Antonio Ríos, psicoterapeuta: «Cuando tu hijo te responde "ya voy" te está diciendo que hará lo que le pidas cuando le dé la gana»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

LA TRIBU

Antonio Ríos, psicoterapeuta familiar y de pareja.
Antonio Ríos, psicoterapeuta familiar y de pareja.

El especialista en terapia familiar reconoce que el contexto que rodea a los jóvenes ha hecho que cambien su forma de actuar en la adolescencia con respecto al pasado

06 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ilusión, decisión, entrenamiento, fortaleza, ánimo y grandes dosis de paciencia. Estas son, según el terapeuta familiar Antonio Ríos, las cualidades que necesitan los padres y madres que se enfrentan a la crianza de un adolescente. Porque esta etapa, además de bonita, es compleja. En su nuevo libro, La travesía de la adolescencia (Plataforma Editorial, 2026), el médico recoge un mapa de ruta basado en más de treinta años de experiencia.

—Dice que su libro es un manual de supervivencia para madres y padres durante la adolescencia. Es casi una declaración de intenciones.

—Este libro lo he escrito como si se tratase de una travesía que todos los padres y madres, inexorablemente, tienen que atravesar, quieran o no quieran, y sea un proceso más o menos difícil. En la actualidad, muchas familias tienen la sensación de que la adolescencia se manifiesta de una forma diferente a hace veinte, treinta o cuarenta años, y es verdad. Esto hace que muchos lleguen a esta etapa y se pregunten cómo se hace. Por eso decidí hacer un manual de supervivencia, porque el objetivo es que pasen esos cinco años y medio que dura, y que podamos salir de la experiencia lo más victoriosos e ilesos posible.

—¿El adolescente de hoy en día es más inmaduro?

—Fíjate, el proceso emocional y evolutivo de la adolescencia es el mismo que hace cincuenta o sesenta años. Los cambios que tiene que haber, las necesidades, los deseos, las ganas de experimentar, de expandirse, de sentirse mayor son las mismas. Lo que ha cambiado es el contexto social, político, cultural, económico, familiar, de valores, de criterios y de formas de vida. El contexto que había hace cuatro o tres décadas condicionaba la expresión del proceso evolutivo. Solo hay que verlo con las redes sociales. En consulta, los adolescentes me preguntan cómo quedábamos los jóvenes de antes si no teníamos móvil. También es verdad que, en general, los jóvenes tienen más privilegios que antes, y eso hace que estén, ciertamente, más sobreprotegidos, lo que los vuelve más incapaces o menos preparados para afrontar las dificultades o el sufrimiento de la vida.

—¿Qué señales hay de que el niño está llegando a la adolescencia?

—La adolescencia es un proceso que dura cinco o cinco años y medio, aproximadamente. Comienza generalmente con la aparición de la pubertad, que es la producción de hormonas de crecimiento o de hormonas sexuales. El recorrido no es lineal, sino que se distribuye como una montaña o una campana de Gauss, y es una rampa de subida, una cima, y luego una rampa de bajada. En las chicas, la rampa de subida suele coincidir con sexto de primaria y primero de la ESO, la cima es segundo o tercero, y ya en cuarto empiezan poco a poco, a bajar hasta que en bachillerato están mucho más centradas. Los chicos van un poquito más tarde. Para ellos, primero y segundo de la ESO son la rampa de subida, tercero y cuarto la cima de la montaña, y ya en bachillerato empiezan a descender. Eso sí, en tercero de secundaria, están todos en el punto más álgido. De hecho, es el año más complicado, donde se ponen más partes, más notificaciones se envían a los padres, más suspenden y más repiten. En mi consulta clínica, lo que veo cada vez más son adolescencias tardías; que inician más tarde, en tercero o cuarto y, claro, se meten en segundo de carrera terminándola. Es tremendo, es mucho más complejo, porque a partir de los 18 o 19, no tienes tanto margen de maniobra como padre.

—¿Crece la edad del perfil de paciente?

