El cáncer ya no significa lo mismo que hace cincuenta años: «Hoy en día analizamos cada tumor»
ENFERMEDADES
En el Día Mundial contra el Cáncer, médicos y pacientes explican cómo ha cambiado la enfermedad y todos los retos que ahora se plantean
04 feb 2026 . Actualizado a las 11:34 h.El léxico tiene palabras que suman y que restan. Que cuentan y esconden. Que salvan, ayudan o que pesan cuando se pronuncian, con una carga emocional para los pacientes oncológicos. El cáncer ha sido descrito, metáfora mediante, como una lucha, una batalla, un camino oscuro o un ente al que vencer. Los recursos literarios también han servido para no nombrarlo. En su lugar, un eufemismo: una larga enfermedad, una patología delicada o, simplemente, un problema de salud. Los pacientes se han convertido en luchadores, en guerreros, en vencedores y también, siguiendo esta lógica, en perdedores. Pero hubo tiempos peores. La sociedad se atreve ahora a nombrarlo. A decir cáncer. Y la gente aprende a hacer otras comparaciones. «Prefiero decir algo más amable, es como una travesía. Salimos de un puerto y tenemos que intentar llegar a otro», dice Laura de Paz, jefa de servicio de Oncología del Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol (CHUF). En el camino, hay mar en calma, pero también pueden aparecer tormentas. «El símil bélico molesta mucho a los pacientes porque una batalla implica una ganancia o una pérdida. Aquí nadie es militar ni está con arma en mano», añade la especialista gallega.
Al presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica, Javier de Castro, tampoco le gusta. Ni a él ni a sus pacientes. «No se lucha contra la diabetes, no se lucha contra la aterosclerosis, que también son enfermedades graves crónicas», apunta. Por el contrario, sí parece que hay (o hubo) una lucha contra el cáncer.
Resignificarlo ha sido tarea de todos. Aunque, sobre todo, de los pacientes, quienes han dejado claro, en más de una ocasión, que ni son guerreros, ni luchan, ni siempre están contentos. «Me parece injusto. Puedo entender que, desde el desconocimiento, escuchar la palabra cáncer dé miedo. Pero salir de esta situación dependerá de muchas variables», recalca María José Rodríguez, que hace nueve años tuvo un cáncer ginecológico, al hacer referencia a «la tiranía de la positividad».
Una tiranía que, en muchas ocasiones hace que el propio afectado ponga buena cara cuando no quiere. «Intentas ocultar tus emociones, sentimientos y disimular muchas cosas porque, por ejemplo, no queremos que nuestra familia sufra. Está claro que hay que tener una actitud de superación, pero un enfermo también tiene derecho a estar triste, a tener miedo, al cansancio o la incertidumbre», añade la pontevedresa, miembro de la Asociación de Diagnosticadas y Diagnosticados de Cáncer de Mama y Ginecológico (Adicam). María todavía recuerda su etapa oncológica y, debido al contacto con otros pacientes que muchas veces mantiene en esta entidad, tiene claro que lo que cualquier persona necesita es apoyo, no palabras. «Que te digan voy yo a por las medicinas. Que te traigan la comida. Pero no que te pongan la presión de que eres una luchadora o una guerrera».
Olga Sotelo, presidenta de Adicam, piensa que la comparación del cáncer con la batalla es fiel a la realidad. «La verdad es que estás peleando una batalla, porque al final no sabes las secuelas que te puede dejar la enfermedad. Y es una batalla muy dura, además». Casi veinte años después, recuerda los ocho meses de quimio que recibió: «Era muy difícil de sobrellevar». Defiende, por experiencia propia, que ser optimista es clave en el proceso. Eso sí, con límites.
«Desde la asociación siempre decimos al entorno que no permitan que el paciente se encierre en casa, que estén con él. Pero si quiere llorar, debe hacerlo. Igual que si se quiere esconder o, todo lo contrario, estar contento». Todavía tiene en mente las palabras que le dijo su oncólogo instantes después del diagnóstico, cuando ella seguía sentada en aquella silla de aquella consulta, sin poder creérselo. «Mucha gente de tu alrededor te dirá, a partir de ahora, cómo tienes que vivir. Como tu médico te digo que no les hagas caso, que no tienen idea de lo que es esto», rememora.
Iria Núñez es una de las psicólogas de Adicam. La asociación cumple 25 años y, gracias a su historia, han podido observar la evolución de esta mirada social. «El enfoque de la enfermedad ha cambiado mucho, y con ello, el acompañamiento de los pacientes, su actitud y la de su entorno. Hay un mayor permiso a que pasen por este proceso sin exigirse estar bien». La especialista de la salud mental explica que se debe rechazar un lenguaje que responsabilice al paciente, aunque sea de forma indirecta. «Ellos están transitando una enfermedad, y no tienen control sobre ella, más allá de recibir sus tratamientos. No debe haber expectativas de llevarlo mejor o peor, sino de vivirlo», señala.
