Cuando los trastornos psiquiátricos se utilizaban para controlar a las mujeres: «Lo que buscaban era que no tuvieran voluntad»
SALUD MENTAL
Hasta hace menos de un siglo bastaba la decisión de un padre o un marido para ingresar a una mujer en un centro psiquiátrico
05 may 2026 . Actualizado a las 15:41 h.A lo largo de la historia, el tratamiento de la salud mental de las mujeres ha sido objeto de debate. Aunque no siempre haya existido este lenguaje para referirse a la patología mental, la conceptualización de la locura ha estado presente a lo largo de los siglos. Como señala Marisol Donis, esta etiqueta se ha utilizado como instrumento de control de aquellas mujeres que han desafiado normas sociales, familiares y culturales de su tiempo. Criminóloga y farmacéutica de formación, Donis se dedica al oficio de la escritura, con más de una docena de libros publicados sobre estos temas. Su obra más reciente, Mujeres grises sobre fondo negro. Herramientas de control social para silenciar a las mujeres (Alrevés, 2026), aborda la realidad incómoda e invisibilizada de cómo los manicomios han funcionado como espacios de control social, destinados a neutralizar a mujeres independientes, críticas, creativas o simplemente distintas: en una palabra, «locas».
Su investigación parte de una intuición inquietante que se confirma a medida que avanza en archivos, testimonios y casos reales: «había montones de mujeres en manicomios sin estar locas». Así reconstruye Donis la genealogía de una institución que no nació para proteger el bienestar de estas pacientes. Entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX, el ingreso psiquiátrico se convirtió en un mecanismo de control social profundamente marcado por las jerarquías de género. Tal como explica la autora a La Voz de la Salud, «las ingresaban sin motivo ninguno», muchas veces por decisión directa del padre o del marido. Bastaba con una firma médica para justificar el encierro.
Mujeres incómodas
Las razones para ingresar a una mujer eran, desde la perspectiva actual, tan arbitrarias como reveladoras. «Lo hacían por quitárselas de encima», resume Donis. La autora subraya el carácter estructural de una violencia ante la que las pacientes no tenían prácticamente ningún recurso. «No había ninguna regulación ni nadie a quien hubiera que rendir cuentas de por qué unos padres ingresaban a una hija», señala.
En el libro, la experta enumera motivos de intervención que hoy resultan casi absurdos, desde «ser caprichosa, rara y difícil de guiar» o «leer novelas de autores no recomendados para mujeres», hasta «transgredir los roles de género establecidos». Incluso acciones cotidianas como «tener ataques de risa prolongados» o «beber o fumar de forma ocasional» podían justificar un ingreso, si así lo acreditaba un facultativo.
Hacia finales del siglo XIX, diagnósticos como la histeria —cuya raíz etimológica es el vocablo griego hystéra, que significa útero—, la locura mística, insania moral o incluso «locura lúcida orgullosa», empleado para designar a mujeres que se rebelaban contra su rol social, funcionaron como cajones de sastre para controlar a la población femenina. Como recoge el libro, muchas fueron ingresadas simplemente por «elegir un novio que no gustase a la familia» o por mostrar «un insano deseo de ser libre e independiente».
Anular la voluntad
Una vez dentro, las pacientes quedaban aisladas de sus familias, bajo el control de una institución que las sometía a tratos más cercanos al castigo que a la terapia. «Lo que buscaban era que no tuvieran voluntad», afirma Donis. Nada más llegar, se las hacía pasar por duchas heladas «porque creían que eso eliminaba los pensamientos independientes». La administración de bromuros o barbitúricos era otra práctica habitual que dejaba a las pacientes en un estado de sumisión. En instituciones como la Salpêtrière de París, las pacientes eran incluso exhibidas como espectáculo. «Organizaban demostraciones clínicas abiertas al público», explica la experta.
El libro enfatiza la crudeza inhumana de muchas de estas prácticas. «Las emociones reprimidas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen a la luz de la peor manera», se cita al inicio, en una frase atribuida a Freud que resume el trasfondo de muchas de estas historias.
Las hijas de los eruditos
La instrumentalización de la salud mental como método para controlar a las mujeres no se limitó a contextos socioeconómicos específicos. Donis reconoce su sorpresa al descubrir casos en algunas de las familias más cultas de Europa. Incluso mujeres que habían recibido educación, que hablaban varios idiomas o dominaban disciplinas artísticas podían acabar siendo ingresadas por desviarse de lo esperado.
