¿Por qué no hemos llegado a tiempo para proteger a los menores de las pantallas? «Llegamos tarde porque no puede ser de otra manera»
SALUD MENTAL
La exposición de grupos vulnerables a las pantallas y sus posibles riesgos responde a un patrón histórico y recurrente en crisis de salud
29 mar 2026 . Actualizado a las 14:12 h.Les llamaron «nativos digitales» y el término encantó. Lo tenían todo para triunfar solo por haber nacido con un teclado bajo el brazo. Ellos sí llegarían preparados para exprimir las posibilidades del mundo online —o «aldea global», un término del que también se abusó—. Una generación a la que envidiar legítimamente por su futuro lleno de oportunidades, inalcanzables por los caducos excedentes de la fuerza de trabajo preinternet.
Era la primera década de los dos mil. ¿De qué manera y en solo veinte años esos nativos digitales pasaron de niños de oro a daños colaterales, a víctimas, casi enfermos de un ecosistema de pantallas? Desde Estados Unidos llegó esta semana la sentencia de un tribunal de California que, en un veredicto pionero, condenó a Meta —matriz de Facebook e Instagram— y YouTube —propiedad de Google— por generar menores adictos a sus contenidos. Un megaproceso, seguramente el primero de muchos, al que no le faltó de nada. Incluidas las protestas de padres y madres sin hijos —devorados por el algoritmo— esperando la entrada de Mark Zuckerberg a declarar. Una reinterpretación de las madres contra la droga de los ochenta. Esta vez, contra los datos. El papel de narcos lo juegan los genios de Sillicon Valley. Cada vez menos niños prodigio en el relato, cada vez más oligarcas despiadados.
Hasta cierto punto, la cronología de los hechos no debería sorprender. «Es cierto que aparece una sensación incómoda y persistente: la de llegar tarde», reconoce Cristian Saborido, director del Departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). ¿Tarde para quién? «Tarde para quienes hoy ya son adolescentes o jóvenes adultos y han crecido con un móvil en la mano desde los nueve, diez o doce años. Tarde también para muchas familias que tomaron decisiones en un contexto de normalización tecnológica, sin advertencias claras ni orientaciones públicas consistentes. Y tarde, quizá, para una generación entera que ha atravesado su infancia y adolescencia en entornos digitales cuya evaluación científica apenas está comenzando». expone el catedrático. Y esta desfase de tiempos entre la tecnología, la ciencia y la legislación es tan fundamental como inevitable: «Siempre llegamos tarde porque no puede ser de otra manera».
Un patrón que se repite
Durante buena parte del siglo XX, fumar fue una práctica no solo socialmente aceptada, sino promovida. «Era un signo de modernidad o bienestar, con el respaldo explícito de campañas publicitarias y, en ocasiones, de profesionales sanitarios. El consumo se generalizó mucho antes de que existieran pruebas científicas sólidas sobre su relación con el cáncer de pulmón y otras enfermedades graves», recuerda Saborido. No fue hasta la década de los cincuenta cuando aparecieron las primeras evidencias epidemiológicas robustas de que el tabaco mataba. «Para entonces, millones de personas ya habían estado expuestas durante décadas. Aunque hoy el desenlace nos parece evidente, durante mucho tiempo no lo fue. La sensación retrospectiva de “cómo no se vio venir” es engañosa: simplemente, no se podía saber aún con la certeza necesaria», analiza el especialista.
Es fácil encontrar similitudes entre el tabaco o cualquier otra sustancia y las pantallas, pero equiparar casos sería simplificar la encrucijada actual. Ni Instagram, ni TikTok, ni ninguna otra aplicación son sustancias con potencial adictivo demostrado. Facebook no es un derivado del opio. «Esto se parece más a la aparición de la electricidad que al bum de drogas como la heroína», matiza el filósofo especializado en salud: «Las redes sociales y las pantallas digitales reproducen este patrón histórico, pero introducen una diferencia crucial: no son un objeto ni una práctica puntual, sino un entorno completo de socialización». Además, el mundo de la psiquiatría no patologiza el uso del smartphone ni mucho menos lo considera una adicción. Solo el Trastorno por Juego en Internet (Internet Gaming Disorder) aparece en el DSM y no hay pistas de que ningún otro vaya a ser incluido en la próxima edición del manual psiquiátrico, ya en el horno. «No hemos llegado a ese nivel de detalle. Actualmente, estamos estudiando el modelo conceptual», aclaró a La Voz María Oquendo, la coordinadora del documento.
