¿Se debe poner límites a los abuelos en la crianza de los nietos? «No significa cuestionar su experiencia»
LA TRIBU
La educación de los más pequeños de la casa puede generar conflictos en la familia, por eso, los expertos recomiendan establecer las prioridades a la hora de pedir cambios
18 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El papel de los abuelos en la crianza de los nietos resulta fundamental. Son muchas las familias cuya conciliación depende de ellos. En España, el 85 % de ellos participan en el cuidado de los pequeños de la casa en algún momento, casi la mitad (el 46,7 %) lo hace de forma habitual y el 28,6 % realiza esta labor diariamente mientras sus hijos trabajan. Estas son las conclusiones de un estudio realizado por la organización Aldeas Infantiles SOS. Y en verano, esta situación se hace todavía más notable. Los niños están de vacaciones y, cuando la edad aún no es suficiente para poder quedarse solos en casa, el cuidado pasa, en muchas ocasiones, a otros familiares: hermanos mayores, tíos y, sobre todo, abuelos.
En esta situación, algunos progenitores pueden sentir que sus padres no respetan la forma que tienen de educar a sus hijos. ¿La conciliación debe ser un cheque en blanco para que los abuelos críen según sus convicciones o deben los padres poner límites? María Jesús Nieto, psicóloga sanitaria con más de treinta años de experiencia, considera que los límites son necesarios. Eso sí, entendiendo el contexto: «La responsabilidad principal de la crianza y de las decisiones educativas corresponde a los padres. Ahora bien, poner un límite no significa desplazar a los abuelos ni cuestionar su experiencia, sino aclarar el papel de cada generación», señala la psicoterapeuta familiar y supervisora docente de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (Featf).
La psicopedagoga destaca que establecer las prioridades no rompe la relación, sino que la ordena y protege el lugar de cada miembro de la familia. Con todo, la forma de hacerlo depende de muchos factores. No es lo mismo que los abuelos vean a sus nietos de manera ocasional que que los cuiden todos los días. «Cuanto mayor es su implicación, más necesario es hablar y negociar las normas, en lugar de limitarse a dar instrucciones», ejemplifica.
También conviene distinguir entre qué significa permitir una excepción de una desautorización. Es decir, si un abuelo ofrece un postre especial o deja acostarse más tarde un día puede ser una forma de afianzar la relación. «El problema aparece cuando contradice sistemáticamente a los padres, especialmente delante del niño, o cuestiona normas relacionadas con la salud, la seguridad o la educación», precisa la psicóloga, quien reconoce que, con frecuencia, se encuentra con este problema en consulta.
Así, en muchas ocasiones, el enfrentamiento visible es una discusión sobre el uso de pantallas o la alimentación, pero por debajo existe una tirantez más profunda. «Por ejemplo, un padre o una madre puede sentir que sus propios padres continúan tratándolo como si fuera un niño y no reconocen su capacidad para decidir. Los abuelos, por su parte, pueden sentir que su experiencia no se valora o que solo se cuenta con ellos para cuidar, pero no para ser escuchados», detalla la psicopedagoga. La llegada de un bebé a la familia no solo tensa la relación de pareja, también puede afectar a la familia en general, ya que obliga a reorganizarse.
La terapeuta indica que se cambian los papeles, las expectativas y hasta la autoridad. En ocasiones, incluso, puede hacer que se vuelvan a salir problemas enterrados, como los conflictos antiguos, la dependencia emocional, o las rivalidades con la familia política. «Otro problema frecuente es que uno de los miembros de la pareja se alíe con sus propios padres frente al otro: “Como mi madre nos ayuda, no puedes decirle nada”. En ese momento el conflicto ya no es únicamente entre padres y abuelos, sino que comienza a afectar a la pareja», destaca la psicóloga.
