Enrique Moreno, pionero de los trasplantes en España: «Un cirujano no debe tener miedo»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Enrique Moreno, con un ejemplar del último manual publicado, «Trasplantes», durante su presentación en la Ranme.
Enrique Moreno, con un ejemplar del último manual publicado, «Trasplantes», durante su presentación en la Ranme.

Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en 1999, el referente nacional en cirugía hepática y académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina de España, reflexiona sobre los aprendizajes de su carrera

09 sep 2026 . Actualizado a las 19:20 h.

Puede decirse que la voz de Enrique Moreno (Madrid, 1939) es la de la experiencia. No por la cantidad de veces que fue pionero en el trasplante, tampoco por sus reconocimientos. En sus estanterías descansa un Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, entre otros. En la actualidad, debido a una prótesis de rodilla que le implantaron hace tres años, ya no puede ejercer en el quirófano. Así que se limita a la actividad académica. 

Para el académico de número de Cirugía General de la Real Academia Nacional de Medicina de España (Ranme) hay dos claves en su carrera. Primero, el paciente. Y, segundo, el estudio. El catedrático emérito de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y jefe emérito del Servicio de Cirugía General, Aparato Digestivo y Trasplante de Órganos Abdominales, del Hospital 12 de Octubre, en Madrid, reconoce que esta última capacidad es una ilusión buscada: «El estudio es un medio para mantenerse intelectualmente; no es una obligación. Tengo la seguridad de que todos los cirujanos lo hacen». Aunque, si se pone a hablar de ilusiones, no duda en la primera: «La búsqueda de la curación de un paciente». 

—Se licenció en Medicina en 1962, y fue especialista de cirugía en 1967. ¿Ha cambiado mucho la especialidad?

—Tuve la gran suerte de aprobar las oposiciones a médico interno del hospital provincial y, casi al mismo tiempo, de médico residente del Gran Hospital de la Beneficencia General del Estado, hoy Hospital de La Princesa. Esta oposición me permitió participar en un centro completamente especializado, en el departamento en el que trabajaban los cirujanos más expertos del país en cirugía digestiva, neurocirugía, cirugía cardíaca, traumatología, cirugía maxilofacial y de tórax, ya que no existía en ningún otro centro. Al ser médico residente o interno, vivíamos en el hospital durante cinco años, sin descansos ni vacaciones. En ese período era como si nuestra habitación en el departamento o nuestro comedor fueran nuestra casa o domicilio. Esto permitía que el nivel de la cirugía fuera el más elevado del país, teniendo en cuenta que cada especialidad tenía su espacio, un laboratorio, departamento de Radiología y cuidados pre y posoperatorios, de los que los médicos residentes éramos responsables. En la cirugía general hay elementos que nunca cambian como el conocimiento de las bases anatómicas o los límites de la fisiología básica. 

—Usted fue uno de los pioneros en el trasplante hepático. ¿Era un reto cuando se lo planteaba? 

—Yo pienso que en la práctica quirúrgica no hay retos, sino deseos de ser útiles contra la enfermedad y a favor de los enfermos. El trasplante hepático se inició en el Hospital Bellvitge de Barcelona, realizado por dos excelentes cirujanos, el profesor Carlos Margarit y Eduardo Jaurrieta, con muy buen resultado. Nosotros comenzamos nuestra experiencia en el Hospital 12 de Octubre, posteriormente, meses después.

—También realizaron un trasplante hepático a una embarazada. ¿La intervención podía tener más complicaciones derivadas del feto?

—Efectivamente. Nosotros practicamos el primer trasplante en el mundo a una embarazada, con supervivencia de la enferma y del feto. De hecho, en la actualidad viven con el injerto, que sigue funcionando más de treinta años después. La intervención discurrió sin complicaciones, atendiendo a los conceptos anatómicos y fisiológicos, que son la base del trasplante hepático en general. 

—¿En qué momento decide ser cirujano?

—Mi siempre recordado padre y hermano fueron estomatólogos, yo también, pero, como enfatizo con frecuencia, me ganó el grave. Es decir, el paciente complejo y de marcada gravedad me fue aproximando a su enfermedad y a la lucha para conseguir su curación. Sin embargo, también creo que el cariño hacia mi padre y hermano me permitió, con sus enseñanzas, ser un buen estomatólogo. 