Y aunque la ciencia no ha podido demostrar este efecto sobre la biología humana, la justicia sí se ha pronunciado y ha sido categórica. El péndulo legislativo parece oscilar hacia la prohibición, a limitar el acceso a las pantallas a los menores. Australia e Indonesia ya lo han hecho, Austria anunció este viernes que los menores de 14 años también serán privados de ellas y Pedro Sánchez dejó claro que la intención de España era seguir esa estela. Ante esto, surgen varias dudas cruciales. ¿Tiene sentido prohibir sin colchón científico que aporte certezas?, ¿funcionará o generará un efecto rebote con consecuencias peores?, ¿en qué lugar queda esa generación que ya ha sido expuesta?
El psiquiatra José Luis Marín es escéptico. «Yo, que he vivido una parte importante de mi vida con Franco, no creo que prohibir sea el camino para casi nada. Y en este caso concreto, no lo será de ninguna manera. ¿Les hemos echado nosotros en manos de las pantallas y ahora les decimos que es malísimo?», reflexiona Marín que duda sobre la firmeza del terreno de cara a los próximos pasos. «Lo vamos a prohibir, vale. ¿Y la prohibición qué va a crear? En todo caso, buscar la necesidad de satisfacción de otra manera. La cuestión es cómo hemos llegado hasta aquí, ¿cómo es posible que hayamos permitido estos cambios en el estilo de crianza?, ¿cómo es posible que el sistema social dominante haya permitido que los padres no puedan hacerse cargo de la educación de sus hijos y que la hayamos delegado en Instagram, Facebook o la pornografía», lamenta el especialista en salud mental.
Víctimas de tres mundos a distintas velocidades
«Prohibido prohibir» fue la traducción a la española de la pintada que durante Mayo del 68 alguien escribió en una escuela de la calle Ulm de París. «Si está, en general, prohibido prohibir, esa misma prohibición de prohibir está prohibida, y así al infinito», reflexionaba el jurista y filósofo español Lorenzo Peña en La Paradoja de la prohibición de prohibir y el sueño libertario de 1968. Sesenta años después de aquello, resulta imposible mirar hacia otro lado. La tecnología coloniza cada vez más parcelas de la vida de la población. Y lo hace a un ritmo frenético. Cualquier posible medida para contener sus efectos se sustentará sobre tres pilares con tiempos muy distintos. «Cuando una innovación tecnológica se integra de forma masiva en la vida social, suele seguirse una secuencia reconocible. La sociedad experimenta primero, la ciencia explica después y la política reacciona cuando el daño ya es visible», explica el profesor Historia y Filosofía de la Ciencia de la UNED Cristian Saborido. «Las tecnologías se incorporan rápidamente a los hogares, a la escuela, al ocio y a las relaciones personales. No hay fases de ensayo ni decisiones colectivas deliberadas. La adopción se produce por acumulación de prácticas individuales, presión social y promesas de mejora. En este proceso suelen quedar incluidas desde el inicio poblaciones vulnerables, como la infancia», identifica.


La ciencia, recalca Saborido, llega más tarde. «Los efectos no son inmediatamente visibles. Requieren tiempo, datos longitudinales, comparación entre cohortes y categorías diagnósticas relativamente estables», detalla. Una tarea todavía más difícil en el ámbito tecnológico por la actualización constante de las propias plataformas, algoritmos y sus usos. Básicamente, cuando la ciencia se acerca a una conclusión, ya pasó de moda.
Y luego está la política, el legislativo, habitando un terreno intermedio, incómodo y urgente. «En ausencia de evidencia concluyente, tiende a oscilar entre dos extremos: la inacción prudente, el “no prohibimos sin pruebas”, y la reacción brusca cuando el problema se vuelve políticamente ineludible, el ‘‘algo tenemos que hacer''. Se trata de una tensión clásica en la gobernanza tecnocientífica: la que enfrenta la lógica de la evidencia con el llamado principio de precaución, que propone actuar ante riesgos plausibles pese a que la evidencia es incompleta, priorizando la protección de poblaciones vulnerables. Pero esto no elimina el desfase estructural, solo lo reconfigura. Actuar demasiado pronto puede implicar sobrerregulación, paternalismo o bloqueo de innovaciones potencialmente valiosas; actuar demasiado tarde, como muestra la historia, expone a generaciones enteras a riesgos no evaluados», razona Saborido.
Saber expresar qué pasa
Parece que algo pasa, pero no sabemos muy bien por dónde van los tiros. Así se podría resumir el sentir de una parte importante de la población respecto al impacto del móvil en la salud mental. Es precisamente esta incapacidad para expresar el problema, el primer reto a resolver para evitar que, como ya ocurrió con el tabaco, el amianto, las intoxicaciones infantiles por plomo y, según un jurado de Los Ángeles, también con las pantallas, se vuelva a llegar tarde. «Quizá el reto principal consista en dotarnos de un lenguaje común, interdisciplinar y normativamente robusto, que permita reconocer esta situación sin reducirla a un problema técnico ni a una alarma moral. Un lenguaje que haga posible pensar la regulación no solo como prohibición, sino como una forma de cuidado intergeneracional; no solo como reacción tardía, sino como aprendizaje institucional. Solo desde ahí será posible transformar el “llegar tarde” en una condición asumida críticamente, y no en una coartada para repetir el mismo patrón en la próxima innovación».