Si bien los límites son necesarios, no siempre es sencillo establecerlos. A veces, los padres necesitan a los abuelos para conciliar y se crea una dependencia real de ayuda. «Los padres pueden sentir que, como necesitan a los abuelos, no tienen derecho a pedir que se respeten determinadas normas. Y los abuelos pueden pensar que, como están prestando una ayuda fundamental, tienen derecho a decidir por completo cómo se hacen las cosas», reconoce la especialista. Llegados a este punto, la mejor opción es acordar las prioridades.
Para la terapeuta, querer controlar todo lo que sucede en la casa de los abuelos no es realista, sino que conviene seleccionar dos o tres normas verdaderamente importantes y ser más flexibles en el resto: «Una alergia, una medicación, la seguridad, el uso de pantallas o no desautorizar a los padres delante del niño», ejemplifica la especialista en terapia familiar, que propone una forma de comunicar esta posición: «Se puede decir: “Sabemos que vuestra ayuda es fundamental y os lo agradecemos de verdad, pero para nosotros es importante que no utilice el móvil durante la comida. En otras cosas entendemos que en vuestra casa podéis organizaros de otra manera”».
Los abuelos tienen que poder decidir
Eso sí, la negociación también viene de vuelta. Los abuelos pueden exigir saber cuántas horas van a tener que estar cuidando al niño, qué tareas asumir o establecer los límites que ellos necesitan para su salud, descanso y hacer su vida. De hecho, esta última situación es, según la experta, la otra cara de la moneda con la que se encuentra. «En algunas familias se da por hecho que los abuelos deben estar disponibles porque están jubilados o porque “para eso está la familia”. Sin embargo, ser abuelo no convierte automáticamente a una persona en cuidadora permanente», recuerda. Así, pueden querer mucho a sus nietos y disfrutar con ellos, pero no querer cuidarlos cada tarde, renunciar a sus proyectos o asumir una responsabilidad que les produce agotamiento. Por ejemplo, un abuelo puede poner el límite de solo ir a recoger al niño dos días a la semana. Esto no significa que quiera menos a su nieto. «El cuidado puede ser muy gratificante y reforzar el vínculo, pero puede convertirse en una fuente de malestar cuando se vive como una obligación, no existe posibilidad de negarse o la intensidad supera las capacidades del adulto», destaca la especialista.
«El niño no puede ser un mensajero entre adultos»
A su vez, los progenitores pueden poner límites y los abuelos no respetarlos. Si sucede, María Jesús Nieto recomienda hablarlo en un momento tranquilo, en privado y sin la presencia de los niños. También centrarse en una conducta concreta y en su explicación, lejos de utilizar reproches generales. «En vez de decir: “Siempre haces lo que te da la gana”, es más útil decir: “Cuando nosotros le decimos que no puede utilizar la consola y tú se la permites, recibe mensajes contradictorios y aprende a acudir a ti para evitar nuestra norma”».
Ahora bien, si los límites se siguen transgrediendo, tiene que haber una consecuencia. Esta puede ser cambiar la rutina, reorganizar el cuidado o reducir temporalmente las situaciones del conflicto. «No se trata de castigar a los abuelos ni de romper el vínculo, sino de proteger la autoridad parental y la estabilidad del niño». Para conseguir esto último, la psicopedagoga también recomienda no poner al pequeño en medio: «No hay que utilizarlo como mensajero, pedirle que guarde secretos ni hacerle elegir quién tiene razón». El menor necesita querer a sus padres y a sus abuelos sin estar atrapado en un conflicto de lealtades.
Si bien este problema puede hacerse bola para los adultos, las diferencias de normas entre la casa de los abuelos y de los papás no suele ser perjudicial para el niño. El menor tiene la capacidad de comprender que en cada espacio existen costumbres diferentes. «Las excepciones pueden convivir con una estructura clara: “En casa de los abuelos puedes hacer esto de vez en cuando, pero en casa mantenemos nuestra norma”», detalla la miembro de la Featf. Incluso, puede ser enriquecedor que aporten tradiciones, relatos, manejas de jugar y otras formas de relacionarse.