En base a su experiencia profesional no duda en decir que los pacientes tienden a sentirse, de alguna forma, responsables. «Piensan en qué han hecho para tener un cáncer, si tendrían que haber hecho algo mejor. Y esto tiene una razón de ser. Nuestro cerebro busca darle sentido y explicación a una situación para tener el control», detalla. Por eso, los seres humanos tienden a echarse la culpa a la espalda cuando no hay un factor externo al que atribuirla. Precisamente, desde la asociación se pone el foco en explicar todas las causas que pueden desencadenar un diagnóstico para eliminar esta culpa.
Empieza la preocupación por los tumores
Ahora bien, la percepción social del cáncer no ha evolucionado sola, sino que ha ido de la mano de la ciencia. Esta enfermedad empieza a considerarse un problema creciente de salud pública a partir de los años sesenta y setenta. En 1975, los tumores malignos eran la principal causa de muerte en España. Suceden los ochenta, los noventa y los dos mil. La incidencia crece debido al envejecimiento de la población y a la factura que se empieza a pagar por el efecto de los factores de riesgo —tabaquismo, consumo de alcohol o incremento de la obesidad, entre otros—.
Sin embargo, al mismo tiempo que se convierte en un problema, también se le intenta poner solución. Entre los sesenta y setenta nace la oncología como disciplina. En estos años, también se consolida la quimioterapia como tratamiento sistémico del cáncer. Se demuestra que puede curar algunos tumores como leucemias o linfomas. En los ochenta, se afianza el tratamiento combinado: cirugía, radioterapia y quimioterapia; y en los noventa, a medida que se comprende mejor la biología del cáncer, se identifican alteraciones genéticas claves y surgen los primeros tratamientos rigurosos. Se pasa de hablar en singular a plural. Hay muchos tipos de cáncer.
En los dos mil, algunos pacientes ya pueden decir que su tumor ha pasado de ser mortal a crónico. La supervivencia mejora y, además, se continúa ampliando el uso de las terapias dirigidas con cánceres de pulmón o recto y colon.
En el 2010, comienza la revolución de la mano de la inmunoterapia, que enseña al sistema inmune del paciente a reconocer y atacar al tumor. En algunos pacientes se consiguen, incluso, respuestas duraderas en enfermedad metastásica. Se considera uno de los mayores —y mejores— avances de la oncología de nuestros tiempos. Diez años después, la secuenciación genómica, la biopsia líquida y los nuevos fármacos, como los anticuerpos conjugados, ofrecen abordajes más eficaces y selectivos. El tumor tiene nombre y apellido, y el médico es casi capaz de ponerle cara. Por todo ello, en la actualidad, el objetivo no solo es vivir más, sino mejor. Que los efectos a largo plazo sean menores y que el largo superviviente cuente con más apoyo. «La oncología empezó siendo una especialidad que se dedicaba a administrar un tratamiento, muchas veces, con un fin puramente paliativo de aumentar en meses de supervivencia la mayoría de los cánceres», dice el presidente de la SEOM, mientras echa la vista atrás.
Actualmente, cada paciente es una situación individual, muy personalizada. «Se analiza cada tumor y eso es algo que antes no se hacía», destaca la doctora De Paz. Cincuenta años han dado para mejorar todos los aspectos de la enfermedad. Por un lado, el diagnóstico. Siempre se ha basado en la imagen «de la anatomía patológica del microscopio», detalla el oncólogo. Hoy, se le han sumado más y más pruebas, hasta el uso de una tomografía por emisión de positrones asociadas a un escáner, lo que es un PET.
Cuenta la doctora Laura de Paz que, antaño, la persona llegaba con la clínica, «cuando le pasaba algo». Esto empeoraba el pronóstico. A la detección se han sumado los cribados, que permiten diagnósticos más precoces y abren la puerta a las vías de diagnóstico rápido en los tumores con mayor incidencia.
Por otro lado, se encuentra el tratamiento. Los clásicos, son ahora menos tóxicos y más precisos. Antes, los fármacos tenían, por así decirlo, tres caminos: a, b o c. «No servían para la mayoría de los tumores, ni estaban discriminados por eficacia en cada subtipo tumoral. En la actualidad, el abanico de opciones terapéuticas es muy, muy extenso», destaca la especialista del CHUF.
