Moisés Rodríguez, cardiólogo: «Muchas personas de 40 años se sienten muy jóvenes para preocuparse pero es cuando hay que prevenir»
ENFERMEDADES
El experto explica que el impacto de los hábitos en la salud del corazón es acumulativo, por lo que cuidarse a lo largo de la vida es fundamental
14 ago 2026 . Actualizado a las 17:47 h.Cuidar el corazón es una de las cosas más importantes que podemos hacer para preservar nuestra salud a lo largo de la vida, dado que la patología cardiovascular es, en su conjunto, la principal causa de muerte en todo el mundo, llegando a provocar un 30 % de todos los fallecimientos a nivel global, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero aunque muchas de las conductas preventivas para este órgano son conocidas, la carga de estas patologías continúa siendo elevada. El doctor Moisés Rodríguez, jefe del Servizo de Cardioloxía del Hospital Universitario de Ourense (CHUO), analiza las causas que hacen que sea tan difícil la prevención de la enfermedad cardiovascular y repasa todo lo que debemos tener en cuenta para proteger el corazón, especialmente en verano.
—Este verano ha batido récords de temperatura en toda Europa. ¿Qué ocurre exactamente en el sistema cardiovascular cuando nos exponemos a tanto calor de manera prolongada?
—Cuando hace calor, el organismo tiene que realizar un esfuerzo adicional para mantener estable la temperatura corporal. El responsable de esta adaptación es el sistema cardiovascular. Los vasos sanguíneos de la piel se dilatan para llevar más sangre hacia la superficie y facilitar la pérdida de calor. Al mismo tiempo, aumenta la sudoración y perdemos agua y electrolitos. Como consecuencia, disminuye el volumen de sangre circulante y el corazón tiene que trabajar más para mantener una adecuada circulación. En situaciones de calor intenso, la frecuencia cardíaca puede aumentar de forma considerable y también lo hace el gasto cardíaco. Una persona sana suele compensar estos cambios sin dificultad, pero en personas mayores o con enfermedad cardiovascular ese esfuerzo adicional puede superar su capacidad de adaptación.
—¿Qué deberían tener en cuenta este tipo de pacientes?
—En pacientes con hipertensión, la combinación de vasodilatación, deshidratación y determinados medicamentos puede provocar bajadas excesivas de la presión arterial, mareos o incluso síncopes. En algunos casos, tenemos que ajustar la medicación y adaptarla. A veces, los diuréticos o los betabloqueantes, que bajan la frecuencia cardíaca, en situaciones de calor pueden llegar a interferir y los médicos tenemos que estar prevenidos al respecto. Pero cualquier cambio se tiene que hacer siempre bajo supervisión médica. No se puede ajustar la dosis por cuenta propia o tomarse la mitad de lo que ha prescrito el médico. Una revisión en atención primaria es suficiente para hacer este ajuste de manera adecuada.
—El colesterol sigue siendo uno de los grandes protagonistas de la prevención cardiovascular. ¿Qué sabemos hoy sobre su impacto y el de otros factores como la lipoproteína A? ¿Estamos prestando suficiente atención a estos nuevos marcadores de riesgo?
—En los últimos años ha habido un cambio de paradigma con el colesterol. La principal causa de muerte en muchos países sigue siendo el colesterol, más los factores de riesgo modificables. Tenemos muchísima evidencia de que cuanto más tiempo está el colesterol LDL afectado, mayor es la probabilidad de desarrollar aterosclerosis. Y creo que sí hemos mejorado mucho el diagnóstico y el tratamiento de la dislipemia, pero todavía existen áreas que están infradiagnosticadas y una de ellas es la lipoproteína LPA. Es una partícula muy similar al colesterol LDL, pero que tiene una proteína adicional que le confiere unas propiedades muy aterogénicas e incluso protrombóticas, es decir, que se acumula en la pared del vaso y hace que se formen pequeños coágulos que puedan obstruirlo. Y a diferencia del LDL, tiene una carga genética muy importante, y además apenas cambia con dieta o ejercicio y permanece bastante estable a lo largo de la vida. Entonces, medirla una vez en la vida sería suficiente y es importante hacerlo porque una de cada cinco personas tienen concentraciones elevadas de esta lipoproteína. Actualmente hay ensayos clínicos con algunas moléculas, pero todavía no hay fármacos dirigidos hasta la lipoproteína A.
—La hipertensión es otro problema muy prevalente en la población. ¿Por qué aún hoy muchas personas no saben que la tienen?
—Realmente, no es difícil diagnosticarla. El problema es que las personas que tienen la presión elevada se encuentran bien durante muchos años. De ahí que se la conozca como el asesino silencioso, porque va dañando el corazón, el cerebro, los riñones y los vasos sanguíneos mucho antes de dar síntomas.
