reflejo de los rígidos roles de género en la España de 1975.
En paralelo triunfaba Actitudes, del brasileño Roberto Carlos, y Georgie Dann animaba a todos a bailar con El Bimbó. La canción melódica seguía reinando, con Julio Iglesias consolidándose como un fenómeno imparable. Por aquel entonces también desembarcaban Los Chunguitos, mientras que despuntaba un intimista José Luis Perales y un comprometido Joan Manuel Serrat.
1975
2025
Pero 1975 fue, sobre todo, el año de Camilo Sesto, que lanzó su álbum Amor libre con éxitos como Melina, en la que cantaba a Dios: «Has vuelto, Melina, alza tus manos hacia Dios, que él escuche tu voz». Medio siglo después, podría decirse que 2025 es el año de Rosalía. Y paradójicamente, a la catalana también le ha dado por hablar de lo divino en Lux, su último álbum, donde resquebraja las normas del panorama musical actual explorando su relación con la espiritualidad. En Sexo violencia y llantas canta: «Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amar el mundo y luego amar a Dios».
Franco convirtió Eurovisión en un asunto nacional a finales de los sesenta, cuando se empeñó personalmente en el triunfo de Massiel. La última actuación que le dio tiempo a ver al Caudillo fue la de Sergio y Estibaliz, que nos representaron en 1975 con la canción Tu Volverás. El certamen se celebró en Estocolmo y quedamos décimos, con 53 puntos. En aquella época, la música era en riguroso directo y cada país llevaba a un director para dirigir la orquesta del Festival.

La puesta en escena de Sergio y Estíbaliz se caracterizaba por su sobriedad. El dúo permanecía prácticamente estático sobre el escenario, vestidos con atuendos formales —traje oscuro él, vestido elegante ella—, sin coreografías ni elementos escénicos llamativos. Representaban la estética de la canción melódica de los setenta: intimista, contenida, casi de salón.

En poco y nada se parecía la actuación del dúo vasco a la de nuestra última representante en Eurovisión: Melody. La sevillana, que quedó en el puesto 24 con Esa diva, subió al escenario de Basilea con una propuesta completamente opuesta: movimiento constante, vestuario llamativo, luces de neón, una coreografía pensada para la era de TikTok.


La censura bajo el franquismo controlaba la producción literaria limitando cualquier expresión no bendecida por el régimen. Pero en 1975, la literatura española empezaba a abrirse a nuevas voces y nuevas formas de narrar la realidad reciente. Ese año se publicaron varias novelas que marcaron un antes y un después en la narrativa española. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, recuperaba el placer de contar una historia con intriga y humor; Juan sin Tierra, de Juan Goytisolo, rompía con la moral católica desde el exilio parisino y Mortal y rosa, de Francisco Umbral, convertía la muerte de su hijo en una elegía desgarradora y experimental.
Los libros más relevantes de 1975

Otra de las obras destacadas de aquel año fue La gangrena de Mercedes Salisachs. La historia sigue la vida de un hombre que, desde su infancia humilde en los años de la dictadura en España, asciende hasta convertirse en un poderoso banquero. La novela se hizo con el Premio Planeta de 1975, un galardón que raramente recaía en una mujer. Sin embargo, Salisachs —al contrario que los hombres que ahora se presentan con un pseudónimo de mujer— utilizó el falso nombre de Carlos Hondero. Ella misma explicó sus razones a La Voz: «Me jugaba mucho en esta ocasión. Me daba terror quedar mal clasificada. Me ha costado seis años escribir esta novela. A veces, llegué a pensar que era culpa mía y que nunca llegaría a conseguir el Planeta». Lo hizo, y ganó dos millones de pesetas: «Me vienen muy bien. Pienso hacer un viaje con toda mi familia a Disney, en Florida», dijo a este periódico.

En 1975, la literatura española circulaba más allá de las librerías. Los libros de bolsillo, económicos y manejables, permitían a estudiantes y jóvenes acceder a clásicos y novedades sin depender del precio de las ediciones en tapa dura, desde Agatha Christie o Graham Greene hasta autores españoles de realismo urbano y crítica social.
El Círculo de Lectores, con su sólida base de suscriptores, funcionaba como otra vía de acceso a la cultura: miles de familias recibían periódicamente en sus hogares novedades literarias seleccionadas, llevando libros a lugares donde las librerías no siempre llegaban.


Hace medio siglo, viajar fuera de España era un lujo reservado a unos pocos. Menos de seis millones de ciudadanos se aventuraban al extranjero, apenas un 16 % de la población. Hoy, esa travesía se ha democratizado: más de 21 millones de españoles cruzan fronteras cada año, el 44 % de la población. El desarrollo de las aerolíneas de bajo coste y el aumento del poder adquisitivo han impulsado el movimiento transfronterizo hasta niveles récord.

El flujo inverso también ha crecido sin medida. En 1975, unas 30 millones de personas eligieron España como destino; el año pasado, fueron 93 millones, un récord que consolida al turismo como un motor clave en nuestra economía. Por el camino, el país se ha llenado de hoteles, apartamentos turísticos, resorts y complejos de ocio, y se han ampliado aeropuertos para atender a esta avalancha de visitantes.

En 1975, un agente de viajes al que entrevistaba La Voz, contaba las preferencias de los gallegos: «Sobre todo Palma de Mallorca, Canarias y, respecto al extranjero, Inglaterra es el país de moda». Nuestra época favorita para viajar era, en aquel entonces, Semana Santa. Medio siglo después, con los datos del Instituto Nacional de Estadística en la mano, Reino Unido ha dejado de ser tendencia. Hoy, los destinos favoritos de los gallegos que viajan al extranjero son Portugal —a mucha distancia del resto— Francia e Italia.


Nadie lo sabía entonces, pero unos meses antes de la muerte de Franco, el 9 de mayo de 1975, la moda estaba a punto de cambiar para siempre. Aquella mañana se abrieron las persianas de la primera tienda de Zara, un pequeño local en los números 64-66 de la coruñesa calle de Juan Flórez. Cinco décadas bastaron para que la marca gallega fundada por Amancio Ortega se convirtiese en un gigante global, presente hoy en 214 mercados.
La moda española de los años setenta vivió un periodo de transición marcado por la apertura cultural y la influencia de tendencias internacionales, aunque todavía condicionada por la censura y las normas sociales del franquismo. Las tendencias europeas, especialmente de París y Milán, empezaban a llegar con retraso. Los hombres jóvenes adoptaban pantalones de campana, camisas estampadas y chaquetas de corte estrecho. El traje clásico seguía siendo obligatorio en el ámbito laboral o formal, pero con detalles más coloridos y cortes moderno.

La mujer española todavía estaba marcada por un estilo relativamente recatado. Blusas con mangas abullonadas, faldas largas o midi, vestidos ajustados para ocasiones formales y trajes de chaqueta sobrios eran comunes. Sin embargo, la juventud urbana ya se animaba con minifaldas, pantalones acampanados y tejidos más informales. Las hombreras todavía no eran protagonistas; esto llegaría más tarde, en los 80.
Este reportaje ha sido elaborado con información de las siguientes fuentes: Instituto Nacional de Estadística (INE), Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), Los40 Principales, Radio Televisión Española (RTVE) y Hemeroteca de La Voz de Galicia.