Cuando el PSOE llegó al gobierno en 1982 había renunciado al marxismo para incorporarse a la socialdemocracia europea en un giro reformista que lo situó junto a una gran mayoría de españoles, ajenos al discurso revolucionario o a planteamientos maximalistas. A mediados de los 80 profundizó en el debate ideológico mediante una reflexión prospectiva que llamó Programa 2000, en la que un numeroso grupo de hombres y mujeres, no militantes en muchos y prestigiosos casos, buscaron intensamente las nuevas respuestas que los retos suscitados por sociedades cada vez más complejas planteaban. La discusión perdió pie cuando el escenario mutó inopinadamente por la desaparición del muro de Berlín y de los sistemas del llamado socialismo real en aquellos países que Franco situara tras un telón de acero. Habían sido el referente de cómo no había que hacer las cosas, pero su drástico vuelco hacia el capitalismo produjo en la izquierda democrática un profundo desconcierto, aún no superado. La fractura entre renovadores y guerristas coincidió ¿tal vez también ayudó¿ con el descenso electoral progresivo que se inició con la pérdida de la mayoría absoluta en el 93. Fue un doloroso proceso de desgaste por un poder ejercido a veces con más prisa que cuidado por las formas y las normas. Hace demasiado tiempo que el PSOE está en otros debates y dedica poco espacio a analizar un futuro que ya es presente en el avance de la intolerancia y el totalitarismo en Israel, EEUU, Austria, Italia, Francia, Holanda... tal vez pronto en Alemania. No basta con estar en el camino; hay que tener claro cuál es la dirección. ¿Por qué renunciar a reinventar la utopía? Algunas propuestas flotan en el ambiente y me gusta especialmente la que plantea Adela Cortina en su obra Hasta un pueblo de demonios. Ética pública y sociedad, cuando reclama una ética pública, local y global frente a la evidencia de la economía global. Y usted, ¿qué opina?