Debuts históricos en el Congreso de EE.UU.: la noche de las minorías

La congresista más joven de la historia que, además, es latina; el primer gobernador abiertamente homosexual; las primeras indígenas, las primeras musulmanas electas; la primera representante negra en Massachusetts; la primera mujer senadora en Tennessee. El cambio arranca a mitad de mandato

Mujeres rompiendo barreras Por primera vez, más de cien políticas se sentarán en la Cámara de Representantes

Las mujeres han movido ficha: nunca tantas se habían presentado antes a unas elecciones estadounidenses, nunca tan diversas, nunca con tantas ganas de decir lo que siempre han tenido que decir. También los homosexuales y los latinos, los indígenas, los afroamericanos y los musulmanes. La América diversa saluda a Trump: empieza el espectáculo. La historia comienza a escribirse a mitad de mandato.

Alexandria Ocasio: la más joven

Alexandria Ocasio no solo es, con 29 años, la benjamina del Congreso estadounidense desde este martes, también la mujer más joven de la historia de la Cámara y, además, latina y con raíces en el Bronx. Recién llegada a la política, esta millennial socialista sacudió en junio el Partido Demócrata al aniquilar en Nueva York a uno de los pesos más pesados del aparato, el veterano congresista Joseph Crowley. Brava, de labios siempre coloreados, sin reparos a la hora de soltar tacos en sus tuits, Ocasio es el más claro síntoma del salto generacional que se barrunta -más de intención, de momento, que de obra- en EE.UU.; es al menos el primer paso, la primera piedra.

Hija de un neoyorquino y una puertorriqueña, AOC se graduó cum laude en Economía y Relaciones Internacionales en la Universidad de Boston. Luego regresó a su barrio de toda la vida y fundó allí una pequeña editorial que compaginó con labores de educación social y un trabajo de camarera en una taquería para auxiliar económicamente a su madre, empleada doméstica y conductora de autobuses escolares, en apuros financieros tras la muerte de su padre, víctima de un cáncer. En el 2016 se asomó a la política en la campaña presidencial de Bernie Sanders, y empezó a romper moldes: no solo a mover los marcos de la edad, también los ideológicos. «Es hora de que nos demos cuenta de que no todos los demócratas somos iguales, que un demócrata que no vive aquí ni envía a sus hijos a nuestras escuelas no nos puede representar», sentenciaba -sonoro toque de atención al establishment-, antes de vencer en las primarias: se hizo con un 54 % de los votos y lo hizo con una campaña humilde, sin aceptar un solo dólar de corporación alguna.

Enfocó su plan en mensajes sobre dignidad económica, social y racial para los estadounidenses de clase trabajadora y metió las narices en temas que los demócratas en el poder solían, hasta ahora, ignorar -o, como mínimo, relegar en su lista de prioridades-: ha pedido la abolición de la agencia de deportaciones, un sistema de sanidad público que garantice el acceso a la sanidad a todos los estadounidenses, matrículas gratuitas en las universidades, un sistema de empleo universal. Ha clamado por la vivienda como derecho básico, por el control de armas, por el aumento del salario mínimo. Tiene ganas y garra, sabe bien cómo culebrear en las redes sociales. Es el antónimo de Trump. Una esperanza con los pies en la arena.

Polis: primer gobernador homosexual

Jared Polis se ha convertido en estas legislativas en el primer gobernador abiertamente homosexual -Jim McGreevey, de Nueva Jersey, se confesó gay, pero ya en el cargo, antes de renunciar en el 2004-: durante la previa de las urnas el demócrata de Colorado de 44 años fue claro en todo momento sobre su condición sexual, sin complejos. Derrotó a Walker Stapleton con un 51,6 % de los apoyos frente al 45 % que acumuló el republicano en una carrera en la que se posicionó a favor de la atención sanitaria universal, de la educación infantil gratuita y de las energías renovables. Empresario, político y filántropo, es un firme defensor de los derechos de los inmigrantes, «seres humanos», «no animales, no delincuentes, no narcotraficantes, no violadores», adjetivos que Trump ha colgado alegremente a los extranjeros que pisan suelo estadounidense. 

De origen judío, a los 25 años cambió su nombre original -Jared Schultz- por el actual para honrar a su abuela. Y es un auténtico coco. Le admitieron en Princeton con solo 16 años y fue ahí, durante su etapa universitaria, cuando tuvo claro que llegaría a gobernador. Antes de graduarse ya era millonario: gestó una compañía digital y reflotó la de sus padres. Hoy su patrimonio neto está estimado en casi 400 millones de euros. 

Tiene dos hijos con su pareja, es bastante moderado y durante la campaña electoral llegó a decir que su victoria le permitiría «meterle un dedo en el ojo» al conservador vicepresidente estadounidense Mike Pence, «que tiene una idea muy poco incluyente de EE.UU.».

Haaland y Davids: primeras indígenas

Deborah Haaland se definió en campaña como la «peor pesadilla de Trump». Su pronóstico estaba apuntalado -es mujer y es indígena- y quedó encaminado este martes: es congresista en Nuevo México, una de las dos primeras nativo-americanas que consigue asiento. Ahora dará la batalla representando todo lo que el presidente repudia. Tiene 57 años, pertenece a la tribu de Pueblo de Laguna, una de las 566 reconocidas legalmente en EE.UU. y casi en peligro de extinción, y es madre soltera -«Sé lo que es decidir entre pagar el alquiler o comprar la comida. Necesitamos gente que sepa esas cosas»-.

