El licor que estuvo a punto de acabar con Samos

«Son imágenes que no se me borran», dice uno de los frailes que resultó herido en el incendio del monasterio


lugo / la voz

«Son imágenes que no se me borran». Bernardo García Pintado es uno de los monjes que sobrevivió al devastador incendio del monasterio de Samos, ocurrido el 24 de septiembre de 1951 y de grandes proporciones como el de Notre Dame. El fraile, de 84 años, está ahora en el monasterio de Silos, en Burgos. No olvida lo vivido. En una breve conversación mantenida ayer -«estoy muy apurado porque tengo que preparar una conferencia de Semana Santa»- dijo que lo que había vivido en la mañana del día antes reseñado había supuesto un trauma para él porque vio como el novicio Daniel Fernández, de 14 años, de Xinzo, moría en el percance. Otro compañero, de 12 años, trató de rescatarlo, pero no lo consiguió. En cambio, sí pudo salvar al monje encargado de la licorería, Benito González.

Fue la licorería del monasterio la que estuvo a punto de hacer desaparecer el complejo monástico. De hecho quedó muy dañado, pero los monjes, consiguieron llevar a cabo la restauración en un tiempo bastante razonable: nueve años.

Bernardo García Pintado volvió en 2014 al monasterio en el que estuvo a punto de morir. De hecho, recordó, que sufrió quemaduras en el brazo derecho y una parte de la cara. Tenía 16 años cuando se produjo el percance. Con esa edad estaba en la licorería, a la que había ido con el otro novicio que no se salvó, porque el fraile encargado de hacer el Licor PAX los llamó para que colaboraran. Tenían que poner un tubo en una depósito. Lo que ocurrió fue que se produjo una gran deflagración y que rápidamente todo empezó a arder.

La información publicada por La Voz de Galicia, en su portada del 26 de septiembre de 1951, reseña que el «gran incendio» destruyó por completo el histórico monasterio benedictino de Samos, «del cual solo se han salvado las paredes y la magnífica iglesia conventual».

«Todo el interior de la famosa abadía, que fue sede de sabios y santos varones y que constituía una auténtica obra de arte, ha quedado reducido a escombros y a cenizas, perdiéndose una inestimable colección de riquezas espirituales, tales como la biblioteca de los manuscritos del Padre Feijoo, cuya desaparición hace todavía muchísimo más lamentables e irreparables tales pérdidas materiales que implica la destrucción del monasterio por las llamas», apunta la información.

«El siniestro se produjo en las destilerías en las que los benedictinos de la colectividad fabricaban su tan estimado licor. Según parece, cuando se estaban haciendo operaciones de destilación, uno de los que trabajaban en ellas acercó una cerilla al depósito de alcohol que contenía habitualmente unos cinco mil litros. Entonces se produjo una formidable explosión, seguida de un gran incendio cuyas llamas se extendieron rápidamente al resto del edificio».

El fuego estuvo a punto de hacer desaparecer el monasterio por el elevado coste de la restauración. Algunos integrantes del gobierno franquista sugirieron abandonar el recinto y que los monjes se fueran a Santiago. Pero el prior de entonces, Mauro Gómez, desoyó las sugerencias y puso en marcha una campaña para conseguir fondos. No tenía los medios que ahora hay en París para reconstruir Notre Dame.

El monje, nacido en Samos, recorrió varios países de América y trajo dinero para las obras. También el gobierno de Franco acabó colaborando. El dictador asistió a la inauguración de las obras y arrodillándose ante el fraile para besarle el anillo.

Las obras de reconstrucción tardaron por lo menos nueve años. Comenzaron a los pocos meses del incendio y tuvieron un fuerte impulso a partir de 1954. La inauguración fue en 1960. En 1538 otro incendio quemó el archivo y gran parte de la abadía, según algunas informaciones.

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