Hace cincuenta años también se pensaba que la cirugía, cuanto más amplia, mejor. «Se creía que una extirpación mayor era necesaria», precisa el doctor De Castro, que pone el ejemplo del cáncer de mama. «Hemos pasado de hacer muchísimas mastectomías a hacer cirugías mucho menos agresivas, porque los resultados son iguales». El paciente recibe, a su vez, menos radiaciones. Con la radioterapia se ha pasado de una radiación basada inicialmente en rayos x y menos precisa, a serlo mucho más, con menos efectos secundarios y por medio de otros elementos. Por último, el progreso también ha llegado gracias a tener un mejor conocimiento de la patología. «Hemos aprendido a ver su biología y genética», puntualiza la oncóloga gallega.
El cáncer sigue dando miedo, pero hay más esperanza
Todo ello permite que la medicina sea capaz de hablar con más esperanza, aunque en el imaginario popular la palabra cáncer siga dando mucho miedo. Según el doctor De Castro, la implicación negativa de un tumor no solo viene de que sea una enfermedad que pueda producir la muerte, «sino porque también se asocia a tratamientos agresivos del pasado, a esas cirugías agresivas, o a los efectos secundarios tan duros como estigmatizantes», aclara el oncólogo quien plantea que, de esta forma, se levantó un tabú a su alrededor. Un muro que cada vez tiene menos ladrillos. A medida que la oncología ha conseguido aumentar la posibilidad de curación, de que las personas vivan más tiempo o que los tratamientos sean menos agresivos, «la palabra se ha ido normalizando aunque aún quede mucho por hacer», indica. Los avances se producen también cuando se habla de metástasis. En la actualidad, los pacientes pueden alargar su supervivencia en este estadio cuatro o, incluso, alcanzar la curación.
Precisamente, esta situación ha obligado a los oncólogos a hablar de otro tipo de largo superviviente. «Es ese largo paciente cronificado, que es aquel que sin poder tener una evidencia de la que la enfermedad se ha erradicado, mantiene una buena calidad de vida con una enfermedad controlada», apunta el presidente de la SEOM. Algo que se ha sido posible gracias a las terapias dirigidas gerente a una alteración genética «que es la que hizo desarrollar el tumor».
No hace cincuenta, pero sí veinte desde que Olga Sotelo recibió el tratamiento. Incluso, desde entonces, ha visto grandes avances en ellos. «Ya no hay esas sesiones de ocho o seis horas, hoy tienes pastillas. Ya no tienes que estar todo el día en el hospital cada semana o cada tres», celebra. Esto hace que sea más llevadero.
El reto del presente y del futuro es paralelo. Primero, los oncólogos quieren curar más y poder prevenir. «Lo primero depende de poder incorporar todas las innovaciones diagnósticas y terapéuticas de manera más inmediata», señala el presidente de la SEOM. Lo segundo es poder planificar cómo se puede empujar a la población a eliminar los hábito tóxicos —como el tabaquismo, el consumo de alcohol, entre otros— y a adaptar los saludables. Ejercicio, dieta saludable, descanso, prevención de infecciones y protección solar. «Son medidas que no tendrán un impacto directo, sino a la larga». Eso no las hace más despreciables. Todo lo contrario. «Se estima que el 40 % de los cánceres se podrían evitar eliminando las conductas más tóxicas», puntualiza el oncólogo.
Como consecuencia, esto hará que, cada vez más, crezca el número de largos supervivientes para los que se debe mejorar la calidad de vida y la atención. Para abordarlos, De Castro reclama un plan estratégico. «Necesitan una respuesta de dos tipos. Sanitaria, porque ya no requieren visitar el hospital para recibir tratamiento, sino atención por parte de su médico de familia y otros especialistas. Y que empiecen a ser tratados como largos supervivientes desde el diagnóstico, porque a medida que tenemos más posibilidades de aumentar la curación y la supervivencia, hay que trabajar en que tengan el menor número de escuelas posibles», indica. En este punto, entra en juego el ejercicio físico. Además, el oncólogo pide una especie de respuesta social. «Antes, muchos pacientes se quedaban con una incapacidad para siempre, pero hoy muchos vuelven a su actividad normal laboral». Por eso, debe haber un trabajo social y emocional que les ayude a reconstruir su vida.
«El tumor lo he dejado atrás, pero todos estos tratamientos, con los que puedes tener la suerte de que te salven la vida, también dejan secuela y es algo de lo que se habla menos», apunta la pontevedresa María José Rodríguez, que precisamente es uno de ellos. En este sentido, la presidenta de Adicam pone el foco en la calidad de vida. «Si no vives bien, de qué te vale». A ella el tratamiento, por ejemplo, le provocó secuelas en los huesos o en la piel. Ahora, cuenta, ya es mayor y le importan menos. Pero su momento, dos décadas atrás, tuvieron un enorme impacto en su vida. Por eso pide, a quien quiera y deba escucharlo, que se encuentre la manera de evitarlo. La medicina le responde: en eso están.