—El estrés es otro factor de riesgo cardiovascular ampliamente estudiado. ¿Qué se sabe a día de hoy sobre su impacto en el corazón?
—Existe una opinión generalizada de que el estrés da infartos, pero la realidad científica es más matizada. Cuando el estrés es intenso y crónico, puede afectar al sistema cardiovascular por diferentes mecanismos tanto biológicos como de conducta. Biológicamente, aumenta la frecuencia cardíaca, aumenta la presión arterial, produce la liberación de hormonas como adrenalina y cortisol, e incrementa la inflamación. Pero aparte de estos efectos biológicos, también es cierto que muchas personas que tienen estrés asocian conductas perjudiciales. Hacen menos ejercicio, fuman más, consumen más alcohol, tienen una alimentación menos saludable. A veces vemos el estrés como un factor de riesgo independiente, pero en otras ocasiones tiene más peso todo lo que le rodea al estrés: cómo comemos cundo estamos estresados, cómo dormimos y qué hacemos. Yo les digo a mis pacientes que el estrés no siempre se puede modificar, pero sí que se puede trabajar en esos otros factores para compensar el aumento de riesgo causado por este.
—La población gallega está entre las más envejecidas de Europa. ¿Qué desafíos supone esto en cuanto al cuidado de la salud cardiovascular?
—El envejecimiento poblacional implica que vemos más pacientes con múltiples enfermedades crónicas, con fragilidad y con mayor carga de enfermedades cardiovasculares. Entonces, el reto ya no es solo tratar una enfermedad en concreto, sino atender a personas con necesidades muy complejas. No solamente tenemos que preguntarnos qué enfermedad tiene nuestro paciente, sino también si es autónomo, si ha sufrido caídas, cómo está su estado nutricional, qué capacidad intestinal conserva, la calidad de vida que tiene o si está polimedicado. Hay pacientes mayores que pueden tomar diez o incluso más medicamentos al día. Esto nos obliga a revisar interacción y efectos adversos. Además, en esta población más frágil a veces los diagnósticos son más difíciles porque los síntomas clásicos a veces no aparecen. Por ejemplo, un infarto a lo mejor se manifiesta con cansancio, pero sin dolor torácico. Pero el mensaje es que no es tarde para prevenir.
—Si una persona de 40 años quisiera reducir su riesgo cardiovascular de cara a las siguientes décadas de su vida, ¿qué le recomendaría?
—La mayoría de los infartos se pueden prevenir actuando sobre factores de riesgo modificables. A alguien de 40 años le diría que no espere a tener síntomas. La prevención empieza décadas antes del primer evento cardiovascular y consiste en cinco pilares. Primero, conocer el estado de salud cardiovascular, el colesterol, la presión, la glucosa y el peso. Segundo, no fumar. De hecho, si tuviera que elegir una sola medida preventiva sería dejar de fumar. Tercero, alimentación y ejercicio. No se trata de hacer dieta durante unos meses, sino de mantener unos hábitos sostenibles durante todo el año. Frutas, verduras y actividad física moderada, con ejercicios de fuerza dos días por semana. Después, dormir bien y aprender a gestionar el estrés. Muchas personas de 40 años se sienten muy jóvenes para preocuparse por la hipertensión, por ejemplo, sin embargo, es ahora cuando hay que prevenir. Cuanto antes se controlen esos factores, menor será la exposición acumulada de las arterias y el riesgo de sufrir un evento. El corazón tiene memoria y cuanto más tiempo pasa expuesto, mayor será el riesgo años después.
—¿Qué impacto tiene el ejercicio de fuerza en el corazón? Se tiende a pensar más en el cardio.
—Durante muchos años hablamos exclusivamente de ejercicio aeróbico, pero hoy sabemos que el ejercicio de fuerza es una herramienta de prevención cardiovascular muy importante y las guías más recientes recomiendan combinar ambos tipos de actividad. La fuerza tiene muchos beneficios porque el músculo es muy cardioprotector. Aumentar la masa muscular favorece la gestión de la glucosa y mejora la sensibilidad a la insulina. Esto puede ayudar a controlar y a prevenir la diabetes, que es uno de los principales factores de riesgo. Además, reduce mucho la grasa visceral, la inflamación y mejora el perfil metabólico. No hace falta trabajar grandes pesos, ni ir a gimnasio todos los días, pero trabajar la fuerza con pesas, bandas elásticas o incluso con el propio peso corporal dos o tres veces por semana ya tiene beneficios importantes para el corazón y para la salud en general.