—Acumulo más de treinta años de experiencia. Hice la especialidad en Madrid, en los años noventa, y no veías a familias con hijos de 25, 27 o 28 años. En cambio, ahora, desde hace una década, acuden cada vez más con hijos de esta edad, porque conviven con ellos, y es un proceso antinatural. Los hijos, a partir de una edad, que es en torno a los veinticinco años, tienen que caminar, que hacer vida, ser autónomos, independientes, evolutivamente, psicológicamente, emocionalmente, sexualmente, socialmente, económicamente, tienen que ser independientes y autónomos, lo cual es sano, saludable, y hay que dejarles que asuman toda la responsabilidad de coger la vida en sus manos. Sin embargo, por los condiciones económicas, de la vivienda, del trabajo, o de estudios, siguen en casa de sus padres con los que tienen una convivencia complicada. Es incómodo para ambas partes.

—En el libro destaca que no solo es importante saber que la adolescencia se termina, sino también dejar que se termine.

—Claro. Yo siempre se lo digo a los padres. Cuando son niños, vas al festival de fin de curso, a los campeonatos, les haces fotos y te pones en primera línea. Con la adolescencia tienes que seguir en sus vidas, pero de otro modo. Ya no puedes ponerte en las primeras filas. Y cuando pasan a ser adultos jóvenes, a partir de los 18 o 20 años, tienes que seguir en sus vidas, pero de otro forma de nuevo. Aquí, hay padres que siguen tratándoles como adolescentes, y no debe ser así. Hay algunos que les siguen facilitando mucho las cosas hasta el punto de que la Universidad de Granada, en el vicerrectorado de Prácticas, puso un cartel en el que indicaba que no se atendía a padres. En la universidad son mayores de edad, hay que dejarles hacer. Si se equivocan, que se equivoquen. Hay familias donde los hijos, mayores de edad, tiene compartida su ubicación. Ese control no es sano, no facilita la autonomía, y genera mucho miedo y protección por parte de los padres.

—¿Hay familias que, en esta adolescencia, llegan a plantearse si su hijo les quiere?

—Sí, es un pensamiento que viene a la mente de muchos padres cuando están en plena adolescencia, cuando están en la cima, porque los hijos viven un proceso que es la afirmación del yo. Es decir, yo soy mayor y quiero hacer lo que me dé la gana y quienes me lo impiden son mis padres. En muchos momentos, ven a sus progenitores como un rival a batir. Ahí es cuando me llegan padres que creen que sus hijos no les quieren, que les tienen ganas o que van a por ellos.

—¿Y usted qué les responde?

—Que no es que vayan a por ellos, sino que están viviendo el proceso de la afirmación del yo. Esto hace cuarenta años no sucedía porque la autoridad estaba tan marcada que no se cuestionaba. Hoy no, hoy los jóvenes plantan cara. En las conferencias me preguntan al respecto y yo siempre digo que necesitamos lo mismo para educar que antes: autoridad y amor. Los padres son quienes más quieren a su hijo, pero también, son los que más le van a amargar la vida. En consulta, los adolescentes me dicen que no tienen libertad, que por qué no pueden hacer las cosas cuando ellos quieren y no cuando les mandan sus padres. Y la respuesta es porque no, porque tienen catorce, quince o 16 años. Como mucho, pueden negociarlo. A los padres les aconsejo que no den órdenes directas, como «recoge el lavavajillas», porque entonces se activa esa afirmación del yo, y le reta. Le dice: «Ya voy». Y cuando te dice esto te está diciendo que lo hará cuando le dé la gana.

—¿Qué recomendaciones daría a los padres para educar en la adolescencia? Entiendo que entre progenitores también se cometen errores.

—Claro. Hay muchas familias que vienen a mi consulta desconcertadas, porque la única referencia que tienen es su adolescencia de hace treinta años. Para construir una relación buena con un adolescente, es muy importante que los padres lo escuchen. Luego, hay otra cosa, y es que creo que es necesario y fundamental que los padres aprendan a negociar. Es la técnica que utilizamos en la adolescencia. Antes no se hacía. En tercer lugar, hay que saber que el adolescente no habla las cosas directamente. No se sienta delante de ti. Es algo más indirecto, en la cocina mientras el padre está cocinando, o en el coche. Por ejemplo, el otro día una señora me contó en la consulta, que su hijo entra y se tumba a los pies de la cama, y mirando al techo le cuenta lo que ha hecho durante el día. Y ahí hay que escucharle. Eso es mágico. Es más, siempre les digo a los padres que sea lo que sea que estén haciendo, que no paren, que sigan cocinando, si su hijo llega para compartir algo con ellos. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.