Ingrid Clayton, psicóloga: «Cuando dejamos de ser complacientes puede haber un efecto de péndulo»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Ingrid Clayton es psicóloga.
Ingrid Clayton es psicóloga.

La experta explica cómo romper con el ciclo de ser complacientes con los demás en el que se encuentran muchas personas que han sufrido traumas

13 ago 2026 . Actualizado a las 17:47 h.

El trauma no siempre se manifiesta de las mismas maneras. Mientras que algunos reaccionan con ataques de pánico o manifiestan síntomas de depresión, otros, simplemente, se vuelven complacientes. Esta es una respuesta extremadamente común, señala la doctora en Psicología Ingrid Clayton, pero es incomprendida. A menudo se la confunde con codependencia o simplemente con intentar ser buena persona. Pero esta conducta está detrás de mucho malestar, ya que lleva a las personas a permanecer en ambientes laborales tóxicos, relaciones que les hacen daño o entornos disfuncionales. La experta acaba de publicar la versión en castellano de su libro Complacer (Diana, 2026), donde aborda los problemas que trae esta manera de relacionarse y aporta claves para superarla.

—¿Cómo podemos identificar la complacencia y diferenciarla de la simple bondad o el querer llevarse bien con los demás?

—La complacencia es una respuesta ante el trauma relacional, como lo son los reflejos de huida, de confrontación o de parálisis. Son maneras de actuar de tu cuerpo cuando percibe amenazas. Suelo decir que la complacencia es una respuesta invisible o que permanece oculta a simple vista, porque al contrario de lo que ocurre con las otras tres, en las que nos resistimos a algo a lo que le tenemos miedo, la complacencia nos lleva precisamente a involucrarnos aun más en aquellas relaciones que nos están haciendo daño. Se puede traducir en conductas de cuidado hacia los demás, o incluso de flirteo o halagos. Se presenta de diferentes manera, según las relaciones en las que aparezca. Es algo frecuente cuando hemos sufrido trauma en la edad infantil, ya que para los niños, huir o defenderse físicamente pueden ser recursos que no están disponibles o que empeoran todavía más su situación. Así que muchos crecemos aprendiendo que resistirnos al maltrato tiene consecuencias negativas y nos volvemos complacientes para protegernos. Esta es una respuesta que surge al sufrir estas amenazas día tras día, por ejemplo, en la relación con los padres.

—¿Cómo podemos diferenciar una respuesta de complacencia de una decisión autónoma?

—A menudo, quienes han experimentado un trauma relacional complejo viven con una sensación constante de que están bajo amenaza, por eso la complacencia se convierte en una respuesta continua. La realidad es que la mayoría de nosotros no nos damos cuenta de cuando lo hacemos, pero sí que podemos identificar ciertos patrones echando la vista atrás. Muchos de mis pacientes tienen un largo historial de relaciones disfuncionales o no recíprocas, en las que eran ellos los que se esforzaban constantemente por mantener el vínculo, o bien sentían resentimiento porque veían que los demás no hacían el mismo esfuerzo por ellos. Podemos preguntarnos qué pasaría si dejásemos de hacer ese esfuerzo, si soltáramos esos cuidados. Si sentimos que no pasaría nada, que todo seguiría probablemente igual, entonces esta conducta es una decisión y estamos eligiéndola. Pero alguien que actúa así debido al trauma probablemente no sienta que puede dejar de esforzarse. Se sentirían inseguros, egoístas, no les saldría de forma natural soltar ese esfuerzo. Esa es la razón por la que se sienten como si estuvieran en un callejón sin salida.

—¿Por qué las personas siguen perpetuando esta conducta si les hace daño?

—Es importante entender que existe un refuerzo o un incentivo para seguir siendo complaciente. Muchos de mis pacientes me dicen de su relación de pareja, por ejemplo: «Cuando estamos bien, estamos realmente muy bien». Entonces, cuando no están bien, su cuerpo y su sistema nervioso se mantienen a la espera de que esa recompensa o ese bienestar vuelva a aparecer. La complacencia se puede convertir en una manera de superar esas etapas de conflicto que hay entre los períodos en los que la relación está «bien», e incluso la persona puede sentir que esa complacencia le da la capacidad de mejorar las cosas, de recordarle al otro por qué le quiere. Pero tenemos que entender que este es un círculo vicioso típico de las relaciones traumáticas. Es una esperanza tóxica que se parece mucho al mecanismo del ludópata: ¿qué pasa cuando pierdes? Pues no te retiras, sino que vuelves a apostar, hasta que te quedas sin dinero. Una señal importante de que estamos en ese ciclo es la dificultad para decir que no o para poner límites saludables. Otra señal es sentir un resentimiento constante hacia los demás por no esforzarse en la misma medida que uno.

—¿Cómo se puede romper este ciclo?

—Sanar un trauma complejo en personas que son complacientes de manera crónica pasa por construir una autonomía y una seguridad en sí mismas, tal vez por primera vez en su vida en muchos casos. El trauma complejo es diferente del que es puntual agudo, como el que podemos sufrir si tenemos un accidente, en el que existe una sensación de antes y después y, por tanto, hay un estado basal al que queremos volver. En el trauma complejo, especialmente el que ha sido adquirido o desarrollado durante la infancia o a lo largo de muchos años, no existe esa percepción de posibilidad de volver a un estado normal de salud mental en el que podríamos alcanzar el bienestar. Para muchos, se trata de reconectar por primera vez con ese niño interno, con esa versión de ellos mismos, de manera que puedan discernir cuando están realmente en peligro y cuándo simplemente están incómodos. En una persona complaciente crónica, esta capacidad de diferenciar esas dos situaciones no existe. Siempre está yendo diez pasos adelante para protegerse ya no de amenazas reales, sino potenciales.

—¿Cómo podemos dejar de ser complacientes?

—Hacerlo consciente es el primer paso. Nos permite cuestionar la culpa o el lenguaje patologizante de pensar que simplemente somos codependientes. Reconocer que no estamos rotos, que nuestro cuerpo simplemente se ha adaptado a un entorno disfuncional, haciendo lo que era necesario para protegernos, que es lo que está programado para hacer. Se trata de intentar salir de la zona de confort, pero hacerlo desde la curiosidad, de manera experimental, en dosis pequeñas e incrementales que podamos manejar para ir asimilando que no pasa nada malo cuando ponemos límites o dejamos de complacer. Cuando no nos abandonamos. Y muchas veces hay que hacer un duelo por todo lo que hemos perdido.

—¿Es frecuente que una persona pase de ser complaciente a ser fría o agresiva en este camino?

—Sí. Es algo que ocurre porque dejar de complacer es confuso para el cuerpo, sobre todo al principio. Puede haber un efecto de péndulo. Pero tenemos que aprender a detectar las relaciones y los entornos que nos hacen sentir seguros. Son espacios en los que no tenemos que ser perfectos todo el rato.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.