Una red social pública como alternativa para socializar en caso de retirada brusca
En la página web de la clínica que Rosalía Campos dirige en Vigo permanece colgada una reflexión sobre la conveniencia o no de establecer prohibiciones a los menores escrita siete años antes de que las pantallas fuesen elevadas a motivo de debate nacional. En ella se explica un fenómeno psicológico conocido como reactancia. «Se trata de la explosión que se experimenta, con un nivel de rabia muy elevado, cuando has tenido a tu disposición algo y de repente, sin motivo aparente, te lo retiran».
Años después, y con la duda de qué hacer con los jóvenes y su vida online sobre la mesa, la especialista ofrece su visión actualizada a La Voz. Opina que el éxito de la prohibición estará atravesado por una fractura generacional. En aquellos que todavía no han sido expuestos a los algoritmos, «va a funcionar mucho mejor, porque lo hará desde la prevención». Y luego están, de nuevo, todos aquellos que ya hicieron uso o abuso de las redes sociales, que serán apartados de ellas «de forma drástica, sin motivo aparente o, como mínimo, sin una explicación adecuada», valora la directora de la clínica Adamia. Anticipa Campos que no sería extraño que de ahí surgan «reacciones de mucha ansiedad, de rebote o de explosión psicológica».
Limitar el acceso de las poblaciones especialmente vulnerables a los dispositivos no es un capricho adulto. Se podría discutir a quién afecta más o menos esta medida, pero nadie gana: ni jóvenes, ni adultos. Ahora bien, cabe el examen de conciencia: ¿se ha tenido lo suficientemente en cuenta la opinión de los menores?, ¿es proporcional cerrarles el ecosistema desde el que han forjado su universo de relaciones sin ofrecerles ninguna alternativa?, ¿son los adultos un buen ejemplo?, ¿un modelo en el que mirarse?
«Queremos salud mental, pero las pantallas y el acceso a ellas es un problema de salud social. No puede haber salud mental si no hay salud social. El cerebro necesita relacionarse. Nos construimos desde la relación con los demás, está más que demostrado. Y si no se nos puede dar desde unas figuras de apego principales, porque están trabajando hasta las tantas para poder pagar una hipoteca enloquecedora, lo harán las pantallas. ¿Ahora qué hacemos? Les quitamos las pantallas, ¿pero les devolvemos a los padres?», cuestiona el psiquiatra José Luis Marín, que permanece un par de segundos en silencio antes de apostillar: «Esa sería una buena solución».
Un algoritmo público
En el terreno de las propuestas, el filósofo experto en salud Cristian Saborido se fija en lo que sucedió con la regulación de los horarios de televisión buscando proteger a los menores. «Los horarios protegidos o los límites a la publicidad infantil aparecieron cuando la televisión ya era una infraestructura cultural básica. De nuevo, la experiencia precedió a la comprensión, y la regulación reaccionó cuando el entorno ya estaba consolidado».
Pero las pantallas son un reto aún mayor. Siempre disponibles, siempre en nuestros bolsillos y con contenidos hechos a medida con el like o el engagement como sastre. «Sí reproducen patrones históricos, pero las redes sociales introducen una diferencia crucial: no son un objeto ni una práctica puntual, sino un entorno completo de socialización. Están presentes de forma constante, median procesos centrales de identidad, reconocimiento y pertenencia, estructuran las relaciones entre iguales y están diseñadas para maximizar la captación y retención de la atención. A esto se suma un elemento decisivo: gran parte de los datos necesarios para estudiar sus efectos están en manos privadas, lo que limita la investigación independiente y la transparencia», apunta Saborido.
Y a partir de aquí, la psicóloga introduce un nuevo prisma partiendo de una premisa básica: «Lo que no se explica, no se entiende». ¿Cómo convencer de que la medida es conveniente? «Ahora mismo, la perspectiva es que se van a quitar y punto. Esto no se puede hacer así, y menos en la adolescencia. Para mí es el aspecto más importante, que exista una explicación, una sensibilización y, quizás, también dar algo a cambio. Ahora mismo los chavales se comunican a través de redes. Ante esa retirada súbita de su vida social, tendrán que tener alguna alternativa. Una aplicación o una red social del Ministerio de Educación sería una idea buenísima. Existe una tele pública, una radio pública, ¿por qué no un algoritmo público?».