Gracias, ladrones, por dejarme el GPS y el tique de Zara

Casi tres horas de trámites tras un intento de robo en el interior de un vehículo aparcado en un garaje


lugo/ la voz

Es la segunda vez que roban en el garaje de quien esto les cuenta. En la madrugada del miércoles le tocó a mi coche. Fue el único. Rompieron la ventanilla trasera de una de las puertas, entraron y revolvieron todo. No sabía que el vehículo tenía tantos huecos para guardar cosas. ¿Qué creen los rateros que se puede esconder en un receptáculo de apenas 10 por 10 centímetros para que sea punto de búsqueda? Ni idea.

Ante la desfeita inicial conviene hacer un ejercicio de relajación a la gallega: «Se chove, xa escampará». De todos modos, frenar la cabeza es imposible, porque rápidamente empieza a dar vueltas pensando en lo que pudo haber quedado dentro del coche. Por lo tanto, aviso a navegantes: lo mejor es no dejar nada. Si no hubiese quedado una especie de maletín en el asiento, unas bolsas y unos libros, no me habrían dado el palo. «Non, polos libros non che foi», me advirtió un colega.

Superado el trance inicial, avisada la policía y convencido de que puido ser ben peor, el corazón empieza a palpitar más de la cuenta, y es porque el bolsillo no está en estos momentos como para pagar un cristal nuevo. ¿Tendré cobertura del seguro? Mi eficiente agente me da una buena noticia: si. Pero para poder tramitar el siniestro, hay que acompañar la denuncia.

Una patrulla policial se presentó en el portal de casa en menos de cinco minutos después de la llamada al 091. Los agentes nada pueden hacer más que revisar la zona. Algún vecino que ve la movida en el garaje se lamenta de la situación y empiezan las cábalas de si los ladrones entraron por esta puerta o por otra. Un agente propone como solución colocar una cámara de seguridad.

El siguiente paso es ir a comisaría para denunciar, y de paso la policía científica echa un ojo. La atención fue en todo momento de primera, rápida y atenta. «Nada levaron, nin sequera un GPS que tiña na ‘guanteira’», informo al agente. Este me pone al día: «Mire, xa non lles interesa iso. Agora, cos móbiles, no lle sacan nada». «Pois estes ladróns non deben viaxar ao estranxeiro, porque co que me axuda a min fóra, amolaríame quedar sen el», pienso (pero no digo nada).

Lo siguiente es aportar la denuncia al seguro. Durante esta tramitación, rápida y eficaz, me entero de que lo que cotiza en el mercado negro son las sillitas de bebé, nada de GPS. En esta fase de trámites, se me viene a la cabeza el lío que supondría si la aseguradora es de las de máquina telefónica. Prueba superada.

Queda tramitar el cambio del cristal. «Sempre hai que ter seguro de vidros!», me dicen en la cristalera en la que ya están acostumbrados a tapar el agujero con un plástico adhesivo. Pagar un cristal delantero o trasero supone dejar una buena pasta. Y si es el coche moderno, con cámaras y demás artilugios, parece que mucho más. Finalmente fueron tres horas de tramites.

Un día después, el coche está listo. Tras toda esta operativa, llega el momento de dar las gracias a los ladrones por no robar el GPS, ni el chaquetón de Zara preparado para devolver, ni el tique que llegó a desaparecer de la bolsa.

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