Sus padres, ambos militares, mudaron de código postal una y otra vez durante la infancia de Haaland, que transitó por hasta 13 escuelas públicas distintas. Asentada en Alburqueque, la demócrata trabajó en una panadería decorando pasteles antes de matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nuevo México. Lleva años en política, hasta el 2007 entre bastidores, como voluntaria en la primera maniobra de Barack Obama para instalarse en la Casa Blanca, dando el callo con el afroamericano ya en el poder. Peleó mucho por rascar el voto indígena y en el 2015 se convirtió en la líder de su partido en su estado. Sus prioridades son transparentes: el aborto, las tierras sagradas, las energías limpias. El salario mínimo. Los derechos civiles.

También Sharice Davids -también mujer, también nativa- se codeó con Obama durante su administración. Es además la primera representante lesbiana de Kansas, la primera ex luchadora profesional de artes marciales mixtas que llega al Congreso, abogada e hija de una veterana de guerra que la parió y la crió sola, sin alianza. Tiene 38 años y acaba de derrotar al actual representante republicano Kevin Yoder en un estado tradicionalmente conservador, convirtiéndose en congresista y pieza clave para el sorpasso en la Cámara de Representantes. Miembro de la tribu Ho-Chunk, de Wisconsin, dijo durante una entrevista en The Times que la presencia de personas LGTB en la sala «cambiará la conversación». Que cambie.

Tlaib y Omar: primeras musulmanas 

Dos musulmanas se estrenan en el Congreso, ambas demócratas: Rashida Tlaib e Ilhan Omar, la primera de Michigan, la segunda de Minnesota. Tlaib, de 42 años, es de Detroit, la mayor de 14 hermanos, hija de inmigrantes palestinos y madre de dos hijos. Ya rompió barreras en el 2008 cuando se convirtió en la primera musulmana en entrar en la cámara legislativa de su estado. Hizo bandera del feminismo y de las medidas progresistas: apostó por una plataforma liberal que respalda la atención sanitaria para todos, por una reforma migratoria y por la anulación del decreto de Trump que prohíbe a las personas de cinco países de mayoría musulmana entrar en Estados Unidos. «Hoy, las mujeres de todo el país están en la papeleta electoral. Sí, marchamos fuera del Capitolio, pero ahora podemos marchar hacia el Capitolio», escribió este martes en su cuenta de Twitter. «¡Ya vamos!», advirtió.

Omar, de 33 años, es ciudadana nacionalizada, primera legisladora somalí-estadounidense del país y ahora también, primera de ese origen en llegar al Congreso. Nació en Somalia y, junto a su familia, huyó de la guerra; vivió cuatro años en un campo de refugiados en Kenia; tenía 12 cuando llegó a Minneapolis. Hizo campaña promoviendo las políticas del ala más liberal del partido demócrata: atención médica universal, matrícula universitaria gratuita y viviendas públicas. «No esperaba venir a Estados Unidos y encontrar en la escuela niños que estaban preocupados por la comida como lo estaba yo» en África, dijo el mes pasado durante una entrevista. Consiguió su primer escaño el mismo día que Trump ganó la presidencia abogando por cerrar a los musulmanes la puerta del país más rico del mundo. Usa hijab. Será también la primera en cubrirse la cabeza con un pañuelo islámico en el interior de la cámara

Pressley: primera negra en Massachusetts

Es de Chicago y afroamericana, primera de su raza en representar a Massachusetts en el Congreso estadounidense. Ayanna Pressley llegó como un huracán a las primarias demócratas, desbancado a Michael Capuano, pez gordo, diputado con 20 años de experiencia en la Cámara de Representantes en Washington. Con 44 años, hija de padre adicto, criada por madre soltera y víctima de agresión sexual, fundamentó su campaña en la necesidad de un cambio en el status quo de la cámara. No quiso donaciones de los PAC corporativos, perseveró por la abolición de la ley de inmigración y aduanas y se presentó como líder, pero activista, en movimiento. Capaz de llegar.

Pressley es una de las grandes promesas de su partido. Aborda sin perturbación alguna necesarias discusiones sobre pobreza, raza y género que dividen la opinión de los demócratas. Y cree en la representación, en la importancia del modelo. «Cuando las mujeres se ven a sí mismas en otras mujeres, en las mesas de toma de decisiones, en cualquier posición de poder, entonces saben lo que es posible», manifestó en una entrevista en el diario latino El Planeta el pasado mes de marzo. Está segura, sin embargo, de que sin políticas que las respalden no será posible: «Es un círculo vicioso: si las mujeres no están alrededor de la mesa, no se están asegurando de que haya políticas que funcionen para ellas, y debido a que no están presentes, no hay políticas que les favorezcan». Ahí está ella, para legislar.

Blackburn: senadora de Tennessee 

La primera mujer senadora del estado de la música country y los contrabandistas de bourbon se llama Marsha Blackburn, tiene 66 años y no está exenta de polémica: respaldó sin titubear a Brett Kavanaugh cuando al juez le llovieron la acusaciones de conducta sexual inapropiada. Es republicana: avala la construcción del muro, las leyes antiinmigración; satélite de Trump en estas legislativas. Contra ella cargó la mismísima Taylor Swift, movilizando las papeletas de los más jóvenes. Dijo que su historial de voto le «consternaba», que le «horrorizaba» su oposición a la igualdad salarial entre hombres y mujeres, su falta de apoyo a la ley de violencia machista, su escaso respaldo a los homosexuales, pero no fue suficiente. Blackburn venció holgadamente. Y rompió un nuevo techo de cristal.

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