Sin piso no hay boda

Los altos precios de las viviendas dificultan que los jóvenes chinos puedan encontrar novia. La tradición lleva a casarse antes de los 30 años y es el varón quien pone la casa


La señora Jing señala a la octava planta de una enorme torre sin terminar en el centro de Tangshan, una ciudad mediana que es la cuna del acero chino. Ese es el piso que quería cederle a su hijo de 26 años porque «así tendría más facilidades para encontrar novia y casarse». Sin embargo, la constructora quebró dejando esos esqueletos de hormigón sin terminar y a decenas de familias sin respuestas.

Jing es una de tantos ahorradores chinos que vieron en el sector inmobiliario una inversión segura. Además de dolerle por los 305.000 yuanes (unos 41.000 euros) que pagó por la entrada de un piso que no tiene pinta de poder disfrutar, le preocupa que esto afecte a la vida sentimental de su único vástago. «Necesito que al menos me devuelvan el dinero que pagué para poder comprar otro piso para mi hijo cuanto antes, si no, no podrá casarse», cuenta Jing a La Voz.

La historia de padres que sufragan la compra de pisos de sus hijos en China se ha repetido millones de veces en los últimos años. En el gigante asiático sigue siendo indispensable que la pareja posea un inmueble en el que vivir cuando se casen y generalmente es el varón el que debe proveerlo. A esto se suma la presión social por contraer matrimonio antes de cumplir los 30 años, lo que hace aún más indispensable la ayuda de los progenitores para realizar esa inversión.

«Estas situaciones en las parejas son muy habituales últimamente en las ciudades de tercera y cuarta categoría», explica Yan Yuejin, director del Instituto de análisis urbanístico E-House China R&D. «Al final, los gobiernos locales tendrán que tomar medidas para evitar los efectos que la burbuja inmobiliaria está teniendo en la sociedad», añade.

La enorme burbuja inmobiliaria, denominada por los expertos como la más grande de la historia, ha hecho subir exponencialmente los precios en las grandes ciudades, como Pekín y Shanghái, pero ya ha pinchado en las medianas, como el caso de Tangshan. Las obras paralizadas y las viviendas sin vender en esas áreas son un dolor de cabeza para el Gobierno chino, sobre todo porque para este año se había marcado como meta reducir el número de inmuebles en venta.

Para lograr ese objetivo, el primer ministro Li Keqiang lanzó un plan para crear una clase media en las provincias capaz de comprar viviendas vacías en las ciudades menos importantes y de paso descongestionar así las urbes más grandes. Sin embargo, la realidad no coincide con los planes de las autoridades, en buena parte porque las economías de las provincias no están lo suficientemente desarrolladas como para crear un gran número de empleos, lo cual ralentiza esa migración esperada.

Eso hace que jóvenes como Li, procede de la provincia minera de Shaanxi, prefiera vivir en Pekín, donde trabaja de diseñador gráfico. Sabe que en la capital las restricciones del permiso de residencia y la subida en el precio de las viviendas no le permitirán tener una vida fácil, pero su profesión no es de las más demandas en su ciudad de origen. «Espero ahorrar dinero para poder volver a casa algún día. Así podré comprar un piso y soñar con encontrar una novia a la que pueda ofrecerle un techo bajo el que vivir», explica con la mirada perdida de quien no ve esa opción en un futuro próximo.

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