¿Por qué el mal tiempo nos pone de mal humor?: «Provoca cierta oscilación de ánimo, pero la depresión va por otros caminos»
SALUD MENTAL
Si bien el daño en la salud mental no es permanente, las lluvias, los cielos nublados y el frío alteran el estado de ánimo de la mayoría
09 feb 2026 . Actualizado a las 17:59 h.Al mal tiempo, buena cara. Al menos, eso es lo que dice el refranero español. La realidad es bien distinta. Para descubrirla, basta con darse un paseo por una ciudad gallega cualquiera, a una u otra hora, y echar un vistazo a los rostros (muchas veces mojados) de las personas. Es posible que no vea sonrisas. No es para menos. Galicia es, este año, el lugar del mundo en el que más llueve por encima de la media. Ni las selvas tropicales se atrevieron a tanto.
Mientras, los gallegos no han podido dejar el paraguas en casa ni un solo día. El precio lo paga su humor. Es un hecho: el mal tiempo afecta al estado anímico. A la hora de estudiarlo, la psicología ambiental se ha centrado en factores como la luz, las precipitaciones, la humedad o la calidad del aire, entre otros.
La luz y temperatura influyen tanto en el estado fisiológico como psicológico de las personas. A nadie le sorprende que tener abundante luz solar y una temperatura agradable —que no demasiado cálida— favorezca el buen humor; por el contrario, un clima sombrío, frío, con lluvia y humedad provoca tristeza, incomodidad o una baja energía. Una investigación realizada en el 2008 encontró que los participantes registraron niveles más altos de felicidad en días soleados. Los encuestados de otro estudio, en este caso elaborado en Alemania, reportaron una mayor satisfacción con la vida en días con cielos despejados, en comparación con los días que está nublado. Esto puede ser fruto de la combinación de dos razones: una influencia directa en el estado de ánimo y el hecho de que, cuando el tiempo es bueno, la gente hace más actividades al aire libre, lo que contribuye todavía más al bienestar. Con todo, también hay investigaciones que hablan de un efecto más bien neutro del clima, y destacan que su impacto es insignificante en comparación a las preferencias personales, o los estresores ambientales.
Conclusiones similares para el valor del termómetro. Aquí, parece haber una relación no lineal, sino en forma de U. Así, las temperaturas agradables y frescas pueden mejorar el ánimo hasta un punto. Desde luego, el número depende de la persona; pero los estudios sitúan el límite en los 21 grados. A partir de aquí, crece la fatiga, la falta de energía o el estrés. Parece que lo pide el estado anímico es que no haga ni mucho frío ni mucho calor.
La lluvia y la niebla tienden a ser negativas para el ánimo. Un estudio del 2013, con datos españoles, vio que las precipitaciones en enero tenían una correlación negativa con la felicidad, de forma que la lluvia reduce la sensación de bienestar. Incluso el viento importa, según la ciencia, para las mujeres. Que las ráfagas de viento se reduzcan en intensidad ya mejora el ánimo, en ellas, especialmente.
Carmen González Hermo, miembro de la Xunta Goberno del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG) reconoce que es normal que el mal tiempo que arrastra Galicia ponga a uno de mal humor. «No nos hace daño, pero nos altera. Hay días normales que pasan a ser malos solo porque llueve», ejemplifica. Que ni hablar queda de las personas con dificultades en su día a día, como la movilidad reducida, para los que el mal tiempo sí puede limitar su desempeño o autonomía.
«Lo que tiene el mal tiempo es que hay elementos que normalmente cuidan de nuestra salud mental, como el contacto con la naturaleza o actividades de ocio, las cuales no se pueden realizar», destaca la especialista gallega. Estas se trasladan a interiores, «donde el movimiento es más limitado, nos respiramos al aire libre o perdemos la luz natural», detalla.
Josep Vilajoana, coordinador de la División de Psicología de la Salud, del Consejo General de la Psicología (COP), reconoce que, si bien el ánimo puede verse influido por un día o varios grises, cada uno debe buscar las formas de adaptarse. «Es una influencia coyuntural, no perdurable. La adaptación es necesaria, por lo que hay que procurar mantener las actividades sociales, por ejemplo, para compensar», precisa. Vilajoana reconoce que, en las ciudades en las que suele llover con frecuencia, esto resulta más fácil.
Ambos rechazan, por el contrario, que pueda provocar un trastorno depresivo o elevar el riesgo de suicidio. «Provoca cierta oscilación de ánimo», señala Vilajoana. Eso sí, sin entrar en la psicopatología: «La depresión va por otros caminos», aclara.
Trastorno afectivo estacional
Para algunos, el mal tiempo es un verdadero problema. Se estima que entre el 1 y el 10 % de la población padece un trastorno afectivo estacional. Un trastorno caracterizado por episodios depresivos mayores recurrentes en una época concreta del año, el invierno, y la remisión total de los síntomas llegada la primavera. Si bien su etiología no está clara, se piensa que en él influyen factores ambientales, como el clima, los factores sociales y culturales; así como los genéticos. También la personalidad.
Su prevalencia es mayor en la población femenina —se estima que el doble de la masculina— y la edad de aparición media va de los 20 a los 35 años. La incidencia decrece con la edad. Además, es más común encontrarlo en en los países nórdicos, como Finlandia, Dinamarca, Suecia y Noruega.
Aquí, de nuevo, la relación entre el clima, la luz solar y el estado de ánimo se explica por varios mecanismos biológicos que actúan de forma conjunta. La reducción de horas de luz en otoño e invierno altera el ritmo circadiano, el reloj interno que regula el sueño, la vigilia y numerosas funciones cerebrales implicadas en el control emocional. Este desajuste se asocia a una mayor secreción nocturna de melatonina, la hormona que induce el sueño, lo que puede generar un nivel más alto de somnolencia diurna, fatiga y sensación de falta de energía.
Paralelamente, la disminución de la exposición a la luz natural se relaciona con una reducción de la serotonina, un neurotransmisor fundamental para el control del estado de ánimo, la motivación y el apetito. Esta bajada de serotonina explicaría síntomas frecuentes como la irritabilidad, la apatía, la tristeza y el aumento del apetito, especialmente por alimentos ricos en hidratos de carbono. Este cóctel puede hacer que, personas predispuestas, acaben desarrollando un trastorno afectivo estacional.