El caso de Lucia Joyce es paradigmático en este sentido. Hija del reconocido escritor irlandés James Joyce, fue una mujer brillante y apasionada por la música y la danza. También hablaba varios idiomas. «Se preparó en París para triunfar, recibía clases de baile de Raymond Duncan, hermano de Isadora Duncan, y recorría Europa con una compañía de danza moderna», describe Donis en el libro. Sin embargo, su vida acabó marcada por un cuadro maníaco depresivo. Su relación tumultuosa con el escritor Samuel Beckett no ayudaba. Finalmente, fue ingresada en un centro psiquiátrico en Francia a instancias de su madre. «Comenzaron con las famosas curas de sueño, un sueño que debía durar entre cinco y nueve días, durante los cuales se duerme día y noche, no puede despertarse, comer o beber, y debe ser asistida para alimentarla. El tratamiento es a base de barbitúricos», explica Donis. Tras años de estancias en este tipo de centros, murió en 1982 en el Hospital de Northampton.
Otro caso es el de Adèle Hugo, la hija menor del poeta Victor Hugo. Tras la muerte de su hermana por un ahogamiento, Adèle entró en una depresión profunda a sus trece años. Este fue el primero de una serie de acontecimientos que deterioraron su salud mental en los años siguientes. Migró de Francia a Canadá por amor, pero el hombre con el que iba a casarse cambió de opinión y la abandonó. Finalmente, regresó a Francia, donde su padre la ingresó en una institución de salud mental para mujeres. «Le diagnosticaron erotomanía, un trastorno delirante en el que los delirios consisten en creer que otra persona está enamorada de ella», explica Donis.
Gallegas rebeldes
En Galicia, la realidad de las mujeres ingresadas tuvo características propias. El antiguo centro psiquiátrico de Conxo, inaugurado en 1885, simboliza uno de los primeros intentos de institucionalizar la gestión de la salud mental. Antes, muchas personas consideradas «locas» vagaban por las calles en condiciones de extrema pobreza. «Eran simplemente las condiciones de vida que tenían», explica Donis. Sin recursos ni apoyo familiar, estas personas eran estigmatizadas y finalmente ingresadas. Incluso existía el llamado «tren de los locos», que trasladaba pacientes gallegos a otros centros, en condiciones deplorables.
Una vez inaugurado el centro, la situación cambió, pero no para todos en la misma medida. «Las condiciones de estancia no eran iguales para todos los ingresados. La calidad de atención dependía de las aportaciones. En primera clase tenían derecho a habitación independiente, espaciosa, soleada, desayuno y comida. Las clases inferiores se ubicaban en dormitorios comunes. Por debajo, estaban las acogidas, que dependían de la Beneficencia. La clase alta utilizaba estos establecimientos como lugar de reposo en circunstancias comprometidas socialmente: mujeres solteras embarazadas, alcohólicos que ingresaban con su propio sirviente y atención médica privada», explica Donis. Entre las mujeres allí ingresadas, «los diagnósticos más destacados eran la locura puerperal, la locura mística y la melancolía crónica con tendencia a la demencia».
Son numerosos los casos de mujeres disidentes en el seno de la sociedad gallega. Donis recoge la conocida historia de Las Dos Marías, o Las dos en punto, Maruxa y Coralia Fandiño. Hijas de una familia anarquista perseguida por el franquismo, paseaban por Santiago de Compostela vestidas y maquilladas de manera extravagante. Fueron sujetas a maltratos al estallar la Guerra Civil. «Fueron ultrajadas y les raparon el pelo. Rojas, putas, solteronas y locas eran los ''piropos'' que un pequeño número de personas les decía por la calle. Las dos, cogidas del brazo, famélicas y mirando al frente, como si no fuera con ellas, paseaban por la Alameda», describe Donis.
«A pesar de ser tildadas de locas por sus extravagancias, no llegaron a pisar ningún manicomio porque a ningún familiar, vecino o médico de Santiago de Compostela se le ocurrió solicitar su ingreso. Nadie les cortó las alas», escribe la autora. Así, aunque permanecían en los márgenes, fueron aceptadas y protegidas por la comunidad. Recibían donaciones y sus vecinos incluso pagaron la reparación del tejado de su vivienda. «El pueblo las protegió», señala la autora.