—Cuando se metía en el quirófano, ¿usted era de los que reclamaba silencio o era un ambiente más distendido?

—No, nunca he reclamado silencio en el quirófano pero tampoco he utilizado música de ambiente. A mis intervenciones siempre asistían un número singular de cirujanos, pero todos permanecían atentos al acto quirúrgico, sin hacer ningún ruido o comentario.

—¿La cirugía, doctor, tiene una parte humanista? A veces, parece que la relación con el cirujano es más fría. 

—Pienso que aquel que no tenga la formación suficiente que le permita llegar a amar a sus enfermos, es mejor que no se haga cirujano. El cirujano y el enfermo forman una dualidad imposible de separar. En esa relación, el paciente siempre está en primer lugar. 

—Y en ese amor que usted menciona, ¿ha llegado a sentir agonía por alguno?

—El cirujano no siente agonía, pero sí tristeza cuando la evolución del paciente no es la que esperas. El momento más difícil, para mí, es informar a los familiares y luego al enfermo, porque sientes el dolor fraternal que supone la puerta cerrada, imposible de abrir. A veces en nuestro equipo sobrepasamos los límites de tal forma que, al preguntarme qué más podía hacer al salir del quirófano, contestaba, mirando al cielo a través de la ventana: «Señor, es tu turno».

—Cuando abre a un paciente y ve sus tripas, ¿se notan los hábitos de vida? Es decir, ¿podría diferenciar a alguien que se cuida de alguien que no?

—Sí. Las vísceras muestran los cambios producidos por una vida más o menos ordenada. Observarlas es una apreciada forma de diagnóstico, que te permite diferenciar a un fumador de uno que nunca ha fumado, o a una persona que se excedió en la ingesta de alcohol o de grasas. 

—A su hospital le corresponden una amplia mayoría de los trasplantes realizados en España, de los que usted formó parte. ¿Es motivo de orgullo?

—No. Creo que las cifras solo constituyen un elemento de estudio o de control de calidad o actividad. Y para mí este parámetro, el de contar los trasplantes, muestra el cumplimiento de nuestra actividad, lo que favorece al enfermo.

—Leí que su padre falleció en el mismo hospital en el que usted estaba operando, pero decidió terminar primero su intervención. ¿Le puedo preguntar por qué lo hizo? 

—Sí. Cuando trasladaron a mi padre al hospital, me encontraba realizando una derivación esplenorrenal, una intervención vascular compleja. Estaba practicando la anastomosis vascular; recuerdo que me ayudaba el actual catedrático, profesor Carlos Jiménez. Si yo paraba esta intervención, podía causar la muerte del paciente. Así que la finalicé y bajé a la uci sin poder despedirme de él. 

—Fue pionero en la técnica del «split», esto es, dividir el hígado de un donante por la mitad para dos personas. ¿Cómo se le ocurre?

—En realidad, el hígado lo podríamos definir como dos hígados unidos por la línea central, de tal forma que está el derecho y el izquierdo. Así que si seccionamos con cuidado a través de esta línea, obtendremos dos hígados que servirían como injertos para trasplantar a dos receptores, aumentando el número de donantes. Evidentemente es un procedimiento complejo que requiere un conocimiento anatómico muy preciso.

—También es pionero en «cluster», operación que dura quince horas y en la que se cambian todos los órganos al paciente. No parece sencilla... 

—El trasplante multiorgánico, el cluster, no es más complejo por la preparación de los injertos. La mayor dificultad es la extirpación de los restos orgánicos, ya que son pacientes multioperados que carecen frecuentemente de pared abdominal. El paciente multioperado nos obliga a estudiar minuciosamente las intervenciones previas. Una vez se recupera la anatomía perdida, tenemos que hacer la selección técnica que más nos acerque a la fisiología normal.

—Le han llegado a comparar con un dios de la cirugía por las técnicas y resultados obtenidos. ¿Le tiene miedo a la enfermedad?

—Puede decirse que tengo consideración sobre la enfermedad de mis pacientes. Creo que el cirujano no debe tener miedo, sino que tiene que haber adquirido el conocimiento necesario para ser útil. Debe ser responsable; es más, debe llevar una vida suficientemente ordenada porque su actuación puede ser requerida en cualquier momento. Aún así, pienso que el conocimiento de las patologías no debe imponerse a la idea de que en primer lugar está el enfermo. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.